Alcarreños, Bardales ha muerto

 

La calle Bardales, epicentro del barrio. // Foto: La Crónica

La calle Bardales, epicentro del barrio. // Foto: La Crónica

Por Patricia Biosca

Quizá lleve décadas agonizando o quizá se deba a la perspectiva de aquel que lo mira bajo el peso del paso del tiempo y la progresiva madurez. Bardales, ese minibarrio de la alegría en medio del casco histórico de Guadalajara, se muere. Al menos desde el punto de vista cariñoso y melancólico de esta visitante asidua (cada vez menos, también es verdad), que desde hace más de tres lustros que ha pasado y paseado por sus rincones atesorando cada historia que le ofrecieron aquellos baldosines que cambian de la noche al día casi como Silent Hill con su ceniza.

Mi primera toma de contacto, que fue ilegal (como la de casi todos mis coetáneos), se produjo en el extinto Meloco. Al final de la calle Alfonso López de Haro hacíamos cola con una recién estrenada adolescencia para entrar a bailar el “flying free” de turno (y de moda) con camisetas de perros, magos, colores fluorescentes y plumas en negro-rojo, negro-azul o negro-amarillo. Lo utilizábamos de sucedáneo mientras nuestros hermanos mayores se iban a macrodiscotecas de las afueras de Madrid de las que nos traían camisetas ajustadas como el que se va a peregrinar a Fátima y se trae agua bendecida. Pero la fiebre del “chunda-chunda” pasó, y aquel lugar dejó de ser un local de celebraciones de cumpleaños para ser la mítica “escombrera”, ya rebautizada como Carpe Diem. Eran los tiempos de Marea, de Fito cuando se empezaba a plagiar a sí mismo y a su “Soldadito marinero”, cuando La Fuga atronaba en la mayoría de los locales de Bardales.

Fue así como le empezamos a coger gusto a otro de los bares que siempre había estado allí: La Abadía. El corpulento portero se daba la vuelta y una riada de chavales aprovechaban para entrar en los dominios de un local que, con sus vidrieras, parecía una catedral en miniatura. Para nosotros, era la catedral de la diversión, y se chafaba cada vez que entraba por la puerta en busca de los menores de 16 años que ya había fichado fuera esperando a su despiste. Después se convirtió en un irlandés llamado O’Nukos donde el género indie se apoderó de la sala (como del resto del “mainstream”), para proporcionarnos un lugar seguro hasta incontables horas en la madrugada. Hoy, convertido en Rock n’Football es uno de los pocos reductos que siguen insuflando medicina al enfermo barrio con música en directo, a pesar de todos los pesares.

En la calle Horno de San Gil disfrutamos los cumpleaños desde los 16 hasta los veintipocos entre las paredes de lo que se llamó Gotham, luego Tijuana y después he perdido la cuenta hasta que acabó siendo Rock N’ Rolla. Se hace raro pensar cómo ahora te sientes extraño en un lugar que antes era tu hábitat. Serán cosas de la edad, que decía Modestia Aparte. Bajando las escaleras de esa misma calle podías disfrutar de los “calitropicales” del Sube (aún no sé qué llevaba esa bebida dulzona que costaba un euro el tubo), la sensación de cueva reconfortante del Chernobil y su apuesta por los monólogos los jueves o el underground Boss, con su futbolín y sus melenudos.

La oferta continuaba en la plaza del General Prim: La Galia y sus cocteleras de un metro te invitaban a una larga y frenética noche, contrastando con la tranquilidad del Y Primavera, en el que las cenas en verano se alargaban hasta que te echaban de la terraza. Si querías música que no habías escuchado en ningún otro sitio, tu lugar era el pub Chinaski, en la plaza San Esteban, donde además servían exóticos licores que eran peligrosos para el raciocinio incluso en pequeñas dosis.

