Historias bajo la olma

Por David Sierra

“Fue viga de techos y pilar de puentes, banco y borriqueta de talleres, apero de labranza y yugo de bueyes. Y en las plazas de las villas su abundante sombra mitigó fatigas”. Así definía el joven historiador José María Navajas al olmo en un artículo reciente dedicado a esta especie arbórea publicado en la revista cultural Amberes.

Aún los lugareños de edad más avanzada en la provincia recuerdan las fabulosas olmedas que se extendían por valles y campos como auténticos guardianes de la naturaleza. Raro era el pueblo que no disponía de una olma, si no eran varias, liderando la plaza; y en torno a ella, testigo mudo, se fraguaba el asociacionismo que podía dar lugar a una candidatura política para las próximas elecciones municipales, a la exageración en el número de piezas de caza abatidas en la extinta temporada, a la configuración de la comisión de fiestas de turno e incluso al primer intercambio de miradas de esa pareja que aún no había contribuido a la despoblación.

También se contaban historias. Las grandes y frondosas olmas de las plazas de los pueblos cobijaban la transmisión de unas generaciones a otras del acervo popular en forma de narración oral. Eran auténticos encuentros de vida, de relatos sin censura, de experiencias impúdicas, con preguntas y respuestas sinceras, sin malicia.

Sin embargo, toda esa tradición se ha visto truncada en buena medida por la desaparición de esta especie a consecuencia de la terrible enfermedad que ha eliminado en el último siglo al 90 por ciento de su población, con especial incidencia durante los años ochenta. La grafiosis, como así se conoce a este mal, viene producida por un hongo transportado por una especie de escarabajo, que cuando infecta el árbol impide la correcta circulación de los nutrientes y el agua hasta causarle la muerte. Tras más de un cuarto de siglo de investigaciones por parte de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) y el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en el marco del programa ‘Conservación y Mejora de los olmos ibéricos’, finalmente ha sido posible el desarrollo de hasta siete clones de olmo resistentes a la enfermedad. Y a partir de aquí han surgido diversos programas y proyectos para la repoblación, generalmente llevados a cabo a través de la implicación de asociaciones ecologistas y naturalistas.

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Plantación del olmo en Cañizar. / Fuente: Grupo Aegithalos.

En Guadalajara, la iniciativa en cuestión lleva el título de “Un olmo, mil historias” y ha sido desarrollada por una plataforma formada por la Asociación Fagus, Grupo WWF-Adena Guadalajara, Ecologistas en Acción de Guadalajara y el Grupo de Anillamiento Aegithalos, todas ellas coordinadas desde la Asociación Micorriza partiendo del programa europeo Life ‘+Olmos Vivos’ para la recuperación del olmo ibérico en la cuenca del río Tajo. El objetivo principal es concienciar a las administraciones locales para, junto a ellas, llevar a cabo acciones de repoblación en aquellos entornos adecuados con el propósito de recuperar esta especie y su vinculación sociocultural con los habitantes. Los vecinos de Cañizar fueron testigos de uno de estos acontecimientos el pasado sábado con la plantación de un olmo en la conocida como Plaza del Mercado, con placa conmemorativa incluida. A pesar de la expectación particular que suscitó el acto, y de la dedicación que a buen seguro todo el vecindario mostrará para que el nuevo inquilino de la plaza eche verdaderas raíces, la concienciación en términos generales sigue siendo lenta.

Si bien es cierto que de unos años a esta parte se ha incrementado el interés de los consistorios guadalajareños por dotar a los municipios de mayores zonas verdes y eso se pone de manifiesto en las peticiones y solicitudes que realizan para adquirir especies arbóreas del vivero provincial, es sobre las organizaciones conservacionistas sobre las que recae todo el peso en esa labor de información y divulgación para la recuperación de esta particular especie y siguen siendo muchas las poblaciones que no se han sumado a la iniciativa por puro desconocimiento.

Ante esta tesitura, organizaciones como Ecologistas en Acción subrayan que a pesar de los avances llevados a cabo, “seguimos en el punto de partida” y señalan a la colaboración ciudadana como fundamental para la recuperación de la especie en la medida en que la detección de cualquier olmo sano, que haya sobrevivido a la enfermedad, “pueda ayudar a elevar el número de genotipos resistentes”.

Por eso, a la gran labor investigadora llevada a cabo tras años de dedicación, esfuerzo e inversión, debe acompañarle ahora una campaña divulgadora y publicitaria de calado similar que permita trasladar al terreno los resultados obtenidos en el laboratorio para que la apuesta por albergar olmedas en nuestros municipios sea tan abundante como una vez fue la existencia de esta especie. Quizá así, los nuevos poetas vuelvan a tomar el olmo como referente de sus obras como en su momento lo hiciera Antonio Machado.

A un olmo seco

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido.

 

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

 

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

 

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

 

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas de alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

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