Asalto en la soledad

Por David Sierra

Vivía sola. Desde que muriera Federico a consecuencia de un mal de esos que llegan cuando aprieta el frío, aprendió a convivir en el silencio que guardan las espesas paredes de su casa. Parte en adobe, parte en piedra y ladrillo. En el interior, el gélido ambiente invernal se caldeaba a base de leña y fuego. En verano no hacía falta aire acondicionado. Hace años que sus descendientes volaron del nido. Tres, cada uno en una parte diferente del país o del planeta. Ella que sabía. Ninguno le vio futuro a la aldea. Tampoco la descendencia del resto de vecinos. La laboriosidad de la ganadería y la emigración en búsqueda de nuevas oportunidades pusieron el contador hacia atrás.

Manuela – así se llama nuestra protagonista – recuerda con lucidez cuando la puerta de su casa, la que fue la de sus padres, era de doble hoja. La parte superior siempre permanecía abierta y sólo echaban los cerrojos al caer la noche. No había que pedir permiso para entrar y quienes lo hacían llegaban directamente hasta la cocina mientras reclamaban a voces la presencia de alguien. “Cuidábamos los unos de los otros” dice refiriéndose a sus vecinos. El teléfono sólo existía en “ca’ Fermín”, el único con suficientes posibles para tal adelanto. Su vivienda servía de cabina pública, aunque era utilizada poco a consecuencia del alto precio que había que acoquinar por cada llamada. Y la cuestión era no molestar.

Manuela lleva el luto no sólo en el alma, sino también en la bata y el delantal. No necesita bastón, pero los años no pasan en balde y a sus piernas cada vez le cuestan más sostener unas carnes entradas en algunos kilos. Hace un intentó por esforzarse para rememorar aquella vez en la que los amigos de lo ajeno visitaron el pueblo cuando aún estaba en edad de merecer. “Casi ni nos dimos cuenta, entraron sin avisar y se llevaron todo lo que teníamos en el recibidor”. Poca cosa. La más importante, una Santa Clara en arcilla que había pasado de generación en generación hasta llegar a ese lugar, encima de la mesa de mármol de donde no se había movido desde que tiene consciencia. Fue toda una tragedia.

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Imagen de uno de los asaltos en Zarzuela de Jadraque. // Foto: Nueva Alcarria 

El robo no apareció en ningún medio de comunicación y si lo hubiese hecho hubiera dado igual porque allí la prensa provinciana, que ya existía, ni se conocía, salvo en la casa del médico y el alcalde que llegaba junto al correo. Y aunque los cacos entraron en varios domicilios, nadie quería reconocer que habían estado en el suyo por temor a que la Benemérita pudiera hacer averiguaciones y destapar otros chanchullos que no venían al caso. Pero lo cierto es que a los pocos días del suceso, comentado muy a fondo en el lavadero, el padre de Manuela tomó la decisión de cambiar la puerta y dotar a los ventanales de unas fuertes rejas, que debió encargar al herrero del pueblo vecino, el único experimentado en la materia a cientos de kilómetros en la zona.

Ahora Manuela vive sola en esa misma casa. Reformada, sí, y enrejada. Dispone de televisión. Más canales de los que ella quisiera, aunque no todos los que debiera. Gracias a que uno de sus hijos le puso teléfono, ahora puede comunicarse con él y con el resto. De vez en cuando. Si las nubes que aparecen por el cerrete del entorno de la dehesa no se posan encima. De lo contrario, está comprobado y la cobertura se pierde. Así dice. En esos días, especialmente esos días, Manuela se encierra como si no quisiera saber nada del mundo. Apenas hace el esfuerzo para salir a comprar el pan en la hora que escucha el claxon que anuncia la llegada del panadero. Siente temor. Ha visto las noticias: otro robo en la zona.

Se refiere a las catorce viviendas asaltadas en Zarzuela de Jadraque. Uno de tantos. Un entorno atractivo para quienes quieren apropiarse de lo que no es suyo. Zonas con una irrisoria densidad de población, envejecida y en muchos casos confiada, que permite a los asaltantes campar a sus anchas desvalijando naves y viviendas. Los casos más llamativos trascienden, mientras que otros quedan ocultos bajo el paraguas de las compañías aseguradoras.

La problemática de la seguridad en el medio rural tiene una solución muy semejante a la de los incendios forestales. Y pasa por dos factores fundamentales: por un lado, incrementar los medios de vigilancia con mayor presencia policial. Algo que hasta la fecha se está llevando a cabo a la inversa y cada vez son menos las patrullas destinadas a vigilar extensiones mayores, que a su vez están más desprotegidas a consecuencia del despoblamiento. Por otro, la necesidad de que las zonas rurales vuelvan a contar con un mínimo de población suficiente para, en buena parte de los casos, disuadir a los ‘cacos’ o, al menos, dificultar sus fechorías.

El otro gran problema que encuentra el medio rural actual es el de las dificultades para reducir la brecha digital y de las comunicaciones cuyas negativas consecuencias se manifiestan de diversas formas. En Zarzuela de Jadraque, la compañía telefónica ha tenido a sus vecinos incomunicados más de diez días, de tal forma que cuando se produjeron los robos, nadie pudo avisar a la Guardia Civil. Es quizá la gota que colma el vaso del desamparo de unos entornos que las administraciones, de cualquier signo y afiliación política, han decidido dejar morir ante su incompetencia para desarrollar estímulos eficaces que permitan darle la vuelta a la tortilla. Porque si es cierto que la inversión a realizar para dotar a todos estos espacios de banda ancha suficiente es muy fuerte y a primera vista poco rentable, no lo es menos que cualquier proyecto de iniciativa promocionado en este medio tiene los días contados si no es capaz de disponer de esos servicios para competir en un mercado cada vez más digitalizado. Y siempre es más sencillo repartir para tener a todos contentos, y emplear la financiación destinada a zonas despobladas a construir parques infantiles. Aunque no haya ni escuela.

Manuela teme a los ladrones. Pero lo que realmente le atemoriza no se manifiesta. En su calle, una de las más habitadas entonces, ya no comparte saludos con nadie. Y echa de menos a ese joven arquitecto que apareció un día por sorpresa con la intención de instalar parte de su estudio en el pueblo en busca de sosiego. Un par de meses duró. Lo que tardó su paciencia en acabarse harto de comprobar como los proyectos que enviaba a través de la red nunca llegaban a su destino. Lo que realmente atemoriza a Manuela es todo lo contrario. Llegar a ese destino que le obligue a ser la última en decir adiós a su localidad.

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