¡Muerte al verano!

Las temperaturas a nivel infierno están a la vuelta de la esquina. //Foto: CLM 24

Las temperaturas a nivel infierno están a la vuelta de la esquina. //Foto: CLM 24

Por Patricia Biosca

La pregunta que lleva rondando semanas no es por qué Pedro Sánchez es el nuevo presidente del Gobierno, ni cómo ha llegado el Real Madrid a ganar otra vez la Champions (o como quiera que se llame ahora a esa competición europea; perdonen que me haga un Maxim Huerta, pero no me han llamado de ningún Ministerio), ni siquiera quién será el nuevo cabeza visible (y “punching ball”) del PP. La cuestión que tiene a todo el mundo en vilo es: “¿cuándo demonios va a llegar el verano?”

La estación estival es como la tierra prometida anual: las terrazas, los pantalones cortos, los vestidos sin medias, las vacaciones, las fiestas de los pueblos… un sinfín de maravillas que duran alrededor de cuatro meses (es lo bueno que tiene el cambio climático, que cada vez se alarga más este oasis de la panza arriba al sol), si bien en la mayoría de los casos se resuma a fines de semana y un mes, como mucho, de asueto laboral. Aún así, a la gran parte de la población le pone feliz, al contrario de la cada vez más escasa primavera, que llega con mocos, estornudos y chaparrones fríos para ahogar la fiesta de la chicha al aire. Este final de mayo, inexplicablemente lluvioso y frío, y principio de junio, ídem de ídem, ha desconcertado a muchos, que miran al cielo lleno de nubes esperando que llegue el sol achicharrador que les deje ponerse el bañador de una santa vez (aunque las santas no eran muy dadas al bikini, según los grabados que conservamos). El caso es que todo el mundo hace sus quinielas acerca de cuándo llegará el verano y hacer de nuestras miserables vidas un lugar mejor. Sin embargo, yo tengo la firme convicción de que, en realidad, somos reflejo de aquel dicho de “la suerte de la fea, la guapa la desea”, en un sentido nuevo que hace alusión a la insatisfacción del ser humano. Da igual lo que tengamos, siempre codiciaremos lo que no poseemos.

Porque, si una se pone a pensar en las bondades del verano de forma fría, lo mismo no merece tanto la pena. Reflexionen sobre lo primero que llega a la mente y a los cuerpos: el calor. Pero no cualquier calor, que para eso somos interior de clima templado tirando a tropical ya. Termómetros a cuarenta y pico grados, con asfaltos rezumantes de infierno, volantes en los que se podría cocinar si esta parte no se fuese deshaciendo en asquerosas bolitas de caucho (por lo menos en mi utilitario que ya casi tiene la mayoría de edad y al que se le derriten los plásticos haciendo que el espejo retrovisor no se mantenga derecho en los momentos centrales del día). Puede que piensen que la he tomado con mi coche (si opinan que necesito uno nuevo, tienen razón también), pero en realidad es el verano el verdadero culpable de mi inquina hacia mi anciano vehículo.

Aquellos defensores acérrimos del verano argumentarán que las noches de verano son el mejor tiempo para el paseo. Una tesis cierta si vives en un pueblo de la Serranía o del Señorío, donde las temperaturas dan tregua incluso en agosto. Pero, ay de aquellos que vivan en la ciudad (o en los pueblos colindantes) y tengan que convivir con sábanas pegajosas. Entonces el paseo se hace una obligación, porque aunque se vuelva sudado, se confía en el cansancio como somnífero. Guadalajara, por ejemplo, tiene bonitos lugares para estar “al fresco” alejados del alquitrán que guarda con celo la materia prima del averno, como el parque de la Fuente de la Niña. Ah, no, calla, que lleva cerrado más de un año. ¿La llamada “ruta del colesterol”? Si se ha desarrollado visión nocturna, es posible caminar por las zonas más campestres sin pisar las montañas de caquitas de conejo que invaden los caminos. ¿Quizá el parque de La Constitución? Lo mismo se pueden dar vueltas en círculo para que se haga más largo el ejercicio, si bien se sacarán gemelos de atleta por sus pronunciadas cuestas.

Una opción muy refrescante es la piscina, pero a la vez que crecen los estanques privados, aumenta la desidia de lo público. Si ponemos como ejemplo la piscina municipal de Guadalajara, el césped es una sombra de lo que antaño fue, los árboles son un recuerdo en las fotos de hace un par de años y poca cosa más allá de plástico se puede comprar en el casi recién estrenado quiosco. Pero, oye, antaño las madres llevaban refrescos, tortilla, bocadillos, croquetas, filetes empanados y hasta helados en neveras portátiles que parecían el bolsillo de Doraemon. Quizá es una necesaria vuelta a los orígenes, cuando parecíamos inmunes al calor o la climatología no era tan adversa. En ese caso, también quiero que vuelvan las canciones de Georgie Dann, los volantes en los bañadores, los Turbo de padre y las zapatillas de plástico y purpurina que se utilizaban dentro de la piscina. Si volvemos al pasado, lo haremos como dios manda.

Otra alternativa es ir a las masas de agua naturales o artificiales de las que dispone la provincia. Hace algunos años (yo lo recuerdo en mis épocas de acné y tontería adolescente, como hace 15 veranos), la gente se escapaba al pantano de Sacedón. A media hora de la capital, sin mucha dificultad de acceso, aunque con mucha guarrería en el fondo (indispensables las zapatillas acuáticas de las que hablaba antes), cualquiera podía acceder a una piscina sin escalera en la que remojarse un rato. Incluso llegó a ser navegable, por lo que se llamaba con el pomposo nombre del “mar de Castilla”, si bien en sus buenos tiempos poco tenía que envidiar a Marbella (por la cantidad de barcas, pantalones cortos blancos, viseras de tenis y demás pijerío). Ahora el asunto está un poco peor y, si bien las lluvias que han caído en los últimos tiempos (esas que maldicen los “lovers” del verano) han contribuido a subir un poco el nivel, una tubería mágica se lleva el preciado elemento. Siempre nos quedará la piscina hinchable de los chinos o pasar por debajo de los chorros-cascada de la calle Mayor.

No hablemos de la oferta de ocio, con la orquesta con nombre exótico y los toros como protagonistas culturales del verano. No me malinterpreten: soy una profesional de la verbena y del interpueblos festivo de la provincia. Pero la sensación de que el menú se repite durante tres meses es una sensación que se adhiere de la misma forma que el sofá de sky a la piel con el calor. Al final cuesta encontrar algo diferente sin salir de aquí, porque todo el mundo huye de las ciudades del interior e incluso los bares cierran en agosto a sabiendas que la clientela va a ser casi nula.

Así que sí, me declaro enemiga del sobrevalorado verano, como me declaré en su momento hostil con la nieve, con el programa presentado por Ramón García y con la Patrulla Canina. Porque no soy guapa (punto corroborado por la atípica de mi progenitora), pero quejica, un rato. Y quejarse, como soñar y la brisa que corre ahora mismo en mi habitación, no cuesta dinero. No como el aire acondicionado o la tendinitis que da el abanico.

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