En lo más crudo del crudo invierno

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La nieve y el frío desdibujan el campo desde el bulevar Clara Campoamor. Foto: Carmen Bueno.

 

Por Gloria Magro.

Un tanto desilusionados después de casi diez años sin ver la nieve en Guadalajara, los Dulevi enviaron a su hijo de doce años a Bulgaria las pasadas navidades para que conociera lo que era un invierno de verdad en su país natal. Los padres de Atila llegaron a España en busca de sol y calor hace una década y desde entonces se han hartado aquí en Guadalajara de ambas cosas. Igual que nosotros, solo que a esta familia búlgara le sorprende y no deja de hacerle gracia el drama nacional que hemos hecho esta semana por un poco de nieve y un descenso térmico que no deja de ser totalmente normal en febrero. Comparado con Bulgaria y Centroeuropa en esta época, lo nuestro estos días está siendo poco más que una primavera templada.

Después de una sequía atroz y duradera a la que no parecía vérsele el final, la nieve, protagonista absoluta de éste inicio de febrero junto con el frío, es agua de mayo en el argot popular y en símil meteorológico y agrícola.  Un manto blanco que ha recorrido todo el país, islas Canarias incluidas y que previsiblemente se traducirá en los próximos meses en agua para pantanos y cultivos. Ya podemos respirar aliviados, por muy congelados que estemos, una vez más hemos conjurado in extremis el peligro de quedarnos sin agua para consumo y de perder las cosechas. Pero nada es grátis en esta vida y esto tampoco. El precio de la belleza helada de los campos en blanco y negro, esa estampa inusual y cara de ver en los últimos años en la provincia son las complicaciones que acarrea. Carreteras cortadas por nieve primero y después por hielo, rutas escolares canceladas, colegios sin clase incluso en pueblos cercanos a Guadalajara como Lupiana. Y no solo en la Sierra Norte o en Molina de Aragón y sus Parameras que tanto juego dan a los noticiarios nacionales, las brigadas de la Diputación se han tenido que emplear a fondo por toda la geografía provincial y la ciudad está estos días sembrada de sal. Toda prevención es poca, habida cuenta del desastroso manejo anterior de situaciones parecidas. En 2009 por estas fechas Guadalajara estuvo inoperativa una semana, sepultada en hielo, y el desastre fué mayúsculo.

En esta ocasión, ha sido la provincia la que ha salido peor parada pese a que no ha sucedido nada extraordinario para ser febrero. Si estuviéramos en agosto y nevara, desde luego que sería motivo de sorpresa, pero no es el caso. Tampoco debería serlo que los campos parezcan paisajes alpinos. Que la temperatura caiga a cerca de quince grados bajo cero en Cantalojas, Molina, Sigüenza o Checa es normal en estas fechas. Incluso en Guadalajara capital se podían ver hasta hace no tanto temperaturas de menos cinco grados en invierno sin que fueran una noticia bomba digna de abrir un telediario nacional. Y no pasaba nada. La vida no se ha detenido nunca por frío en invierno. Es más, hace unas décadas esta situación que ahora juzgamos como extraordinaria duraba de noviembre a marzo. Se les tenía que hacer eterno el invierno sin los actuales sistemas de calefacción, las modernas autopistas, los vehículos tan bien equipados o los tejidos técnicos que tanto nos facilitan la vida por livianos, fáciles de lavar y rápidos de secar. Que poca memoria tenemos.

En días como estos de primeros de febrero, cuando el frío de verdad y la lluvia no daban tregua durante semanas y las labores del campo se detenían, la gente se encerraba en casa a escuchar la radio como única distracción, sin internet, sin un ciento de canales de televisión, en muchos sitios aún sin luz eléctrica. Los pueblos de Guadalajara no es que se quedaran aislados por la nieve, es que vivían aislados por falta de comunicaciones. Y no había brigadas que despejaran sus accesos, ni preocupación por si llegaban o no los niños a los colegios. Hasta bien entrados los años 60 no llegó algo de progreso a la provincia, entendiendo como tal las lavadoras, los sistemas de calefacción, los baños dentro de las viviendas, el agua caliente: las comodidades modernas. Y los coches como algo más que una exótica novedad que sustituía a las caballerías tradicionales que ni se atascaban en la nieve, ni derrapaban en el hielo. Y no pasaba nada. Mientras que hoy, en 2018, rodeados de facilidades más que suficientes con las que combatir el frío y las inclemencias aunque esto fuera Siberia, que no lo es, nos quejamos de nuestro crudo invierno que de momento ha durado una semana y ya veremos la próxima. Y después, no tardando, vendrá el calor, y también será extremo e insoportable y seguiremos quejándonos.

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