El arte de tomar el fresco

Señoras y señor que toman el fresco. // Foto: CLM24

Señoras y señor que toman el fresco. // Foto: CLM24

Por Patricia Biosca

Cae la noche en un pueblo cualquiera de apenas un millar de habitantes en el que el calor da un poco de tregua con una leve brisa. La abuela recoge los platos de las salchichas regadas con ketchup que les ha preparado a los nietos para la cena, que llevan de vacaciones de verano una semana y le piden caprichos mientras los padres no están presentes -que suelen portar azúcar y/o estar envueltos en plástico-. “Yaya, ¿vamos a salir al fresco?”, le preguntan los chicos apurando la raja de melón que la anciana les ha dado de postre. “Sí, ahora cuando veamos que saca la Antonia las sillas”, les responde solícita la abuela. El ritual empieza con el levantamiento del fuerte por parte de la Antonia, al que se le van uniendo todos los vecinos del “barrio”, siendo “barrio” un concepto tan amplio que puede suponer desde dos calles a la equivalencia de una manzana de Nueva York. Las señoras, en su mayoría viudas, están deseando salir a comentar lo que ha dado de sí el día, lo que han visto en “el parte” -informativo de la televisión- o en “los santos” -las revistas- o lo que han escuchado en la tienda. Los nietos están deseando salir salvajes y sin restricciones a jugar hasta la madrugada por todas las calles aledañas, su hábitat estival. Y así transcurrían los veranos. Calurosos. Repetitivos. Felices.

Décadas después, en ese mismo pueblo, algunas caras conocidas con muchas más arrugas y con muchos más achaques, siguen juntándose en las noches de verano. Ahora no lo hacen en medio de la calle, donde plantaban multitud de sillas que hacían detenerse a los coches hasta que la comitiva tranquila se apeaba de su particular puesto de control. Desde allí veían quién era el osado que pasaba por sus dominios a aquellas horas, escrutando el interior de los vehículos para identificar a los “forasteros”. Ahora no se les ocurriría. En su lugar, algún técnico de urbanismo por mandato de un concejal ha levantado un pequeño parque con arizónicas que poco tiene que ver con la hierbabuena y los rosales (aunque también había engañosas ortigas) que crecían agrestes al lado de una vieja acera. La carretera con baches y marcas de diferentes asfaltos ha cambiado a una homogénea; la acera es ancha, proporcionada y más colorida que la antigua. Dentro del parque, los bancos de madera y metal sustituyen a las viejas sillas de tela con colores imposibles de “tomar el fresco”. 

La mesa supletoria de plástico ha tornado en otra de metal más institucional con cuadrados negros y blancos, a modo de tablero de ajedrez que, en realidad, nunca ha visto un alfil o un peón. Por el contrario, sí que han pasado por encima de esa mesa caballos y reyes de las barajas españolas. El Tute, La Perejila o La Escoba son algunos de los juegos que el grupo, cada vez menos nutrido, utiliza para pasar las noches en las que se puede estar en la calle que, por otro lado, cada vez son más. Todo tiene su parte buena, incluso el cambio climático. Más para aquellos que ya han lidiado con demasiados problemas a largo plazo y realmente saben los que es vivir el día a día. Tampoco se escuchan gritos de niños: el barrio, antes sentido como un reducto seguro, se convierte en una zona peligrosa hasta el punto en que los padres, que disfrutaron de sus secretos y escondrijos en sus tiempos mozos, le cogen miedo. Si hay algún pequeño, no se despega de las faldas de los abuelos, que temen de la misma manera el devenir del pueblo en una urbe. Ya no hay niños campando a sus anchas recogiendo amapolas y viendo su sabia brotar, observando cómo se retuercen los “relojitos” o intentando sacar arañas de su escondrijo con un leve toque alrededor de la telaraña.

A pesar de todo, ahí permanecen los últimos valientes que salen a tomar el fresco. “Aquí echamos las noches de verano, hija”, explican a quien les pregunta y que antaño les acompañaba hasta altas horas de la madrugada. Cuando levantan la mirada desde el parque intentando averiguar quién cruza por su calle, el tiempo parece volver por un segundo a aquellas épocas en las que la revolución y las barricadas se encontraban en los portales de las antiguas casas.

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