Guadalajara en un llano…

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El Zócalo, ubicado en la antigua laguna que dice la canción. Foto: Arancha Guerra.

 

… Méjico en una laguna.

 

Por Gloria Magro. 

Así lo cantaba Jorge Negrete y al recitarlo es imposible no recordar la melodía y el sonido del mariachi. No es el único recuerdo que me trae esa canción. A finales de los años 70, cuando mis padres me enviaban a veranear al pueblo, los vecinos de enfrente de la casa de mis abuelos eran un matrimonio muy, muy mayor: la Presenta y su marido, el tío Benito, un señor al que recuerdo siempre pegado a su silla de inválido. El tío Benito pese a sus problemas físicos siempre estaba trasteando, arreglando cosas, tapizando sillas. Es pensar en aquellos tiempos y me viene a la memoria el escai granate y las tachuelas de tapicero que le servían para todo. También recuerdo sus ideas, tan peculiares, que no dudaba en compartir con cualquiera que se le pusiera a tiro, generalmente con su vecino de al lado, el tío Julián.

A mí me fascinaba cruzar la calle y escuchar aquellas tertulias de ancianos sentados al fresco del atardecer, algo que ponía muy nerviosa a mi abuela, que creía que las niñas tenían que aprender a hacer ganchillo y cosas así y que desde luego no pintaban nada con hombres mayores. No debía de ser decente o de buen tono, vete a saber lo que pensaba mi abuela aquellas tardes de verano apostada detrás de su visillo, con su costura pero sin perder ojo a lo que pasaba en la calle.  Nunca fui capaz de aprender a hacer ganchillo y menos aún a coser, así que siempre que podía me escapaba a escucharles, infinitamente más interesantes que el serial radiofónico de mi abuela y sus instrucciones con las agujas.

El tío Benito sostenía que el hombre nunca había puesto un pié en la luna. Creía firmemente que aquellas imágenes de la tele en blanco y negro se habían grabado en un plató de cine. Y aquello poco tenía que ver con las conspiraciones en torno a Kubrick, pues nuestro vecino inválido no creo que hubiera pisado un cine jamás, más allá de aquellas proyecciones sobre una sábana en el frontón del pueblo que ponían los gitanos ambulantes. Las películas eran cintas de calidad ínfima, allá en la calle del Peaje y aún aquello le quedaba muy lejos al tío Benito y sus muletas bajo las axilas, así que sus elucubraciones sobre la carrera espacial eran de genuina elaboración propia. Nuestro vecino era un visionario.

Otra de las cosas que contaba y que a mí me resultaba fascinante, es que al otro lado del mar, en Méjico, había otra ciudad llamada Guadalajara que era mucho más grande que en la que yo vivía el resto del año y que en ella había muchos y muy buenos médicos. Y cuando lo contaba, parecía que en aquella Guadalajara lejana todo era miel sobre hojuelas, un nuevo Eldorado que me hacía soñar despierta en aquellas tardes veraniegas de mi primera infancia. Y la distancia con aquella ciudad mítica era tanto o más mental que física, inalcanzable en la lejanía de la mente infantil. La memoria, el paso del tiempo, desdibuja muchas cosas, pero aquellas conversaciones azuzaban mi imaginación de niña de pueblo, porque nosotros éramos de pueblo, quisiéramos o no.

Han pasado cuarenta años de aquellos veranos somnolientos y a día de hoy, por motivos de trabajo, suelo ir con frecuencia a Méjico, pero al de la laguna del mariachi, nunca he tenido tiempo hasta ahora de visitar la Guadalajara del llano, la de los médicos del tío Benito. No obstante, estos recuerdos me acompañan siempre desde entonces y de hecho, cuando se publiquen estas línea estaré, una vez mas, cruzando el Atlántico rumbo a Ciudad de Méjico, como se llama ahora. Esta tarde me tomaré una michelada en una de las terrazas del Zócalo, el corazón de Méjico, en el mismo centro de la laguna que encontraron los conquistadores, a la salud de mis vecinos de infancia.

Cuando piso Estados Unidos, y es algo muy frecuente también, a veces hay un oficial de inmigración chistoso que me pregunta que como es posible que mi pasaporte sea español si pone que nací en Guadalajara. A veces sonrío y me pregunto en silencio que clase de geografía les enseñan a los americanos, y otras me molesto en explicarles que la Guadalajara original, la auténtica, como suelo remarcar, es la española. No se lo creen mucho,  me suelen mirar escépticos, será por ese lugar común que dice que para los norteamericanos España es una provincia de Méjico, al sur del río Grande. Nada que ver esto con eso que cuenta ese famoso periodista/escritor/tertuliano que afirma que a él directamente le acusaron de mejicano encubierto porque su pasaporte decía que había nacido en Guadalajara y que además le detuvieron y maltrataron. Nunca me he creído esa historia, por más que nuestro paisano la haya contado en todo tipo de foros.

En otras ocasiones coincido con pasajeros mejicanos en los vuelos que me cuentan que vienen a España para después hacer un tour europeo clásico: Londres, París, Roma y Madrid, como mucho también Barcelona, pero no parece que ninguno sepa de nuestra existencia ni tenga mucho interés en ver la Guadalajara primigenia. A veces les ilustro, otras no, depende. Entre el estado calamitoso de nuestro centro histórico inexistente, ahora con el Palacio del Infantado cerrado… se me quitan las ganas de hacer promoción turística.

Hace muchos, muchos años, que el tío Benito desapareció, lo mismo que su mujer, la Presenta, y el tío Julián. Y en realidad todos los vecinos de mis abuelos fallecieron hace ya mucho, al igual que ellos. Incluso su calle en el pueblo, que ellos siempre llamaron barrio, cambió con el tiempo su fisonomía hasta el punto de que ahora, las veces que subo por allí, apenas la reconozco. No quedan vecinos que una vez acabadas las faenas del campo quieran departir al fresco en las noches de verano y en la casa de mis abuelos cuelga el cartel de “Se vende”. Menos mal que quedan los recuerdos, que no se venden, y unas cervezas heladas a su salud al otro lado del mundo, ya no tan lejano ni soñado.

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