La Cueva de Los Casares: el archivo del tiempo

Enclave donde se encuentra la Cueva de Los Casares. // Foto: Geoparque de Molina

Enclave donde se encuentra la Cueva de Los Casares. // Foto: Geoparque de Molina

Por Patricia Biosca

Una piedra. Una piedra sin más. Que un niño coge y tira al río. Con una fuerte tormenta, el río que erosiona el valle a su paso, la mayoría de las veces como una tortura china que cala poco a poco, otras en forma de temporal bravo, como es el caso, arranca la piedra de su letargo en el fondo junto con otras piedras, que otros niños tiraron antes que esa. Sigue el cauce hasta llegar a una nueva orilla, con otras rocas iguales que lo mismo lleven allí décadas, lo mismo siglos. Un viajero la pisa para cruzar sin mojarse, igual que a otras de alrededor. Su compañero también pasa por encima, con tanta mala suerte que resbala y cae sobre sus cuartos traseros, provocando las risas del grupo. Pasa el resto y, al rato, llega la noche. Y el día. Y la noche otra vez. Y cientos de lunas y soles más por delante de aquella piedra, a la que nadie presta atención pero que si tuviera memoria, atesoraría más historias que una biblioteca. 

El agua, ese mismo elemento tan efímero y volátil, fue el encargado, hace 235 millones de años, de excavar la llamada Cueva de Los Casares, en Riba de Saelices. El torrente, llamado mucho tiempo después río Linares, seguramente sirvió de reclamo para que hombres hace 80.000 años se fijaran en la zona y encontrasen en ese lugar un remanso de sosiego en su camino. Los animales también utilizaron este enclave: osos de las cavernas, ciervos, caballos, lobos, hienas, incluso algunos impensables como los rinocerontes y otros de rabiosa actualidad, como las panteras, fueron moradores prehistóricos de este enclave. Tuvieron que pasar decenas de miles de años, hasta los 14.000 antes de nuestro tiempo, para que se decidieran a hacer surcos y pintar en sus paredes, cambiando el rumbo de aquellas rocas sin memoria.

El paso de los milenios llevó a lo que sería conocido como el progreso del hombre. La existencia de la cueva era sabida en los alrededores. Por allí, los soldados árabes recalaban a menudo por la cercanía con una torre de vigilancia. A su paso, marcaban sus gestas, grabando por encima de lo escrito por sus antepasados. Las primeras crónicas escritas, ese archivo viejo a los ojos del hombre, pero apenas un recién nacido si se compara con aquellos grabados, recogen de su existencia desde la primera mitad del siglo XIX. Pero tuvo que llegar un maestro de escuela en la década de los años veinte del pasado siglo -y coincidiendo en el tiempo con la llamada Institución Libre de Enseñanza en la que los profesores se dedicaban a enseñar más allá del catecismo-, Rufo Ramírez, quien junto a su hermano Claudio, descubrieron que aquello eran más que garabatos o casualidades.

Decidieron avisar a Francisco Layna Serrano, médico y cronista de Guadalajara. El doctor documentó «extrañas serpientes enroscadas que se formaban en el suelo», y elevó el hallazgo a otros círculos más especializados. Así llegaron en 1932 el arqueólogo Juan Cabré y su hija, María Encarnación, que documentaron con fotografías y calcos de dibujos que tenían decenas de miles de años. Por tercera vez (sabida), unas manos trabajaban en aquellas rocas mudas. Gracias a su insistencia, padre e hija consiguieron que la Cueva de los Casares fuera nombrada Monumento Nacional en 1934. Con gran regocijo, la noticia fue plasmada en periódicos extranjeros, incluso reputados arqueólogos europeos se mostraron interesados por aquellos extraños símbolos. Pero, una vez más, el hombre cambió el rumbo, y la Guerra Civil paralizó toda la investigación.

Cuando Cabré volvió al lugar de los hechos, miró con tristeza el trabajo: pintadas y firmas habían mancillado aquellas obras prehistóricas. Como no estaba dispuesto a que aquella huella fuese borrada, pagó de su mismo bolsillo una reja para obstaculizar el paso.

Durante los años sesenta y con Cabré a la cabeza, se fecharon aquellos “garabatos”, que se convertirían en uno de los hallazgos más importantes de la Prehistoria, ya que podrían ser la primera vez (que se tenga constancia) que el hombre representa la reproducción humana. También se pueden ver escenas que parecen estar relacionados con el embarazo, el parto y la vida familiar, algo que ahora sonroja, en estos tiempos modernos. 

Años después, aquella cueva también fue testigo de uno de los episodios más negros de la provincia. El 16 de julio de 2005 unos excursionistas preparaban una barbacoa en unas instalaciones bajo aquel lugar histórico cuando una pavesa saltó a un campo aledaño, provocando el incendio más devastador de la zona y la muerte de once personas. La cueva volvió a ser testigo de todo aquello, como si no hubiese visto lo suficiente. 

Aún con todo, la dura roca sigue siendo el lienzo de la historia de la humanidad. En este 2018 se cumplen 85 años de las primeras investigaciones que tomaron en serio aquellos garabatos esculpidos en la pared y en el suelo. Ocho décadas y un lustro para una piedra, igual que la protagonista sin relevancia del principio de estas líneas. Aquella que la casualidad y el tiempo convirtieron en memoria de la tierra y el hombre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.