El enterrador guadalajareño de Franco

El equipo de enterradores dirigido por Gabino Abánades durante el funeral de Francisco Franco. // Imagen: RTVE

El equipo de enterradores dirigido por Gabino Abánades durante el funeral de Francisco Franco. // Imagen: RTVE

Por Patricia Biosca

Existe la teoría científica de que los recuerdos impregnados en emociones se graban a fuego como una marca imborrable. Son esa clase de memorias que permanecen vívidas a lo largo del tiempo, a pesar de que se viva muchos años más y de que el cerebro acumule muchas más historias entre sus rincones. Uno de esos recuerdos que casi permanece como una fotografía en mi cabeza es la única vez que servidora ha estado en el Valle de los Caídos. Una joven adolescente impresionable ya sabía de lo que significaba la mayor fosa común de España, esa que alberga casi de 34.000 cuerpos entre sus paredes, con más de 12.000 sin nombre, orden ni concierto. Aquella que rememora el periodo más negro de la historia reciente del país, donde miles de personas trabajaron e incluso murieron para satisfacer los delirios de grandeza de un mitómano que se había autoproclamado “Caudillo de España por la Gracia de Dios”. Con toda esa información bullendo en las vísceras, vio desde el autobús a lo lejos la cruz más grande del mundo cristiano, pero lo que más llamaría su atención fue las inmensas estatuas que flanquean el paso hacia donde Franco está -se supone- enterrado. Media vida después de eso, recuerdo la sensación abrumadora de aquellas esculturas que hoy se deshacen con el paso del tiempo.

Si mi experiencia, aunque fugaz, fue tan señalada, no puedo imaginar entonces cómo fue para Gabino Abánades, el hombre que enterró a Franco. En una entrevista a El Mundo cuenta con pelos y señales cómo fueron aquellos frenéticos días hace casi 43 años en los que a este exdirector de los servicios funerarios de Madrid se le encargó enterrar al dictador. A pesar de que el mausoleo familiar ubicado en El Pardo aún guarda una lápida con el nombre de Francisco Franco, se decidió que su sitio estaba en el Valle de los Caídos y que tendría honores solo reservados a la figura del Papa: frente al altar mayor, a pesar de contravenir el derecho canónico por el que tanto se llenaron la boca los dirigentes de la época.

Natural de la pedanía guadalajareña de Canales del Ducado, lleva dos legislaturas al frente del Ayuntamiento de Sacecorbo, de quien depende el pueblo que le vio nacer. Amigo personal de la familia del finado -de hecho, cree firmemente que le llamarán en caso de tener que exhumar los restos de Franco, tal y como pretende el Gobierno-, quizá su carácter o lo mismo su jubilación, le espolean para hablar sin remilgos sobre lo que él piensa que fue una actuación apresurada, lo fácil que sería sacarlo de allí a pesar de que la losa alcance los 1.500 kilos de peso (“Con unas barras y un rodillo la quitan dos personas sin ningún problema”, dice para el citado periódico) y la necesidad de que toda la operación sea grabada por todos los medios de comunicación: “Comprendo que esto no le hará ninguna gracia al prior de la basílica ni a la Iglesia, pero sería lo mejor para todos. Y con la exhumación de Franco lo que se pretende es lo mejor para todos, ¿no?”.

El relato claro y crudo de Abánades, que cuenta su historia desde la óptica de aquel que ya está acostumbrado a ver a la parca de cerca y se convierte en una persona de otra pasta, contrasta con su cuerpo bonachón que se ensancha de forma generosa a partir del pecho, incluidas unas manos enormes que han orquestado miles de entierros. El tiempo le ha procurado unos ojos achinados cercados por unas marcadas ojeras por abajo y, por encima, unas pobladas cejas, igual que su impertérrita cabellera, que parece ajena al paso del tiempo salvo por las canas. Y la conversación fluye con ejemplos hasta que el guadalajareño suelta la bomba de que alberga la sospecha de que el cuerpo puede que no esté bajo la pesada losa, una teoría que comparten “muchos profesionales del sector”, le relata convencido al periodista. Y remata apuntando que su teoría es que tampoco anda lejos: “En el caso de que Franco no estuviera allí, seguiría en el interior del Valle de los Caídos. Tal vez en otra tumba más discreta o en un nicho. Y que el traslado se hubiera hecho al poco tiempo de haber sido inhumado”.

Con la misma sinceridad se declara partidario de la aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, a pesar de que el partido para el que ahora milita (el PP) insista en omitirla con tal de “no abrir heridas”. “Me parece necesario y humano”, dice quien también se enfrentó a los dos accidentes aéreos de 1983, al incendio de la discoteca Alcalá 20 o a la profanación de los cuerpos de dos guardias civiles asesinados por ETA que aparecieron colgados días después de ser enterrados. Y así, delante de la tumba de la mujer de Franco en El Pardo, el actual alcalde de Sacecorbo cuenta su historia. Esa que tiene potestad para relatar porque sus memorias de aquellos días son probablemente más ciertas que los propios documentos de una época que, casi con total certeza, atesora más secretos en otras mentes que no tienen tanto valor como la de Abánades para contarlos.

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