Lipotimias por La Patrulla Canina

Momento del espectáculo "La Patrulla Canina. Carrera al rescate". // Foto: H. C

Momento del espectáculo “La Patrulla Canina. Carrera al rescate”. // Foto: H. C

Por Patricia Biosca

Cuando era pequeña y caía en mi poder el disputado mando de la televisión, el menú estaba claro: dibujos animados. Aún recuerdo a Heidi (cuya canción me llegué a aprender en un japonés de andar por casa que aún recuerdo), Papá Piernas Largas (una suerte de Pipi Calzas Largas, con huérfana pelirroja con coletas incluida) o Spiderman (que curó mi desafección hacia las arañas, esos insectos que podían corregir la miopía con un mordisquito). Dejaré de lado cómo Letizia Sabater impregnó en mi personalidad la sexualización de la mujer con su atuendo (nunca entendí por qué mi madre solo me compraba chándals de táctel cuando ella iba tan mona con lo que yo creía que eran bañadores encima de las mallas) y el trauma después de ver Marco (aunque tenía un mono bastante molón). El caso es que, cuando veía todos estos contenidos que me parecían enormemente atractivos y entretenidos, no entendía por qué los “mayores” me hacían cambiar de canal. No comprendía que algo, a todas luces espectacular (para mí), no les interesara en absoluto. Me agobiaba pensando en ese momento en que las Tortugas Ninja me parecieran un bodrio o que no aguantase ni un capítulo de Sailor Moon. Y, sin darme cuenta, pasó.

Es verdad que no con la radicalidad con la que otros abandonan los dibujos (aquí una creyente de que la animación no es solo para niños), pero las aventuras que me entusiasmaban antaño, dejaron de hacerlo. Incluso reviviendo viejas series años después, me he sentido decepcionada y, en algunos casos, estafada. Y eso que no había el “merchandising” que se gastan ahora. Estuches, mochilas, toallas, edredones, tarteras, peluches, ropa, aplicaciones, cámaras de fotos customizadas, obras de teatro, conciertos, giras mundiales… En mi época, los cromos eran la única progresión fuera de la pantalla que tocábamos los jóvenes e inocentes chiquillos (aunque creo recordar que Xuxa -la Sabater primigenia- sí que hizo sus pinitos girando por el mundo). No paraba de hacer garabatos que se intentaban asemejar a los capítulos que esperaba ansiosa mirando la televisión y soñaba con tener juguetes de mis héroes, convirtiéndose en un evento parecido a ganar un Oscar cada vez que tenía una muñeca que no era un plagio de la original.

Ahora, en la época que todo está al alcance del clic y se puede una y otra vez las aventuras de los dibujos animados, también ha crecido exponencialmente el negocio en torno a ellos. Es fácil encontrar propuestas de ocio infantil, sobre todo espectáculos que hace dos décadas se limitaban a representaciones bastante cutres o, para los afortunados, viajes a Disneyland París (o el esperado Cortilandia en la comunidad vecina). Por eso no puedo imaginar el sentimiento de esos pequeños, que tienen la habitación forrada de perros con gorra de capitán y bombero, al saber que se ha cancelado en el Buero Vallejo la función “La Patrulla Canina. Carrera al rescate” por motivos no revelados. No sé cuánto dinero cuesta la entrada en Guadalajara, pero en otros teatros se encontraba entre 15 y 35 euros por asiento, una cantidad muy alejada de lo que significaba un sobre de cromos de La Bella y La Bestia (por cierto, ¿siguen existiendo esas pegatinas?).

Da la casualidad que una compañera de trabajo ha visto hace poco el espectáculo con su sobrina. Ella, afortunada por haber disfrutado más espectáculos de este tipo, echó en falta una moralina después de hora y media de función, donde pudo ver la grandiosidad de los perros animados convertidos en objetos palpables y una música incesante que animaba a los pequeños tanto que, con solo una cucharada de azúcar, les habría provocado una sobredosis de excitación. A pesar de que hubo momentos en que hasta la niña no prestaba atención y estaba más interesada en volver con su madre que en resolver el misterio que plantea la trama (que, debe ser dicho, era a partir de 2 años, por lo que tampoco se puede pedir que tenga un argumento parecido al de la serie “Lost”), salió “entregada a la causa”, feliz por haber estado a unos metros de sus héroes peludos.

Desde mi perspectiva de “persona mayor” y con una pizca de criterio, hace que me plantee algunas preguntas. ¿El entusiasmo habría sido el mismo si tan solo hubiesen tenido al muñeco a unos metros, sin entrada ni música de por medio? Y si por esos 35 euros, en vez de espectáculo hubiesen recibido un peluche con el que interactuar tantas veces como quisieran, ¿les habría importado el cambio? ¿Hasta qué punto un niño de 4 o 5 años está preparado para estar sentado y ser mero espectador de una historia que no pueden apagar o retomar en cualquier momento? Lo digo desde la completa ignorancia y una infancia vivida en las antípodas de los focos, no se vayan a enfadar los pequeños fanáticos de La Patrulla Canina.

La sensación que me queda de todo esto es que dan igual los valores, las historias que enseñan (bien o mal), da lo mismo incluso el entretenimiento. Parece que todo lo que se lleve a un teatro es sinónimo de cultura, porque implica pagar una entrada y ponerse el traje de los domingos. No sé si también tiene algo que ver que el concepto de pasar tiempo con los hijos sea recluirles en este tipo de espectáculos, donde están entretenidos durante un rato y las conciencias se aplacan de alguna manera. O puede ser que nos falten tantas ideas que, al final, cualquiera pueda recurrir a explotar una marca, que es lo que importa, dejando de lado la responsabilidad que tenemos con esas mentes volubles y maleables. Ya crecerán y nos llevaremos las manos a la cabeza porque consumen un ocio vago e insípido, diciendo que nosotros, a su edad, veíamos cosas de más calidad, como escribo yo en estos momentos.

Mientras el “clín clín” de caja sigue sonando. Espero, al menos, que cuando sean mayores guarden el mismo grato recuerdo que siento yo cuando rememoro los dibujos que veía en mi infancia (sin experimentar la sensación de timo que a veces me inunda). El caso es que yo no me acuerdo de qué veía con dos años, ni aunque me hubiesen llevado a DisneyWorld (Orlando). Menos mal que todo el mundo tiene cámara en el móvil para grabarlo y siempre nos quedará YouTube para (re)crear momentos olvidados. Tranquilos, La Patrulla Canina ya está buscando otra fecha para no defraudar a su entregado público de Guadalajara.

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