Atados a las extraescolares

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Hay vida más allá del fútbol. Carrera infantil por las calles de la ciudad. Foto: Luis Kurba.

 

Por Gloria Magro.

Este fin de semana nos libramos del partido de fútbol. El único que lo siente es el niño. Si le convocan no le importa madrugar sea sábado o domingo, ni pasar un frío polar, mojarse o embarrarse, aunque eso más bien fué el año pasado; este curso aún no hemos acabado congelados y calados hasta los huesos por esos campos de El Casar, Alovera o Sigüenza, donde no se contempla ubicar a los padres calentitos y con un café porque no hay ni bares, ni gradas, ni nada que se le parezca. Y además, juegan a las nueve de la mañana. ¿A quién se le ocurre programar un partido infantil a esa hora en fin de semana? Y hay que dar gracias a que el pequeño Messi no sea un superdotado balompédico ni para su papá, porque si lo fuera, en vez de jugar en Azuqueca, o Fontanar, lo haría en Almansa o Fuensalida, en la Liga Regional, y el fin de semana familiar se iría directamente al garete.

Las actividades extraescolares de los niños marcan la agenda de los padres, citas ineludibles, fuentes de relaciones sociales más o menos forzadas de las que no hay escapatoria. A estas alturas del curso empiezan a pesar como una losa en muchas familias, prisioneras cada tarde del calendario de los niños. Y los fines de semana también. 

Hoy no hay partido de fútbol, pero cuando escribo estas líneas no sé aún si no tendremos liga de balonmano, porque en esta familia diversificamos los deportes. Y también entrenamiento de tenis y partido de tenis, como si tuviéramos poco. Cómo si aspirásemos a ser los Sánchez Vicario del futuro y nada más lejos ya no solo de la realidad, sino de nuestras intenciones y capacidades.

Cuando empezó el curso, el listado de actividades para después de clase que ofertaba el AMPA del colegio era kilométrica. Bien es cierto que luego sólo salen adelante las actividades más económicas y que el interés de los padres en ellas, por encima claro está de lo que opinen los niños, se debate entre lo útil e incentivador: robótica, ajedrez, matemáticas con ábaco, inglés, francés, alemán, chino… no sea que perdamos un futuro ingeniero de la NASA por falta de motivación a los 5 años; y lo deportivo: patinaje, gimnasia rítmica, balonmano, atletismo, voleibol. Con una oferta inabarcable, al final prima cuadrar horarios familiares, si bien es cierto que raro es el niño que se va directo del colegio a casa y no va a una, dos, tres o más actividades a la semana, aunque eso implique traer de cabeza hasta a los abuelos y que la cuadrícula pegada a la nevera parezca el organigrama de trabajo de la fábrica de SEAT en Martorell.

Y luego está el fútbol, el rey de las extraescolares, la actividad más demandada, el origen de las discordias familiares y de la ampliación obligatoria de la vida social de los padres. Ese deporte que te impide salir de fin de semana durante todo el curso o subir a comer a Soria un sábado, por poner un ejemplo. Y eso que la oferta de deporte escolar en Guadalajara es amplia, desde bádminton, a esgrima, baloncesto, voleibol, campo a través, natación, etc. Pero así como es más complicado que un padre entienda de esgrima y vea campeonatos de florete en la televisión, el fútbol lo inunda todo. Nada más barato y socializador que un balón en un parque, un partido en la tele de un bar, y unos padres arreglando los problemas del Real Madrid o del Barcelona en cualquier sitio donde se encuentren. Y como consecuencia, la mayoría de los niños quieren jugar al fútbol así que proliferan los equipos, los horarios de entrenamiento y las consiguientes liguillas. Y las casas se llenan de esas bolitas negras que hay a millones en los campos de césped artificial y los niños llevan en las botas.

Es de suponer que quienes tienen hijos que juegan al baloncesto o al voleibol tienen la misma cantinela que los futboleros:  horarios de entrenamiento interminables entre semana, como si nos la jugásemos en la Champion League, la preocupación por si el niño es convocado o no es convocado al próximo partido, si es la estrella del equipo o esa rémora que cada vez que pisa el campo de juego resta en vez de sumar mientras todos los demás padres le miran con lástima y desaprobación, como si eso fuera importante con nueve, diez u once años. No, qué va, los que van a baloncesto no tienen estas cuitas, están a otro nivel. Ni los de voley o balonmano. Las discusiones inútiles de los padres entre sí y con o contra el entrenador propio y ajeno sólo suceden en el fútbol y sobre todo son propios de partidos infantiles de niños de primaria o primeros cursos de secundaria. Cuantos futbolistas frustrados hay por ahí, y cuantos periodistas radiofónicos, entendidos de barra de bar y expertos que nunca han dado una patada a un balón, tienen hijos que juegan. Y cada fin de semana, en esos campos llenos de bolitas negras, dan rienda suelta a su ignorancia a voz en grito.

Claro está que podría ser peor. Encima hay que dar gracias a que el niño elija fútbol y no natación. Otro suplicio familiar. Tardes enteras en la piscina municipal, esperando, duchando niño, vistiendo niño, secando el pelo al niño para que no se constipe al salir… Y si compite, a recorrer toda España, de norte a sur, detrás del pequeño olímpico. Con lo estupendo que es el ajedrez, y económico, tranquilo, definitivamente de otro nivel. Del Conservatorio de Música y los pequeños Lang Lang en ciernes hablaremos mejor otro día. ¡Qué largas se hacen algunas etapas de la vida cuando se tienen hijos!

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