El mariquita del pueblo

Una pareja en el campo de lavandas de Brihuega. // Foto: Javier Hernández

Una pareja en el campo de lavandas de Brihuega. // Foto: Javier Hernández

Por Patricia Biosca

En los pueblos siempre ha habido un mariquita. Junto con el borracho y el tontico han formado parte imprescindible de la cultura rural, ¡hombre!”. Así describe el programa de humor “La hora chanante” uno de los roles que se repiten casi tanto como el ajo en los pueblos. Siempre hay uno, aunque no sea cierto. Y siempre se califica como un insulto, incluso dentro de ese cajón difuso que abarcan frases como “con cariño”, “no me molesta, pero que no se me arrime mucho” o “yo tengo muchos amigos gays”. A modo de tradición, o por costumbre de tribu, los homosexuales han estado en el punto de mira como el negro Sam de “Casablanca”: solo servía para tocar el piano, como los mariquitas para aguantar las mofas. Independientemente de su orientación sexual, la mayoría pasó un infierno y tuvo que emigrar a otros lugares, que no tenían por qué ser más tolerantes, pero sí más anónimos. Eso o la resignación.

En vista de un panorama que ha podido mejorar (dependiendo del sitio) en los últimos años, pero por lo que parece aún queda mucho que hacer (aunque eso del “mariquita del pueblo” será difícil de erradicar, que todavía hay quien cree que los pelirrojos son un mal augurio), la asociación Arcópoli organizaba el certamen #MiPuebloSinArmarios, que buscaba las mejores fotos de parejas de lesbianas, gays, transexuales o bisexuales dándose de la mano o abrazándose en entornos rurales. Más de 200 fotografías hacen ver que no se trata de casos aislados de mariquitas locas de pueblo, “desviados” que necesitan atención médica o incluso un exorcismo. La intención era que las mismas uniones que se viven con libertad en las ciudades pudieran pasear su amor por los pueblos. “Mostrarse con orgullo”, afirmaban desde Arcópoli. Entre las tres imágenes ganadoras, una de Brihuega con dos hombres dándose de la mano frente al campo de lavanda -retratada por Javier Hernández-. Dándose la mano. Dos hombres. En un pueblo. Una estampa que hace poco podía llevar a la cárcel a alguno (miren, en eso parece que hemos adelantado un poquito).

La emigración LGTB es un factor muy presente en la sociedad española y hemos de luchar contra él. Las personas LGTB que viven en ciudades medias o pueblos sufren a menudo de falta de referentes y soledad a la hora de encontrar personas como ellas“, afirman desde la agrupación. Todos conocemos algún mariquita de pueblo -si no hemos sido el agraciado con el mote-: siempre había un compañero mariquita en cada clase que solía sufrir los años de instituto; un mariquita tradicional, por el que habían pasado los años junto con la soledad y las burlas; un mariquita falso, que tuvo “hasta mujer e hijos”; un mariquita del que nunca se supo que era mariquita, porque él mismo luchaba contra una condición que le habían inculcado como “mala”, “fea” o “vergonzosa” y que trataba de tapar con bravuconadas para probar su “hombría”. Personas que tenían que luchar contra la confusión y la frustración de una “enfermedad” inventada por la sociedad del momento, apoyándose en unas leyes naturales también retocadas por el hombre (y que se han demostrado falsas).

He escrito de “los” mariquitas porque las mujeres, como es habitual, tienen su propio capítulo aparte. En este caso se hablaba de “marimachos”, “machorras” o “chicazos”, apelativos que se ganaban con tener el pelo corto, el gusto por jugar a “juegos de chicos” o por tener un físico robusto. Lo de menos era cómo se sintieran por dentro. Era tan impensable que una mujer pudiera decidir sobre cualquier asunto, que ni se contemplaba la opción “mariquita” femenina y, si la gracia de la belleza caía de su lado, entonces se daba como un hecho que podría trastocar el espacio-tiempo y que el planeta explotase por la paradoja. En más de una ocasión se ofrecieron voluntarios para “enseñarles lo que era la vida” o enderezar a aquellas de las que se podía sacar provecho como del ganado. Todo el mundo sabe de la homosexualidad de Lorca. Pero ¿cuántos saben que Gloria Fuertes era lesbiana? Machorro sí, por supuesto.

No hay que irse tan lejos en el tiempo. Quien sea morador de un pueblo pequeño (o que aún conserve ese halo de “pueblo pequeño” aunque no lo sea), sabrá que aunque se hayan dado pasos, hay entornos en los que es difícil hablar abiertamente del tema. Por la losa cultural que aún pesa, por el miedo al rechazo, por el eterno “qué dirán” aunque ya nadie diga nada. Aún quedan mariquitas y marimachos, cuando no debería quedar ninguna. Solo personas que se aman y se dan la mano frente al campo de lavandas de Brihuega.

Hay quien dice que estoy como una cabra,
lo dicen, lo repiten, ya lo creo,
pero soy una cabra muy extraña
que lleva una medalla y siete cuernos.
¡Cabra! En vez de mala leche yo doy llanto.
¡Cabra! Por lo más peligroso me paseo.
¡Cabra! Me llevo bien con alimañas todas.
¡Cabra! Escribo en los tebeos.
Vivo sola. Cabra sola
-que no quise cabrito en compañía-,
cuando subo a lo alto de ese valle
siempre encuentro un lirio de alegría.
Y vivo por mi cuenta, cabra sola,
que yo a ningún rebaño pertenezco.
Si sufrir es estar como una cabra,
entonces si lo estoy, no dudar de ello.

Gloria Fuertes

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