Aquellos y estos niños de la guerra

Fotografía de la exposición "Los niños de la guerra". // Foto: Exposición "Los niños de la guerra"

Fotografía de la exposición “Los niños de la guerra”. // Foto: Exposición “Los niños de la guerra”

Por Patricia Biosca

Julio de 1937. La Guerra Civil sacude Guadalajara y los aviones bombardean la Casa de la Misericordia, una inclusa donde conviven niños cuyos padres han muerto o están batallando en la contienda, hijos de madres solteras y viudas, pequeños que no pintan nada en una guerra, pero que forman parte del cuadro a la fuerza. María Teresa tiene siete años y la hermana sor Manuela la peina después de la siesta. Las sirenas que anuncian la llegada de la aviación militar terminan de desperezar a la niña, que oye un fuerte estruendo. Fundido en negro en su cerebro. Cuando recobra la consciencia, nota un intenso calor a sus pies y un compañero, que se llama Vicente, la coge de la mano y salen corriendo. Junto con la hermana de Vicente, escapan los tres al refugio. Heridos, calados tras haberse caído al lavadero, con frío. No es ninguna ficción. Que se lo digan a María Teresa, que hoy tiene 89 años y fue una de esas “niñas de la guerra” que viajaron con destino incierto hasta lugares tan remotos de Europa como la misma Rusia, de la cual conocían muy poco.

Es imposible no empatizar con la protagonista, quien después de montarse en uno de los diez autobuses que salió de Guadalajara en plena Guerra Civil, llegó enferma a Francia. El destino quiso que una familia se encariñara con ella y la adoptara como hija, dándole una estabilidad que nunca volvería a vivir. Su maman, como llamaría a la mujer que decidió acogerla, la prohibió que hablase castellano, aunque ella misma dominaba el idioma. La llevaron a París, a Lourdes, a Biarritz a merendar. El refugio en el pueblo de Bargnéres de Bigorre, en los Altos Pirineos, era todo lo que podía soñar María Teresa, que acudió a un buen colegio y recibió una educación propia de una familia acomodada. Pero ni siquiera ese oasis estaba a salvo de la guerra, pues el marido de su maman estaba enfermo después de participar en la I Guerra Mundial. A los 16 años, los parientes adoptivos deciden adoptarla legalmente e inician los trámites. En ese momento, su madre biológica, que lleva pensando nueve años que su hija ha muerto, se entera y se niega a entregarla formalmente a la nueva familia francesa.

María Teresa vuelve al pueblo, a Sotodosos, con un sombrero, un bonito vestido y unos zapatos. No se acuerda de hablar español. Allí no pega una señorita francesa, pero al poco tiempo le toca integrarse en un lugar que no tiene ni baños ni suelos y revive las penurias que casi tenía olvidadas. La España de la posguerra no es un lugar tan próspero como su remanso infantil, y le toca segar, trillar, meter el grano… Tiempo después, conseguirá cambiar de trabajo y servir en una casa, bordando a mano. Al final acaba en Madrid, donde contrae matrimonio al poco tiempo y tiene cinco hijos. Asegura que siente que ha tenido suerte en la vida y se considera una mujer feliz. Comparen vidas. Cualquiera. La suya con la de María Teresa. El derecho a la queja se queda muy pequeño.

Esta es solo una de las 153 historias que partieron de Guadalajara en los diez autobuses que recuerda María Teresa (y cuyo relato entero se cuenta en el libro escrito por su propia hija, Rosa María García Palacio, bajo el título “Los baches del camino”). Solo una de los 2.895 niños que partieron desde España a la Unión Soviética. Se calcula que 140.000 niños murieron en la Guerra Civil española. De los que escaparon, muchos perecieron en la II Guerra Mundial tras la ocupación nazi, ya fuese de hambre o por la contienda, incluso en campos de concentración, como los gulags soviéticos. Algunos intentaron regresar, pero fueron señalados y repudiados, tal y como explica Verónica Sierra, investigadora de la Universidad de Alcalá de Henares, al Diario.es. “Satisfechos, descontentos y peligrosos sospechosos” eran las tres categorías que el Gobierno franquista otorgaba a los repatriados en los años 50 y 60 -fechas en las que se enmarca la obra de Rafael Moreno Izquierdo, autor del libro ‘Los niños de Rusia. La verdadera historia de la operación retorno (editorial Crítica)-, cuando se inició una aparente apertura que se convertiría en un recelo ante la posibilidad de que la ideología comunista se hiciese hueco en una España con partido y religión únicas.

En la actualidad, solo queda un centenar de aquellos pequeños que fueron testigos de la bajeza del ser humano considerado adulto. Eso y las fotografías y algunos documentos que hasta abril se pueden ver en el Museo Provincial de Guadalajara. Un viaje que cambió el rumbo de miles de niños que digan si no sienten como suyos. Ahora, en una España que se puede considerar más próspera, pero que a veces olvida los tiempos en los que los menores se apiñaban en inclusas y se apellidaban “expósito”, épocas donde las tripas rugían, momentos interminables en los que personas que no levantaban dos palmos del suelo trabajaban de sol a sol. ¿Les recuerda a algo?

Aunque María Teresa tuvo que olvidar todo lo aprendido en Francia, el país vecino y su maman le brindaron una oportunidad única: la de la vida. Su historia remueve la conciencia del más pintado, pues reconocemos en ella a nuestras abuelas, a nuestras madres. A nuestra familia. Acuérdense de María Teresa cuando vean las noticias estos días. Pues dentro de 70 años puede ser que se edite un libro como “Los baches del camino” y nos avergüence el hecho de haber repudiado a los niños de la guerra del siglo XXI. Y eso que nosotros vemos su día a día casi en directo. Una vez más, qué caprichosa es la empatía.

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