Trabajando como Cospedal

Por David Sierra

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Es pensionista. Y mujer. A sus casi 99 años, los recuerdos se desvanecen en su maltrecha memoria. A veces aparecen instantes de lucidez. Y entonces habla con la sabiduría que le otorga la edad y toda una vida dedicada a los demás. Por sus ojos han pasado una guerra civil, una postguerra, la hambruna y la desgracia de ver a seres queridos decir adiós antes de tiempo. Ella siempre ha dicho: “Dios mío, por qué no me has llevado a mí”. Aunque no es religiosa y detesta a los curas y todo lo que vaya envuelto en una sotana o atado con alzacuello.

Cuando aún caminaba, ya con bata de luto negra fruto de la viudedad, se resguardó en su casa donde siempre dijo que “allí mandaba ella”. Consiguió así romper con toda una vida donde la desigualdad de género no tenía ni calificativo y las mujeres pasaban el día 8 de marzo como cualquier otro. Lo hacían como lo hará este jueves María Dolores de Cospedal. Trabajando. La única mujer de seis hermanos, nunca tuvo tiempo para el descanso. Sobre sus espaldas recayó pronto la obligación de atender la casa familiar por su condición de fémina. Nunca se quejó. Eran tiempos donde en el mundo rural el hombre dominaba el ambiente a pesar de que incluso las mujeres debían de echar horas extras en las labores del campo o en la casa del terrateniente de turno para salvar la siempre maltrecha economía familiar.

Florencia nunca tuvo salario. Por tanto, la brecha por la que este jueves se manifestarán miles de mujeres, en su caso como en el de muchas tantas de su época, era una boquete. Por suerte tampoco sufrió violencia de género. Al menos en los dramáticos términos en los que hoy nos movemos. Sin embargo, siempre estuvo al servicio de los demás. En sus quehaceres. En sus obligaciones, que lo eran como la penitencia al párroco arrepentido. Nunca quiso más de lo que ya tenía.

Anhela haber disfrutado otra vida. Otro tiempo. Quizá otro lugar. Donde el miedo al clero, a los maestros y la Guardia Civil no hubiera existido. Donde aprender a leer no hubiera sido pecado. Ese del que nunca se arrepintió y que ha seguido cometiendo hasta que la vista lo ha impedido. Sé que le hubiera gustado estar mañana con todas esas mujeres. Reclamando lo que aún hace falta por alcanzar. Para que aquellos que aún no saben ni freírse un huevo frito, como decía, por fin aprendan. Para que aquellas que si algún día tienen que cocinar, lo hagan por una razón noble. Por agradar a un nieto hambriento. O por placer. O por darse ella misma ese gustazo.

Florencia siempre trabajó. Como Cospedal. No de la misma manera. Nunca tocó un despacho. Sus manos, sus huesos, indican que no fueron bolígrafos lo que manejó. Y aportó con sus desplantes unas veces y sus comentarios en otras, ese granito de arena que ha permitido rebajar la distancia entre las desigualdades de género que aún se evidencian. Pero nunca tuvo derecho a pensión. Y a pesar de ser bella, algo que con la edad no ha perdido, nunca quiso ser la guapa de la feria. Siempre mantuvo que los méritos estaban en otro lugar del cuerpo. No hacía falta convertirse en abogado. Ni del diablo ni del Estado.

Apasionada de la literatura romántica, fue en edad tardía cuando se adentró en otro género donde el papel femenino tomaba otro protagonismo. A su hija, la única también entre tres hermanos, le instó a no doblegarse y arremeter contra las injusticias que causa la dominación de género en las estructuras sociales. A levantarse y gritar más que su oponente cuando la razón no es suficiente para legitimar un argumento. A comprometer a su pareja en el cuidado y la educación de sus progenitores en los mismos términos que ella misma. A hacer frente a los costumbrismos . Y le hizo caso. Se casó por la iglesia, de cian.

Hija y madre pararán el jueves. De forma simbólica pero lo harán. Para defender que otras mujeres en el presente y en el futuro puedan ser madres sin que eso afecte a sus carreras profesionales. Como Cospedal. Para que puedan contraer matrimonio o divorciarse sin que eso sea tenido en cuenta en la hoja curricular. Como Cospedal. Para que un hijo, o dos, o los que sean no impidan a una mujer abandonar su trabajo por ausencia de medidas de conciliación laboral. Como Cospedal.  Para que sexo y méritos se desvinculen y que incluso mujeres como Cospedal puedan trabajar, a su manera, por la desigualdad.

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