Jueces anónimos

 

Por Gloria Magro. 

Es lunes y aún no ha salido el sol. El albañil va con prisas, o tal vez no. Está haciendo una reforma en El Casar y se ha dormido. O a lo mejor es un hombre tranquilo y conduce con prudencia, no lo sabemos. Esa mañana tiene mil cosas en la cabeza, o no tiene ninguna, tampoco eso lo sabemos. La carretera es tranquila, rural, las urbanizaciones tras los setos se congelan en los márgenes de la M-117, aún somnolientas a esas horas. De vez en cuando cruza un conejo. Pasan pocos coches y en dirección contraria, la gente madruga para ir a Madrid a trabajar. Acelera, ya queda poco para llegar. Al fondo se ve una marquesina de autobús. Entra un mensaje en su móvil y baja un momento la mirada para leerlo, está solo en la carretera, ni se lo piensa. O tal vez abre la guantera del coche para buscar algo, o mira por el retrovisor, quien sabe. Es un segundo, un mísero segundo el que deja de prestar atención, pero un impacto brutal rompe el cristal del Mercedes y un cuerpo cae desplazado en la cuneta, inerte. Y después el silencio. 

La guardia civil no habla de frenazo, no da datos. No sabemos si el albañil frenó, si se bajó del coche, si llegó a ver a la chica. Se sabe que sí es consciente de que ha atropellado a alguien y no sabe si su víctima está malherida o está muerta. Un par de horas después, los remordimientos le hacen llamar reiteradamente en busca de ayuda, de consuelo, pero para él, no para la persona que ha dejado desatendida en la carretera esa mañana. El miedo, el terror, ese mal compañero de viaje y peor consejero en las desgracias, le hace huir de la escena del accidente, esconder el coche, y contar compulsivamente lo sucedido. Pero no le empuja a llamar al 112 y se ve que ninguno de sus interlocutores le induce a hacerlo. Tampoco dan ellos, sean quienes sean y estén donde estén, la voz de alarma. Su amigo, al otro lado del teléfono, es una buena persona desbordada por un situación extraordinaria. Es un oyente ajeno el que escucha por casualidad en la calle la conversación del albañil, vuelve a su casa, busca lo sucedido en internet y una vez cerciorado de que la conversación cuadra con una noticia de esa misma mañana, quien acude a la Guardia Civil. También este hombre es buena persona. Esa misma noche el albañil es detenido dentro de un avión que partía rumbo a Buenos Aires.

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Foto: Telemadrid.

La historia es rocambolesca, digna de un guión de televisión. 16 horas frenéticas para resolver un atropello accidental. Una eternidad seguramente para la familia de la estudiante de 17 años que esa mañana salió de su casa y ya no regresó. El día más largo de su vida a buen seguro para el albañil. ¿Cuántas horas necesita una mente confusa para tener un momento de lucidez y acudir a las autoridades? Un día eterno también para  las personas a las que contó lo sucedido. Horas de posibles conversaciones para convencer al conductor de que por sentido del deber y humanidad, mejor tarde que nunca y que lo más sensato era ir a la policía. O en su defecto denunciarlo ellos en su lugar. Pero nada de eso sucedió.

Mientras, la noticia corría por los medios de comunicación, la guardia civil ataba cabos y daba con el albañil, el forense realizaba su trabajo y la familia iniciaba un duelo inesperado y doloroso. Y todos los demás leíamos con asombro lo sucedido. ¿Y qué había sucedido? Un atropello accidental. Un accidente. Insuperable para la familia de la víctima, impensable para el ciudadano anónimo que va por la mañana a trabajar y, como quiera que sea, se lleva por delante y sin querer una vida joven. Si hubiera parado, sólo con que hubiera parado el coche y llamado al 112, no habría noticia, apenas una anotación dentro de los sucesos luctuosos de un lunes cualquiera. La desgracia hubiera sido la misma para la familia de la víctima. O tal vez no. A lo mejor si la hubieran atendido con rapidez, la chica estaría viva. Podemos hacer todo tipo de elucubraciones de salón pero no lo sabremos hasta que no se haga pública la autopsia. Tampoco escucharemos al albañil hasta que tenga lugar el juicio. Y entonces todo el asunto quedará enmarañado por los abogados, por una versión construida y producida para ser contada ante el fiscal de forma exculpatoria y ante los medios de comunicación que retomarán con avidez la historia.

Con lo fácil que habría sido parar. Tan fácil como está siendo construir castillos en el aire con lo sucedido y juzgar, erigirse en juez anónimo. O mejor aún, estar seguros, plenamente seguros, de que si hubiéramos sido nosotros en vez del albañil paraguayo, los que hubiéramos atropellado sin querer a la estudiante de 17 años en El Casar, hubiéramos parado. De eso estamos absoluta y totalmente seguros. Y si lo hubiera hecho nuestro hijo, nuestro hermano, nuestro mejor amigo, habríamos acudido a las autoridades de no hacerlo él, ¿verdad? Porque nosotros somos buenas personas.

 

 

 

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