Cinco elefantes en el País de las Maravillas

Los cinco elefantes en la A-30. // Foto: Radio Albacete

Los cinco elefantes en la A-30. // Foto: Radio Albacete

Por Patricia Biosca

Muchas veces, mientras voy por la carretera (y es muy frecuente), me gusta pensar en la carga que portan los vehículos de mi alrededor. Da igual que sean coches, furgonetas o camiones: me entretiene pensar en las historias que van dentro. Cuando veo un deportivo que parece caro, pienso que es posible que un futbolista, pongamos del Real Madrid (mi poca afición por este deporte me hace recurrir a ejemplos de andar por casa), conduzca a mi lado su bólido, ataviado de sus gafas de sol y un chándal de marca que seguramente habrá costado más de lo que valió mi Ibiza del 99 recién salido de fábrica. También me fijo en los vehículos que portan desde mesas a somieres solo agarrados por unas cuerdas e imaginarme el periplo hasta colgar del techo semejante mobiliario. Los autobuses en los atascos y la gente mirando distraída, melancólica, por las ventanas, son una debilidad más. Y los camiones, esos mastodontes que a veces enseñan su carga (ver las orejas al viento de los pobres cerdos mientras surcan la autovía me hace reflexionar sobre el miedo ante algo para lo que no les ha preparado el instinto), pero que otras la esconden. Pero ni en mis delirios más extremos recorrió por mi cabeza que alguno de ellos llevase elefantes. De esos de verdad, con trompa, pezuñas de descomunal tamaño y dientes de marfil que son paseados de pueblo en pueblo, de circo en circo, de penuria en penuria.

Este lunes la noticia saltaba de titular en titular: los paquidermos colapsaban la A-30 en sentido Murcia después de que el transporte que les llevaba a otro espectáculo hubiese volcado en medio de la carretera. Se trataba de cinco elefantes, uno de los cuales murió después del accidente. Los conductores que se quedaban parados no dudaban en sacar sus móviles y atestiguar mediante “tuit” audiovisual cómo uno de ellos agonizaba en una cuneta mientras los demás pastaban tranquilos después del susto inicial. Se tomaban imágenes de la forma en que los animales volvían a ser recogidos, con unas cintas que los elevaban, chocando con su quietud de seres sacados fuera de contexto para el disfrute humano. Siguiendo con la imaginación, lo mismo su vida es tan surrealista que les pareció un “más difícil todavía” y tampoco se alarmaron tanto. Quién sabe.

Según la asociación Circos Reunidos, que agrupa a los actores del gremio, se podría tratar de un sabotaje por parte de “grupos animalistas muy radicales”. Tan tan radicales que justificarían el fin por encima de los medios, una situación que, según el portavoz de la agrupación, Ignacio Pedrera, “no habría sido la primera vez”. A lo mejor leo poca prensa, pero nunca he visto un capítulo semejante en el que un camión con elefantes, tigres, serpientes u ocas haya “descarrilado” por la acción de grupos radicales medioambientales. También es cierto que no leo absolutamente todo lo que se publica, por lo que mi argumentación está coja.

Aunque pueda que sufra la misma discapacidad que la de Circos Reunidos, que más allá de la sospecha y del “ya ha pasado antes” sin ejemplos concretos no se sustenta en hechos. Esto es como lo del primo que tenía un amigo que le dijo que su tío una vez vio al monstruo de Lago Ness. Solo que en versión elefante y con heridos de por medio. Pero cuando la historia no podía ser más rocambolesca, llega el domador. Según el representante de la organización, este trabajador estaría sintiendo mucho “dolor”, pues es un gran amante de los animales y le duelen las críticas que está sufriendo a través de las redes sociales. «Incluso gente deseando que se hubiera muerto el domador en vez de los elefantes«, dice apenado Pedrera. Me extraña que nadie haya arqueado una ceja cuando ha visto en el currículum de este señor que, de profesión, era domador. Tampoco puedo creer que sea la primera vez que hace frente a críticas sobre su trabajo, ya que en los últimos años se ha empezado a poner en entredicho la ética de los circos con animales. Pero claro, a lo mejor solo ha tenido que lidiar con el público de Albacete y Murcia. Comparado con el resto de España, la verdad es que no es demasiada crítica y puede que el capítulo le haya venido grande al señor domador. Puede.

A tanto ha llegado el episodio que el director general de Tráfico del Ministerio de Interior, Gregorio Serrano, ha indicado, a través de su cuenta en redes sociales -bendita comunicación online-, que «según las investigaciones preliminares«, el accidente del camión cargado de elefantes que ha tenido lugar en Pozo Cañada «se ha producido al adelantar éste a un vehículo de transporte especial«. Según Serrano, «al incorporarse en el carril derecho» el camión que transportaba animales «ha sido cuando se ha producido el vuelco«. En esta versión no aparecen los animalistas, pero es que si no es difícil mantener el hilo delirante propio de una merienda con el Sombrerero y la Liebre de Marzo. Sin embargo, habrá que esperar al informe final de la Unidad de Atestados de la ATGC de Albacete para ver si, al final, no fueron los de Asuntos Internos quienes tendieron una trampa a los elefantes -que diría Homer Simpson en uno de sus más célebres capítulos-.

Mientras, en un hospital de campaña, los animales fueron atendidos de sus heridas, ajenos a toda la polvareda que sin querer había montada a su alrededor. Unos seres vivos cuyo verdadero hogar está a miles de kilómetros, pero que fueron arrancados de allí por personas que se ganan la vida divirtiendo a otras personas a costa de los trucos que estos elefantes aprendieron muy a pesar de su instinto, que a saber dónde queda en todo este sinsentido. Ellos aguardan a que les vuelvan a recoger para continuar con el periplo en una empresa de reciclaje en Pozo Cañada, otro lugar ajeno (más) a su naturaleza. Aunque, claro, el show debe continuar, que entonaría Queen. ¿Pensarían entonces en los elefantes?

¿Has encontrado ya la solución a la adivinanza?
Pues no, me doy por vencida -replicó Alicia-. ¿Cuál es la respuesta?
No tengo ni la menor idea -dijo el Sombrero.
Ni yo -afirmó la Liebre.

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