“¿Me puedo sentar un momento con vosotras?”

Parque de San Francisco. // Foto: Eysmunicipales.es

Parque de San Francisco. // Foto: Eysmunicipales.es

Por Patricia Biosca

Estaba entrando la noche cuando mi amiga y yo decidimos dar un paseo por el parque bajo El Fuerte de San Francisco. No había nadie por la calle porque en la televisión retransmitían algún partido de fútbol, de esos que paralizan a la sociedad entera y dejan las calles más vacías que la Gran Vía de Madrid en el rodaje de “Abre los ojos” (la original, no la de Tom Cruise). El caso es que mi compañera de tormentos y alegrías y yo estábamos sentadas en un solitario banco, hablando de lo divino y lo humano en soledad, cuando notamos que alguien se acercaba. Las dos nos miramos extrañadas, pues las horas, la noche y lo apartado del lugar, nos hacían recelar de aquellos pasos. Una farola alumbró la figura de una chica que de manera súbita nos debió de ver la cara, que rezumaba inquietud. Se acercó y lo primero que nos dijo fue: “No os voy a robar, os lo juro. Pero, ¿me puedo sentar un momento aquí con vosotras?”.

Acto seguido, se echó a llorar. Le dejamos un hueco, aún sin saber qué es lo que estaba pasando. Nos contó que hacía poco había cumplido 18 años, que hasta entonces no había llevado una vida muy cómoda. Por diferentes circunstancias, que aún hacían más duro el relato de la chica, que aparentaba la veintena pero que agarraba los cigarros como Carrillo, esa noche había escapado de su casa. Mejor dicho, había huido de la habitación donde solía permanecer encerrada, porque su pareja no la dejaba ninguna libertad. Aprovechando, precisamente, el partido, se había deslizado ventana abajo. “No puedo más”, nos decía llorando, explicando con una sinceridad brutal y enseñando los moratones de cada episodio que había marcado su corta existencia. No nos demandó nada, excepto compañía y consejo. Pidió permiso incluso hasta para fumar en nuestra presencia. Con ella solo iba una bolsa de plástico, donde llevaba algunas fotos de su familia, a la que no veía desde hacía demasiado tiempo y quienes tampoco parecían haber sido demasiado generosos con ella, según sus palabras.

Mientras intentábamos darle torpes y manidas opiniones leídas de noticias sobre maltratos, ella levantó la cabeza. No nos habíamos percatado, pero su pareja venía por el mismo camino que ella había recorrido media hora antes. De repente, la cara se le cambió y nos pidió que nos quedáramos allí. “No quiero que os la monte a vosotras”. Se dirigió hacia aquella figura oscura, aparentando normalidad. Habló unos segundos con él y volvió donde estábamos. “Me voy a ir a casa, pero os prometo que esta noche me vuelvo a escapar por la ventana y busco ayuda”. Nosotras le dijimos que si quería que llamásemos a alguien, y ella nos rogó que no lo hiciéramos, que si su pareja se percataba, la paliza sería mayor. Nos debatimos durante mucho tiempo, pero al final no hicimos nada. Se fue y nunca más la hemos vuelto a ver.

Han pasado muchos meses desde entonces. Ahora leo que en la madrugada de este lunes un chico de 18 años agredió a su pareja en Guadalajara capital, en la calle Alamín. Alguien que tuvo más coraje llamó a la Policía, quien se acercó a la zona. Él, al darse cuenta, empujó a la mujer y huyó a los antiguos multicines. Cuando los agentes le dieron caza, negó la mayor, e incluso ofreció resistencia. Ella declaró que había sido agredida físicamente y que ya había recibido palizas con anterioridad.

Cada vez que leo alguna noticia parecida (y últimamente proliferan más de lo habitual) pienso en aquella chica. Apenas había empezado su vida adulta y pertenecía a esa generación que aseguran tiene toda la información a su alcance para no repetir errores del pasado. La mía se supone que, además, ha perdido algo de locura e irresponsabilidad, y sobre el papel es consciente de todos los mecanismos que tiene a su alcance en estos casos. Pero es el miedo quien sigue cegando todo raciocinio posible. Un miedo maldito que avergüenza a las víctimas y convierte en verdugos a los que se consideran meros espectadores. “Si me vuelve a pasar, sé lo que haré”, me repito. Pero en mi cabeza solo retumba que el mal ya está hecho, y que en cualquier momento puede que reconozca en los sucesos a aquella niña que lloró a mi lado en un banco mientras la mayoría de la gente miraba un partido de fútbol. La casualidad hizo que yo estuviera allí, pero que no marcase la diferencia, aún cayendo la pelota a mis pies delante de una portería sin guardameta.

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