De vuelta a la calle Bardales podías tomarte una copa bien echada en el Kripton, donde sus paredes estaban forradas con los mismos pósters que tenía tu prima mayor en su habitación, y que siempre incluían chupas de cuero y motos (el protagonista humano podía variar de una señorita de buen ver a un bebé con cresta, pero todos rezumaban el mismo aire noventero). Sus sofás eran casi tan incomprensibles como su intrincada edificación (el cuarto secreto del futbolín era un hallazgo solo al alcance de los ya experimentados) y en la televisión sonaban sin cesar las canciones de Los 40 Latinos pero siempre con El Último de la Fila, Héroes del Silencio o Sabina como bandera. Una gran pérdida para los amantes de lo sencillo y el “remember” cuando se convirtió en Urban, sucumbiendo a las tentaciones del pachangueo y la impersonalidad (aunque se trata, una vez más, de una opinión personal y conozco de buena tinta quien está encantado con el cambio).

La impertérrita Volvoreta seguía, por el contrario, igual: el mismo local casi ridículo para el número de personas que acogía a partir de las dos o las tres de la madrugada. Igual sonaban las Spice Girls que el último éxito de las radiofórmulas, fue aguantando estoica el paso del tiempo hasta que el ladrillo acabó con el sueño del autoproclamado “templo de la pachanga”. Hace apenas unas semanas celebraba su despedida, de la misma forma que lo hiciera El Figón y su terraza escondida que debería ser patrimonio de la humanidad; Casa Víctor y las mejores natillas por encima de las de mi abuela; o el bar Pi, cuyas escaleras vieron tantas caídas como historias se sucedieron en sus peldaños (y solo de mi cuenta van decenas de ambas).

Casi de forma idéntica al mencionado Kripton le ha ocurrido a la mítica Criolla. Taberna, bar y pub, tiene más de un siglo tras sus espaldas. Hasta hace muy poco, sus ladrillos vistos y la sensación de bodega había sido su santo y seña: dio igual que ampliaran el angosto pasillo que conforma al local, incluso que cerraran la agradable terraza situada al fondo y decorada con parras e incómodas sillas de hierro blancas. La esencia se ha escapado del todo con la última reforma total, cambio de nombre incluido, que hace que me sienta extraña de nuevo entre sus paredes de ladrillos ocultos y la luminosidad que ahora despliega esta nueva discoteca. “No es nuestra Criolla”, se ha comentado a mi alrededor más de una vez.

La historia es que creo que tampoco es nuestro Bardales, igual que lo que considerábamos nuestros dominios no eran los mismos que reconocían nuestros padres ni tíos, quienes también pasaron mucho tiempo de sus años mozos por allí. Espero entonces que mi percepción solo sea una sensación provocada por la acumulación de años (no diré madurez por no ser imprecisa) y que los jóvenes que ahora moran por sus recovecos recojan el mismo cariño inmenso que yo siempre sentiré por Bardales. Deseo con fervor que solo se trate de una exageración auspiciada por el tiempo y que este epicentro continúe siendo el escenario de generaciones venideras, el Silent Hill amable que aguarda con música y cerveza al que se atreve a pasar al otro lado.

4 pensamientos en “Alcarreños, Bardales ha muerto

  1. Por no hablar del Callejón (!!!), la etapa Gomas antes de ser La Galia, o el reducto del heavy llamado Budierca, en la calle del mismo nombre, más allá de los también míticos La Palma y Claudio…
    Ojalá tengas razón y esto solo sea la transición a un nuevo Bardales que acoja y oculte las noches furtivas de más jóvenes.
    Gran artículo. Lagrimilla.

  2. Excelente análisis de lo que ha sido esta zona para muchos jóvenes. Imposible no echarla de menos. Dudo que en otras ciudades se deje echar a perder así una zona emblemática.

  3. Pues yo creo que te has quedado a medias empezando por el número de bares y te has pasado tres pueblos diciendo que ha muerto. No exagere, señora. Media vida hablando mal de bardales y ahora a tus treinta y tantos descubres que es donde mejor te lo has pasado de fiesta con tus amigos de toda la Vida. Y sigues volviendo a por más. Bien. Pues no digas que ha muerto y di ¡Tenemos un tesoro! ¡No dejéis que muera, insensatos!

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