Crimen y castigo.

 

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 Reubens. Prometeo encadenado. Museo del Louvre.

 

Por Gloria Magro.

En la mitología griega, Prometeo roba el fuego de los dioses y como castigo a su afrenta, Zeus hace que un águila coma su hígado cada noche, día tras día, por toda la eternidad. El cuadro de Rubens representa el dolor y sufrimiento del atrevido joven que desafió a los dioses. En la vida real, la opinión pública española aprobaría hoy que un águila comiese cada noche el hígado de la asesina confesa del pequeño Gabriel, del asesino de Diana Quer, que ha echado sus cuentas y cree que en poco más de un lustro estará en la calle, o de José Bretón, si se piensa que sus dos pequeños estaban aún vivos cuando su padre hizo una hoguera y los quemó. Cuánta crueldad y cuanta impotencia para hacer frente a crímenes tan espantosos. Situaciones extraordinarias por inusuales y que nos llevan a pensamientos extremos e irracionales. 

La sangre derramada clama venganza. Está en nuestra historia, en nuestra literatura. Lo llevamos impreso en el ADN. En la Eucaristía católica se comparte la sangre de Cristo, derramada por todos nosotros. Los padres de los niños asesinados en los casos que más nos han conmocionado en los últimos años clamaban por la sangre de sus hijos en la tribuna del Congreso de los Diputados el día que se votaba la derogación de la Prisión Permanente Revisable. Cualquiera de nosotros en su situación querría lo mismo: el hígado del asesino en bandeja de plata, servido cada noche por siempre jamás. Ni perdón, ni olvido. Más de tres millones de personas han firmado ya en Change.com para que los condenados por crímenes atroces, terroristas o genocidas no salgan a a calle de forma inmediata después de haber cumplido la pena impuesta por un tribunal de justicia. Y sin embargo, justicia y venganza no son lo mismo. La Justicia con mayúscula la dictan  los jueces, para eso vivimos en el siglo XXI en un país occidental y civilizado, con todas sus consecuencias. Afortunadamente no somos Irán o Arabia Saudí, aunque a veces parte de la sociedad así lo desearía en situaciones concretas como éstas. Pero hay que llevarse el paquete completo. Todo o nada. Nadie en su sano juicio querría cambiar nuestro sistema por el iraní, por más que sea un deporte nacional ir a las puertas de las comisarías a increpar a detenidos como Ana Julia Quezada y pedir que sean entregados al pueblo.

El código penal español actual poco tiene que ver con lo que se ve en las películas americanas, las teleseries o el “ojo por ojo, diente por diente” de otros países.  A día de hoy no instruimos procesos inquisitoriales, ni quemamos a nadie en la hoguera, lapidamos o ponemos en la picota a los delincuentes más allá de la telebasura y sus juicios paralelos que no son la vida real ni una transmutación de la justicia del pueblo, si se puede llamar así. La reclusión, la privación de libertad -el bien más preciado del hombre después de la propia vida- es el mayor castigo que nuestra sociedad contempla para quien rompe las reglas de convivencia. Y se cumple en las condiciones que suponen vivir en una sociedad como la nuestra, avanzada y civilizada, pese a que todavía hay quien piensa que las cárceles deberían de ser como la prisión inmunda de Brubaker en la película de Robert Redford, o mejor aún, la del conde de Montecristo en el s.XIX: frío, hambre y penurias.  Y nos sorprende que nuestras cárceles no sean eso, y además se deba alimentar a los presos, cuidarles, permitirles estudiar, formarse: aprovechar el tiempo mientras estén recluidos para que al salir puedan reinsertarse en la sociedad. Y aún se pide que trabajen para costear su manutención. Con la tasa de desempleo que arrastramos, sin duda sería una medida popular. Qué poco se valora la libertad y en qué poco se tiene su privación.

En la base de nuestro sistema penal está la redención de las penas y la posibilidad de reinserción de los convictos, sea cual sea su delito. No parece que entendamos que la reclusión es ese águila que se come las entrañas del condenado día a día, noche a noche, por más que la cárcel nos parezca una jaula dorada. Será porque no hemos estado en ella. Esta semana ha sido noticia que el ex presidente de la Asamblea Nacional Catalana, Jordi Sánchez, ha anunciado que renunciará a la actividad política si le excarcelan. Apenas han bastado cinco meses en Soto del Real para quebrar la voluntad del político catalán, menos de medio año en ese supuesto hotel de cinco estrellas y ya está dispuesto a lo que sea con tal de salir de allí y reunirse con su familia. Otros como Marta Rovira ayer mismo prefieren huir de España antes que pasar un solo día entre rejas.

No llegan a doscientos los presos calificados como de peligrosidad extrema por Instituciones Penitenciarias.  Condenados por terrorismo, asociación de malhechores o cuyos casos alarmaron a la opinión pública en su día, estos reclusos viven en régimen de aislamiento, el más duro.  Confinados en celdas de ocho metros cuadrados durante 21 horas al día, día a día, año a año hasta cumplir su condena, sin relación con otros reclusos ni con los funcionarios, apenas pisando los patios carcelarios. El asesino de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, Tony Alexander King, tiene éste régimen carcelario desde 2003. Condenado a más de cincuenta años de cárcel, de cumplir el tiempo de reclusión máximo, 30 años, saldría en 2033, con cerca de setenta años de edad. Tres décadas dentro de una celda sin más compañía que la propia conciencia. ¿Realmente será necesario para entonces revisar y prolongar su condena? Cien expertos penalistas  han firmado un manifiesto en apoyo a la derogación de la prisión permanente. Sostienen que la cárcel no disuade a quien planea un crimen llevado por una enajenación irracional.  El martes un padre prendió fuego a su vivienda con sus dos hijos dentro y después se suicidó.  Otros no se suicidaron, como José Bretón, y pasarán su vida entre rejas, prisioneros también de sí mismos. Su ex mujer se acaba de desmarcar del juego político y se niega que sigan usando el nombre de sus hijos para fines partidistas. Otros padres en su situación han preferido pasarse a las filas del partido que enarbola su bandera.

La opinión pública española en su conjunto no ha pisado una prisión jamás y aún así nos parecen confortables y las penas livianas. Visto nuestro ratio de delincuencia, la mayoría de los españoles nunca irán a Herrera de la Mancha o Alhaurín de la Torre ni de visita. Pero hay políticos que pese a manejar el código penal, pese a tener formación jurídica y datos acerca de la realidad carcelaria y de la delincuencia, siguen sacudiendo el árbol de la opinión pública para recoger sus frutos, los votos. Y no les importa ir a funerales de cuerpo presente para hacer política, ni manipular a los padres de las víctimas, buscando la empatía de la sociedad. No es decente, ni es justo, y ellos lo saben y pese a ello intentan torcer las leyes si eso les hace cosechar votos. Votos inmorales. En la mitología griega, Héracles, hijo de Zeus, derribó con una flecha al águila, liberando a Prometeo de su condena. Hasta los dioses creían que toda condena debía de tener un final.

 

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