Tiembla el monte

Por David Sierra

Retumba el monte. El eco de los disparos alborota el silencio que guarda la naturaleza. Los bandos de aves huyen despavoridas, sin rumbo. Atrapadas en la red de plomos que silban de un lado a otro. Los que no atinan caen en la hierba como si una culebra comenzara a bailar entre el verdín para capturar a su presa. Es el sonido de los domingos, que sustituye a las campanadas que citaban a la confesión.

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Concentración en Guadalajara en favor de la actividad cinegética. / Foto: Nueva Alcarria.

Se juntan en pandillas. Como si practicaran la guerra de guerrillas. Fusil al hombro. Siempre apuntando hacia arriba. Que las armas las carga el diablo. El camuflaje no atiende a razones ni a estilos. Moda insulsa. Emana una sensación en el ambiente de batirse en duelo. De poderío. Las cartucheras llenas provocan un baile taciturno en cada pisada. Que se acentúa mucho más al término de la jornada. Sobre todo si en los ganchos cuelga la muerte. O si en las botas se abraza el barro.

El madrugón se convalida con gachas. Con café y porras. Con huevos y chorizos. Que ni los maratonianos se cuidan tanto en eso de combatir el esfuerzo con la provisión de energías. Siempre hay un plan. Una estrategia para peinar la zona de combate. Sin dejar testigos. Sin escapatorias. El cupo de dos piezas se multiplica por el número de tiradores. Para que la habilidad no este reñida con la cantidad. Ni tampoco con la puntería. Aunque siempre existen francotiradores que juegan solos, a destiempo, al acecho.

Y los canes aúllan. Brincan como canguros. Salen de las jaulas en jauría. Gimen. Se relacionan y buscan nuevos olores con el hocico. Tienen hambre. Se muestran atléticos, fruto de esa cuidada alimentación a la que les someten para que no haya presa que se escape. Su destino es cruel y un fallo, una mala cara, un desplante puede ser su sentencia. Lo saben. Casi todos. Y los más ancianos se prodigan en las artes del rastreo para ganarse una semana más de vida.

Los domingos de veda eran sagrados. Estaba prohibido salir al campo. Sin mirilla. Por la única ley que manda cuando las armas están por medio. La del temor. El mismo que quiso inculcar la presidenta de la peineta y el mantillo. El mismo que envalentona al asesino. Y que justifica la vileza de sus acciones con dinero. Los mismos que desprecian a los depredadores naturales y les destinan al cuarto de la extinción para ocupar su lugar. Y legitimarse en ello como los garantes de los ciclos de la naturaleza. Del medio rural. A pesar de que cuidan su armamento de lunes a sábado, en la ciudad. O en esas fincas de miles de hectáreas que sólo abren sus puertas para negociados y otros chanchullos apartados de los ojos de la legalidad. Sobre el manto de jabalíes que justifique una cuartada en la instantánea tomada.

El monte respira. Los cartuchos sembrados en cunetas y terraplenes son más complicados de coleccionar. Las bicicletas, las pedaladas, demandan su espacio. Los caminantes, los exploradores de terrenos inhóspitos que sus abuelos frecuentaban, los amantes del viaje equino, los observadores de la vida en su estado más puro reclaman su espacio. Y convienen en que las leyes garanticen su disfrute del mismo modo que lo hacen quienes se afanan en sacudir las rutinas del silencio.

Que un agente dedicado a la protección del medio ambiente tenga las atribuciones necesarias para hacer respetar la ley gusta poco. Al igual que los festines, que bajo el plomo celebran delitos con la tortura animal como telón de fondo. Y que los menores puedan empuñar un arma, que eso no es porno. Tampoco gusta que las escopetas se desvinculen de la carga de las conciencias de quienes las portan. De quedarse en el papel de verdugo sin hacha cuando los testigos afloran. No gusta acotar el monte ni las sendas que lo transitan. Y por ello protestan. Ocupan las calles. Y exigen un respeto que ninguno manifiesta por la vida.

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