Esclavos con contrato

Por David Sierra

Entró por la puerta del establecimiento con el alma por delante, sin esconder su acento rumano. La cara destrozada por el cansancio. Ojeroso, blanquecino, despeinado, casi con el ánimo a punto de desplomarse. Se acercó al encargado con paso fúnebre. Arrastrando los pies calzados en unos deportivos necesitados de una jubilación anticipada. El riesgo en las extremidades rara vez se mide. Con el pulso justo, le hizo entrega de la factura y el precinto del camión. Ese que debía volver a colocar tras la enésima descarga y carga en el día. La rutina de la explotación del siglo XXI.

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Procedía del almacén central, situado a las afueras de la capital de España. Donde las empresas que tienen por objeto proveer algo han fijado sus bases de operaciones para almacenar y mover la mercancía, atendiendo a los máximos criterios de eficiencia. Donde almaceneros, repartidores y transportistas combaten a diario para no salirse de los márgenes que marca el beneficio empresarial, en términos de objetivos.

Su ropa, harapienta y teñida con la grasa que desprenden las máquinas transpaletas, no esconde un profundo hedor, fruto del esfuerzo del que lleva desde antes de la madrugada apilando cajas en un contenedor para una primera entrega diaria a un establecimiento de Ciudad Real. Es el primer encargo de la mañana. El más largo y pesado, cuando se hace seis días a la semana. A veces – las menos – si las bajas laborales se atenúan le acompaña un compañero y el viaje se hace más llevadero. A partir de ahí, la jornada se vuelve imprevisible. Doce, trece, catorce y hasta dieciséis horas seguidas sin parar. Con almuerzos al volante. Para ganarse un sueldo que si fuera en su país, sería más que aceptable.

Toma un poco de aire mientras formalizan su llegada al destino. Pide agua y cuando está saciado habla. “Esto es una puta mierda, macho” dice frunciendo el ceño. Quiere desahogarse. Con alguien que no pueda vulnerar sus derechos. Buscando empatía. Esa que hace que la situación de uno sea menos dramática cuando otros muestran experiencias similares. Lo consigue. No quiere desvelar cuánto le pagan. “Es como en los tiempos de la esclavitud, pero con contrato” asevera. Por fin muestra una muesca de su sonrisa. Se siente cómodo.

Mueve con soltura los carros. Sin delicadeza. Despreocupado. Domina los pesos. Y cuando la maniobra no es certera, parte de la carga, la que siempre rebosa, cae hasta donde de allí no pasa. A veces acaba inservible. La cuenta la paga él si no consigue convencer al responsable de que fue un accidente inevitable. De que la culpa no fue suya.

Esta es la cruz de un gran puñado de trabajadores del sector de la logística y el transporte de mercancías, cuyos derechos laborales se ven pisoteados de manera indiscriminada sin que la Inspección de Trabajo entre de lleno a actuar. A ellos se unen además los autónomos de la distribución que, según denunció UPTA hace unas semanas, están en unas condiciones “al borde del esclavismo”, dado que tienen que hacer frente a jornadas maratonianas, realizando trabajos tanto de carga y descarga como de preparación de pedidos y posterior distribución de las mercancías, “con un número considerable de kilómetros recorridos para poder efectuar dicho reparto”.

Cosmin no aguanta más. Tendrá un relevo forzoso. Habrá ganado unos meses de prestación por desempleo. Y, con suerte, tan sólo algunos rasguños de la actividad que ha desempeñado durante los últimos 32 meses. Cuando la billetera esté de nuevo vacía, entrará otra vez en la ruleta de la logística. De ese incipiente sector que atesora el empleo del Corredor y ayuda a las políticas de trabajo del gobierno de turno a maquillar las cifras. Cifras que esconden una realidad tan distante, que convierten al primero de mayo en una cita más imprescindible que nunca.

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