Pánico desde el alféizar

El toro de Iriépal frente al niño que quedó encaramado en una ventana. //Foto: YouTube

El toro de Iriépal frente al niño que quedó encaramado en una ventana. //Foto: YouTube

Por Patricia Biosca 

Ya amenaza la noche y llega un vídeo al WhatsApp. Veo por encima algo así como “encierro Iriépal”, pero me da pereza abrirlo. Sin embargo, causa tanta polémica en el grupo en el que lo comparten que ya, movida por el “chumeteo” (palabra propia alcarreña que quiere decir “cotilleo”), lo veo. Las imágenes son de mala calidad y, al principio, no me entero de mucho. Veo unos barrotes delgados, un toro que se cuela en una calle y gente corriendo. Y de repente, un carrito volando por los aires y la expresión pixelada del verdadero terror. Un niño, nervioso, encaramado a unas verjas con un astado de cientos de kilos observando desde abajo. Mirada de pánico que se clava en el pecho solo al intuirse.

Esta escena ocurrió el pasado sábado en Iriépal, pedanía de Guadalajara y, por tanto, dependiente de su sistema organizativo (es decir, del Ayuntamiento de la capital). Encierro tradicional por la festividad de San Blas. En las imágenes se ve cómo el toro no sigue su destino hacia toriles y la toma contra una de las vallas, que no resiste el embite del astado. El plano cambia y se puede ver a dos figuras pequeñas, que se intuyen niñas, aunque no se distingue bien, apiñadas contra una puerta. La buena fortuna hace que el toro se fije en un carrito de bebé que hay justo al lado y lo lanza por encima de su cabeza con tremenda bravura. Al final, salen corriendo y consiguen escapar. Pero aún queda un niño más que, aunque “fuera de peligro”, como contaron algunos medios, mira el espectáculo que tiene debajo aferrado a una ventana de madera e intentando que sus pies no resbalen del alféizar inclinado que no se ideó para que un pequeño se resguardase de las astas de un toro. Sin saber qué hacer, el niño, de manera instintiva, se echa hacia atrás arqueando la espalda para que no le vea el peligro, con forma negra y que permanece 30 segundos eternos a escaso metro y medio de él.

A mí, que me gusta comparar para evaluar lo que ocurre a mi alrededor (ya saben, cosas del ego), se me viene una escena que, aunque pasó cuando apenas yo contaría con cinco o seis años, me marcó y recuerdo tan vívidamente como el día de mi Comunión (pero sin ir a la peluquería y llevar cancán). Mi padre me llevó a un encierro por las calles de un pueblo del que no recuerdo el nombre. Tras aparcar, nos dispusimos a encontrar el mejor sitio para disfrutar de aquella atracción, nueva a mis ojos (los CTV no hemos vivido este tipo de actividad hasta hace pocos años y mi familia tampoco era demasiado viajera). Íbamos por el medio del recorrido, mi padre con la camisa con varios botones desabrochados por el calor (y la costumbre) y yo con mis bermudas rosas de ovejas a su lado, mirando para atrás constantemente por si nos sorprendía el toro. “Papá, que dicen que viene”, le decía apremiante, mientras él reía con la exaltación del momento.

De forma súbita, una estampida de chavales nos arrastra calle abajo. El espectáculo de ver a mi padre descamisado y barriga arriba y abajo debía haber estado dentro del programa de actos. Me empujó hacia la “seguridad” de las talanqueras y yo estiré de su brazo, que se quedó parado cuando su curvilínea figura se mostraba como cuando un niño intenta encajar las piezas de un puzle sin atender a las formas. Varios mozos (y una contención del diafragma considerable) tuvieron que ayudarle a pasar. Segundos después, enfilado, llegó el toro. No pasó nada, como en Iriépal. Pero aún recuerdo el miedo. El terror. Y aún me pregunto qué hacíamos allí. Si 25 años más tarde aún recuerdo aquello, no quiero imaginar qué pasará con esos niños dentro de un tiempo similar. O qué están sintiendo ahora mismo.

En la situación que ocurrió en Iriépal quedan abiertas varias cuestiones. La primera, es la seguridad en los encierros. El hecho de que sea una tradición tan arraigada y que se haya hecho “de toda la vida” en condiciones que distan mucho de una buena seguridad, hace rebajar las medidas y, lo más peligroso, la sensación de riesgo. Que un carrito de un bebé y tres niños estuviesen alejados solo por unos barrotes de tres o cuatro centímetros (si llega) de grosor, es algo para plantearse. La fortuna quiso que el carrito vacío fuera el blanco del toro. Pero ¿les es difícil imaginar que la trayectoria hubiese cambiado tan solo unos centímetros y hubiesen sido esas niñas el objeto de las iras del morlaco? O que se hubiese percatado de su huída. Y la angustia de ese niño. ¿Si llega a resbalar? Piensen en los titulares que no se han producido, pero que fueron perfectamente factibles durante ese minuto en el que se desarrolló toda esta acción.

Daba la casualidad de que entre los participantes y muy de cerca, se encontraba Francisco Úbeda, concejal del Ayuntamiento de Guadalajara, quien en un primer momento señaló que la seguridad estaba avalada por los técnicos del Ayuntamiento (aunque después rectificó). Los medios también señalan que, en ese momento, la ambulancia estaba trasladando a otro herido (luego se ha podido saber que contaba con 18 años de edad) que recibió una puntada. Ahora Guadalajara ha elevado una queja preguntando acerca de las condiciones en las que se celebró el encierro, pero no se ha producido una explicación oficial por parte del consistorio. Una vez más: imaginen si la suerte no hubiese acompañado a los niños y las consecuencias que habría en ese caso. Los títulos habrían obligado a legislar de manera rauda, a toro pasado, a menores heridos o, en el peor de los casos, muertos. Pero como no pasó, la vida sigue igual, que diría Julio Iglesias con una amplia sonrisa.

Los vecinos, en su afán por ayudar, propusieron hacer una barricada con sus propios vehículos. Finalmente, el encierro fue suspendido. Lo más sorprendente de todo esto es que algunos asistentes increparon este hecho, incluso se produjeron altercados “leves”, recogen las informaciones. La poca empatía y la inconsciencia de estas personas abruma y avergüenza a partes iguales. Después de un minuto que podía haber acabado en tragedia, aún se escuchaban voces para seguir con la fiesta. Dijo Voltaire: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”. Esperemos que les dure la adrenalina del momento, igual que el mal rato a los chavales. Siempre podrán convertirse en periodistas o escritores y utilizar la anécdota en uno de sus artículos. Porque, claro, gracias a Dios, se quedó en el susto.

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