Donceles de mentirijilla

El sepulcro del falso doncel de Sigüenza. // Foto: Wikicommons

El sepulcro del falso doncel de Sigüenza. // Foto: Wikicommons

Por Patricia Biosca

En un relato de aventuras (ya sea en forma de película, serie o libro) muchas veces se busca algún refuerzo histórico con el fin de dar una mayor verosimilitud al relato. Con mayor o menor acierto (hay veces que la historia se retuerce tanto para que encaje con un guión que queda en triste parodia innecesaria), se impregna en el imaginario colectivo si la obra ha adquirido cierta popularidad, y obtiene credibilidad en la misma medida que la creación artística gana lustros; por ejemplo, mucha gente asume que el eterno personaje de Drácula está inspirado en la leyenda de Vlad Tepes, un sanguinario conde que empalaba a sus pobres víctimas. Y en parte sí, en parte no. Si le preguntan a alguien en Rumanía le contará que Tepes es un héroe nacional que luchó con uñas y dientes por su pueblo y que incluso plantó cara a los “stragoi” (los “chupasangre” primigenios, esos que no tenían ni melenas largas y cuidadas, ni tesoros escondidos, ni harenes de tres novias, pero se pirraban por un rechupeteo de sangre), raza que Bram Stoker otorga a su protagonista. ¡Qué caprichoso es el curso del tiempo que una sola mente puede cambiar la percepción de millones con un bonito envoltorio!

Algo parecido le ha pasado al Doncel de Sigüenza. Tenido como un joven guerrero que murió en una fiera batalla en los tiempos de los Reyes Católicos (siglo XV), quedó con ese nombre, el de “doncel” no porque en realidad fuera un joven adolescente con tan real título. “Un doncel es el tratamiento que recibían los jóvenes de entre 12 y 16 años cuyas familias estaban compuestas por hidalgos o caballeros cercanos a la nobleza”, señalaba a El País Óscar Figueroa, argentino que lleva desde hace tres lustros en España enseñando una de esas mentiras que ya se da por verdad. El “chaval”, que existió en realidad y se llamaba Martín Vázquez de Arce, tenía 25 años cuando murió, una edad bastante avanzada si se piensa que, por aquel entonces, la esperanza de vida era de unos 35. Entonces, ¿cómo se borraron diez años (un “lifting” de un tercio de vida medieval, a las bravas) como si Vázquez de Arce hubiese ido a la famosa “buchinger” de Carmen Sevilla? Por obra y milagro de tres “plumillas”.

Y no fueron manos de jóvenes becarios a los que echar las culpas. El filósofo y ensayista José Ortega y Gasset fue el primero que puso sobre la pista a los famosos eruditos de la época de tan hermoso monumento funerario por su gusto por Sigüenza en El Espectador, lo que atrajo a Miguel de Unamuno, escritor y también pensante, a visitarlo. Él fue quien le puso el sobrenombre de “doncel” que se ha quedado hasta nuestros días, aunque en realidad lo hizo como un halago hacia la figura juvenil que retrata la escultura. Pero como ya todo está inventado, y aún nos queda un lapicero culpable de montar este ardid histórico, se debe nombrar al periodista e historiador Manuel Lasala, quien habló en sus escritos por primera vez del doncel de Sigüenza medio siglo antes de que Unamuno hiciese de las suyas. Quizás, apunta el guía argentino en el reportaje de El País, Unamuno se adueñó del adjetivo que Lasala, mucho menos reconocido, utilizó en su día. Y, a partir de ahí, se propagó como la pólvora hasta convertirse en parte del nombre, de la misma forma en que los pañales se empezaron a llamar “dodotis” y de igual manera que llamamos “tuppers” a las fiambreras. Todo esto en plan fino e intelectual, claro está.

Quizá piensen que se trata de un “engaño” menor, pero extrapolen la situación al presente: si una noticia así saliese en los medios llegarían hordas de entendidos criticando el contenido inexacto de los escritos de tan ilustres personajes. Se montarían linchamientos en redes sociales con descréditos de probadas trayectorias profesionales. Si la polémica se estira lo suficiente, se harían programas especiales o, en su defecto, se utilizarían como arma arrojadiza en acalorados debates televisados. “¡No se puede faltar de esa forma a la verdad!”, dirían muchos al son del “ris ras” al rasgar sus ropajes (de poliéster, que ahora todo es sintético). Habría, por supuesto, quien apoyase aún sin argumentos, que la falacia del joven doncel es cierta, incluso se inventarían argumentos que retorcieran la historia reciente para que cupiese en el guión.

Todo esto da qué pensar acerca de la historia conocida, presente y pasada: ¿qué hay de verdad y qué de mentira en lo que se refleja en los libros que estudiamos en el colegio y que se suponen nos cuentan lo que “en realidad” ocurrió? ¿Cuánta de nuestra cultura se sustenta en licencias literarias? ¿Cuándo adquiere la palabra equivocada tal relevancia que se hace ley? En un momento en que cualquiera puede lanzar un mensaje al resto del mundo solo a través de un teléfono móvil, da miedo pensar cuántos donceles falsos caminan por la Tierra por la magia de unas bellas palabras o una preciosa foto que, en realidad, solo muestra la parte amable del encuadre vital. O aquellos donceles de mentirijilla a los que un día alguien puso una cruel etiqueta que, como un moco, no se quita ni frotando y queda el restregón, solo porque alguien decidió que le pegaba ese adjetivo y al resto le hizo gracia. Lo que es seguro es que nos hemos vuelto más cutres y no necesitamos que venga Unamuno a poner ningún mote, que cualquiera con un millar de seguidores puede crear tendencia. Si Vlad Tepes acabó retratado como un sanguinario y Vázquez de Arce como un púber valeroso, a saber cómo acaba hablando la historia de nosotros (aunque solo abarque hasta los vecinos del pueblo).

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