Gritos de condena

Por David Sierra

Chillaba el condenado. Angustiado. Le agarraban por las patas para reducirlo. Hacían falta cinco o seis pares de manos y un gancho para evitar los movimientos. Poco antes había malgastado sus fuerzas dando vueltas por el corral en busca de escapatoria. Ya sobre la mesa de sacrificio, inmóvil, desistió por un momento. Un instante que fue suficiente para que la hoja entrara y saliera velozmente por la yugular. Y brotara la sangre como un río. Lagrimaba, mientras la luz de la vida se apagaba lentamente. Ante la mirada de esos críos presentes en la ceremonia. Con la seguridad de haberse hecho así a lo largo de los tiempos, tal como mandaba la tradición.

Matanza03El resultado de tanto sufrimiento se podía ver colgado al cabo unos días en Ca’ la Tía María. Chorizos, morcillas, embutidos, jamones y un sinfín de manjares porcinos elaborados como mandaban las bisabuelas antes y las abuelas después. Y que ya muy pocas madres han seguido cumpliendo. Las atrocidades necesarias de antaño, dieron paso a otras formas de elaboración donde la muerte acaba oculta tras las puertas de una nave. Y los cerdos, como otros animales de granja cuyas carnes o derivados forman parte de la dieta habitual, se convirtieron en figuras sentimentales del ignorante imaginario infantil.

La matanza era una fiesta esperada. Familiares y amigos se reunían ese día para celebrar el acontecimiento como un ritual de muerte con final gastronómico. El tránsito de población del entorno rural al urbano, sin embargo, redujo a la mínima expresión la tenencia de animales de corral para el consumo propio y, por ende, este tipo de celebraciones. Hace unos años, quizá décadas, algunos colectivos asociativos han tratado de retomar los recuerdos con la organización de actos que vuelven a poner la carne porcina en el centro de la diana. Se trata de concentraciones gastronómicas sin guarridos ni despieces y donde en los fogones y las ascuas recae todo el peso de la fiesta.

granja-cerdos-625x360El programa del periodista Jordi Évole emitido la noche del pasado domingo bajo el título de ‘Stranger Pigs’, denunciando las irregularidades de algunas granjas dentro del sector porcino ha vuelto a cuestionar el sistema por el que las sociedades actuales satisfacen las demandas cárnicas de la población. Aunque los focos del reportaje se centraron en las lamentables condiciones laborales de los trabajadores de estas explotaciones y de salubridad de los animales que se encuentran en ellas, el trabajo periodístico puso de manifiesto las consecuencias de la cada vez más incentivada ganadería intensiva que en nuestro país se desarrolla a pasos agigantados en base a la reducción de costes de producción y una fuerte dependencia de las importaciones y los mercados internacionales.

 

En 2016 España alcanzó el mayor censo de gorrinos de la Unión Europea, con más de 29 millones, adelantando a Alemania que hasta esa fecha era el país con más porcinos. Y desde entonces, mientras los germanos han ido reduciendo paulatinamente el número de ejemplares y de explotaciones, en nuestro país la tendencia es inversa, convirtiéndose en el tercer mayor exportador mundial, por detrás únicamente de China y Estados Unidos. El rechazo que la población en general ha mostrado frente a este tipo de concentraciones a consecuencia, sobre todo, de los malos olores que desprenden ha obligado a los promotores de estas iniciativas a buscar refugio en zonas cada vez más despobladas con el propósito de encontrar menor oposición. Guadalajara es una de esos lugares que reúne las condiciones buscadas.

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La localidad de Luzón ha sido la última en salir a la palestra tras la denuncia de Ecologistas en Acción ante un nuevo proyecto de cría intensiva de cerdos en un terreno enmarcado dentro de la Red Natura 2000. Al igual que hiciera con los proyectos paralizados de Cincovillas, Brihuega y Riofrío del Llano, la organización ecologista incide en las desastrosas consecuencias medioambientales que se derivan de estas macrogranjas, tal como la contaminación del suelo y los acuíferos. No obstante, el hecho de que la demanda y el consumo de carne porcina tanto a nivel mundial como nacional siga en aumento (un 3% al año) y su bajo precio dificultan que este tipo de explotaciones puedan erradicarse a corto y medio plazo.

Cuando los diferentes foros sobre la despoblación están planteando soluciones que pasan por el análisis de los movimientos migratorios y las mejoras comunicacionales, quizá sea hora de iniciar un retorno al protagonismo que en el medio rural tuvieron la agricultura y la ganadería con medidas que incidan en un nuevo marco de desarrollo de la industria agrícola y ganadera, de tal forma que ésta se manifieste como actividad que mantiene ese medio rural, que satisface las demandas de las personas consumidoras y que respeta el medio ambiente y las condiciones laborales. Ello supone una revisión integral de todos los procesos desde que el animal nace hasta que llega al plato del consumidor. En definitiva, que los productos adquieran desde el germen de su producción el valor añadido, tanto económico como social, que hasta ahora no tienen y alejarse de las prácticas puestas al descubierto en reportajes como el de Évole. Para que los sollozos, al menos, no formen parte de la condena.

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