La valla

Por David Sierra

Desde la ventana veía el mar. El sol atraía su atención. Y la playa. Con esa arena fina con la que levantaría castillos de cuatro torres. Con fosa defensiva de agua salada. Veía las olas e imaginaba. Como sería zambullirse, bucear y observar con sus propios ojos ese maravilloso hábitat. Cogería estrellas de mar, caballitos, pececillos y alguna que otra alga. Para guardarlos y recordar el momento cuando ya no haya. Veía niños; veía niñas. Con bañadores a rayas. Jugando a las palas con pelotas de goma o lanzando balones de playa. Los veía y los imaginaba.

valla-publicitaria.jpgDesde la ventana veía casas. Quizá fueran de sus amigos, de sus vecinos o de sus queridos. Unas adosadas y otras entre plantas. Nuevas, perfectas, idílicas, donde la vida surge cuando la intimidad se guarda. No las envidiaba, pero le gustaban. Y con jardín le fascinaban. Podría montar un columpio o plantar un árbol y brincar entre sus ramas. Imitar la vida de adultos. Salir de esos muros, los suyos, que le encadenaban. Hacía sus cálculos, conocía su precio. Sin ser consciente de que los ceros no eran su impedimento.

Desde la ventana veía la ropa. La que se llevaría esa temporada. Una chica de sonrisa forzada se lo mostraba. Sin granos, sin curvas, inmóvil como una estatua. Aunque le enamoraba. E imaginaba viajar con ella retando todos los días al alba. Compartir momentos, historias, encuentros y esos instantes que sólo la vida ofrece a quienes cabalgan. Apelar a los sentimientos y a la pasión sin que el vestido de ese tal Dior revele secretos de sábanas. Penetrar en sus ojos para ver a través de ellos ese presente caducado al que someten al consumidor las grandes marcas.

Desde la ventana veía automóviles. Desfilaron por ella de todas las marcas. Y colores. Y modelos. Con cada uno una historia nueva le asaltaba. Con el Clio visitó la escuela de Farmacia. Para el Jeep se reservó un viaje a la montaña y con el A4 acabó de ministro de la Paz en un país del Norte, de esos a los que a la guerra no le debe nada. En furgoneta dio la vuelta al mundo, durmiendo en su zona de carga y hasta ganó varias carreras a bordo de esa Honda que no corría, sino volaba.

Conocía las mejores condiciones de la banca, supo que los móviles hicieron a un lado a los teléfonos de ruleta de una patada y aprendió que la hoja más afilada no era la de la espada, sino la de una cuchilla de afeitar con cremita incorporada. Salivó con el rey de las hamburguesas y el payaso que las prepara; se convirtió en experto comparador de chaise long y comprendió el vínculo irrompible entre la fiesta y el alcohol. Desde la ventana veía la vida pasar en formato de anuncios de valla exterior.

Hasta que un día pasó. El horizonte afloró y su visión quedó restringida a un mismo cuadro. A una imagen sometida únicamente al cambio suscitado por el paso de las estaciones. Al sonido estridente de una autovía que alejaba de su mente lo único que le quedaba, su imaginación. A percibir el recorrido lento e inevitable de la muerte sujeta a esas cuatro paredes de su habitación. Lo deseó, cerró los ojos y dijo adiós.

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Maratón de los Cuentos en el Palacio del Infantado. / Fuente: ABC

Este viernes comienza en Guadalajara la vigésimo séptima edición del Maratón de Cuentos que en esta ocasión se ubicará en el IES Liceo Caracense. De todo, de lo poco que Guadalajara puede proyectar al exterior como ciudad, sin duda alguna este acontecimiento se ha convertido en el más relevante. Que fuera su Ayuntamiento el impulsor de esta idea no es tanto su mérito como el que diferentes colectivos de la propia ciudad hayan mantenido e incrementado su espíritu hasta convertir a Guadalajara en esa ciudad que, por una vez en su historia, tiene algo sobre lo que presumir. El reconocimiento como Fiesta de Interés Turístico Regional llega tarde, muy tarde puesto que tras 27 años celebrándose ha adquirido una relevancia internacional que supera cualquier consideración que no sea de esta índole.

Los beneficios del Maratón, sin embargo, trascienden a un fin de semana concreto. A su albor han nacido otras iniciativas que han incentivado el arte de la expresión hablada y escrita en sus distintas formas, ya sea mediante la narrativa, el teatro o la lírica en contraposición con las nuevas formas de expresión tecnológica que impregnan las sociedades actuales. Guadalajara aún no ha exprimido todo lo que este acontecimiento puede darle porque la voluntad política sigue estando muy por debajo de la que ponen sus ciudadanos. Y puede que algún día, esto forme parte de alguna moraleja, cuando lo propio sería que estuviera presente en todas las vallas publicitarias.

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