¡Jubilados de España, uníos!

 

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Los jubilados bilbaínos llevan dos meses de movilizaciones masivas. Foto: Ecuador Etxea

 

Por Gloria Magro

Una de las muchas cosas que sorprenden cuando se viaja por el mundo es la inexistencia en otros países del concepto de tercera edad tal y como lo conocemos aquí, en la Europa del bienestar. Fuera del viejo continente y cuanto más liberal sea la economía del lugar que visitemos, más posibilidades hay de toparnos con personas desempeñando los trabajos más variopintos a una edad en la que deberían llevar mucho tiempo disfrutando de un merecido descanso. Así, llama la atención ver en Estados Unidos a dependientes octogenarios atendiendo a los clientes en cualquier gran almacén, a azafatas que seguramente volaron el Super Constellation en los años setenta, a maleteros en Méjico que a duras penas pueden con su carga o a taxistas en Chile a los que en ningún país civilizado les permitirían ya conducir. Y así un inacabable etcétera. Es evidente que no estamos hablando de profesionales liberales que eligen libremente continuar en la brecha más allá de una edad razonable para retirarse, sino de trabajadores a los que no les queda más remedio que seguir trabajando hasta el final de su vida si quieren pagar sus facturas médicas o simplemente subsistir.

La situación de los jubilados españoles está a años luz de esta realidad ultra liberal pero las políticas económicas y sociales de la última década amenazan con acabar con lo que hasta ahora parecía ser algo incuestionable: el derecho de todos los trabajadores a retirarse a una edad prudente en la seguridad de poder vivir dignamente de la pensión después de toda una vida de contribución al mantenimiento del sistema. Después de años de recortes soterrados como el copago farmacéutico y de verse abocados en muchos casos a ser el sostén de sus familias cuando la única nómina que entraba en muchos hogares con la crisis era la exigua pensión del abuelo, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de los nueve millones de pensionistas que hay en España ha sido la afirmación sonrojante de la ministra de Empleo, Fátima Báñez, de que la subida un 0,25% de las pensiones en 2018, unida a unos incrementos igual de irrisorios los últimos años, permitirán a los pensionistas mantener su nivel adquisitivo.

Los jubilados vascos fueron los primeros en manifestarse masivamente en defensa de unas pensiones dignas y un incremento más allá del IPC, además de otras medidas que repercutan en una mejora de su economía. Llevan ya dos meses de concentraciones reivindicativas en Bilbao y otras ciudades y no piensan parar. Ahora las movilizaciones se han extendido por todo el país con un gran llamamiento para el jueves 22 de febrero que ha sido seguido de forma multitudinaria en todas las grandes ciudades y también en Guadalajara.

Hay un cambio de tendencia que ha pillado a los partidos políticos y también a la opinión pública desprevenidos. Los jubilados están alzando su voz, quieren que se les escuche y por primera vez se han organizado más allá de partidos residuales sin opciones reales a nada. Las plataformas de autodefensa de los pensionistas se multiplican  por todas las comunidades autónomas. Ya no son  los denostados “yayoflautas” que apoyaban vistosamente el 15M sino un movimiento organizado, coordinado y muy activo que esta misma semana ha llevado ante el Tribunal de Estrasburgo de Derechos Humanos al estado español para revertir la decisión del Gobierno del PP de desvincular las pensiones al incremento del coste de la vida.

Pese a los llamamientos para prolongar la vida laboral más allá de los 65 años, es evidente que ERES y prejubilaciones han conformado una nueva clase social transversal: cerca de nueve millones de jubilados tempranos, personas formadas que no vivieron la posguerra ni pasaron penurias, a los que no se puede comprar con viajes a Mallorca por cuenta del Estado y que están dispuestas a luchar por sus derechos. Esta nueva clase social se niega a conformarse con jugar a la petanca en los parques, los bailes de salón y las partidas de naipes mientras ven pasar el tiempo. De momento han logrado organizarse y esta semana se han hecho escuchar por encima del ruido político de la actualidad. Y tiene mérito conseguir colarse entre el culebrón catalán y el impacto de Marta Sánchez y su letra del himno. Tampoco se trata, en este caso, de un elemento de distracción de la actualidad judicial del partido en el Gobierno, sino de un movimiento con una causa justa y muy preparado para defenderla. Y más vale que los partidos les presten atención, son muchos votos para las próximas elecciones y no parece que se vayan a quedar quietos ni callados hasta entonces. De momento en Italia, con una situación parecida a la nuestra, ya hay quien les ha ofrecido su propio ministerio de salir elegido tras las próximas elecciones legislativas. Veremos que les ofrecen aquí, seguro que más que un 0,25%, no se van a conformar con menos.

 

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