Educar para la vida real

Por Borja Montero

Desde hace ya bastantes décadas en prácticamente todo el mundo, la educación se ha dejado en manos de los poderes públicos, que han entendido que se trata de un derecho básico al que tiene que tener acceso toda la población y que, a su vez, requiere de unos estándares de calidad y rigor científico que requieren un control de los contenidos y las formas y desaconsejan su impartición arbitraria por parte de entidades interesadas. A pesar de ello, es muy complicado que la labor de colegios e institutos se limite a inculcar en los alumnos eso de “dos más dos son cuatro”, un conocimiento aséptico y objetivo, sino que, con el dinamismo de la sociedad y la curiosidad de niños y adolescentes en las etapas más cruciales de su formación como personas, es inevitable que se cuelen en las aulas determinadas cuestiones más relacionadas con valores que con ciencia. 

En los últimos días, la diócesis de Sigüenza-Guadalajara ha anunciado su afiliación al movimiento “Libres para educar”, cuyo objetivo es justificar la inclusión de la enseñanza religiosa en los colegios así como los conciertos educativos de la administración con entidades religiosas y la libertad de éstas para organizar contenidos y normas de funcionamiento a su gusto. La existencia de esta red y sus metas no son ninguna sorpresa, dada la fuerte implicación que la jerarquía eclesiástica ha querido siempre tener en el terreno de la educación, de donde vienen gran parte de sus ingresos y, por descontado, de su feligresía del futuro. Y aunque este movimiento pretende revolver el río de estas viejas reivindicaciones para poder seguir pescando en ella, el punto más importante y novedoso de “Libres para educar” es el último, en el que hacen referencia a la nueva asignatura que se encuentra en periodo de pruebas en los centros educativos de Castilla-La Mancha, Educación para la igualdad, la tolerancia y la diversidad.

Si uno lee detenidamente su manifiesto, o tuvo la ocasión de asistir a la rueda de prensa celebrada recientemente, se dará cuenta de cómo los mismos argumentos sirven para una cosa y para la contraria. Así, mientras que se defiende que el principal protagonista de la educación ha de ser la familia, también se hace hincapié en que los colegios deben ayudar a completar esa labor ofreciendo clases de religión, ya que “la formación religiosa propone una cosmovisión abierta a lo trascendente en armonía con la racionalidad”, explica el manifiesto. “La educación ha de transmitir una visión del ser humano completa, coherente y conforme a la verdad”, afirma esta red, que deja claro que esa visión del ser humano ha de ser la suya ya que “el Estado no puede servirse del sistema educativo para adoctrinar”. Es por ello que, con respecto a la nueva asignatura que se plantea en la educación castellano-manchega, “Libres para educar” se sitúa totalmente al defensiva, explicando que “sobre la base de la ideología de género, la asignatura supone un adoctrinamiento ideológico”, ya que, a su juicio, “los alumnos deben aceptar que la identidad personal no tiene fundamento alguno en la naturaleza humana, que no hay diferencias psicológicas naturales entre hombres y mujeres, que todas las diferencias son discriminatorias y fuente de injusticias”. Así, el manifiesto concluye que “consideramos que los poderes públicos no tienen potestad para imponer un determinado modelo antropológico y ético, haciéndolo pasar por universal cuando no lo es y tampoco están legitimados para sustituir a las familias en la educación de la conciencia moral de los menores”.

Como decía al inicio de estas líneas, dejar fuera de la clase las dudas que un joven puede tener sobre determinadas cuestiones sociales e, incluso, íntimas, es muy complicado, prácticamente imposible. Y es que cuestiones como la violencia, el odio al diferente, el machismo, el racismo y las desigualdades están presentan en las aulas y en los pasillos, substanciados en los cada vez más frecuentes casos de bullying, amén de otros comportamientos aún más graves, por lo que es necesario que los docentes tengan potestad para atajar determinadas conductas que, ya sea por obra, desconocimiento u omisión, no se han censurado desde casa. Y mejor que esta potestad se ejerza desde la educación y no desde la sanción. No sé si el temario de esta nueva asignatura es el más adecuado y, seguramente, después de este periodo de prueba y pilotaje, haya modificaciones en sus contenidos, pero sí es cierto que en un mundo cambiante y diverso, acelerado y profundamente social, ciertas realidades no pueden dejarse al amparo de ciertas interpretaciones maniqueas y de lógicas reduccionistas e invisibilizadoras, ya que se trata de hechos reales, que existen y con los que hay que convivir.

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