Trabajo basura

Por David Sierra

Rebuscaba en el contenedor. Su cuerpecillo, delgado y maleable como el de una lombriz, se colaba hasta la mitad del recipiente como si una gran boca le estuviera engullendo. Con un balanceo abdominal constante mantenía el equilibrio permitiéndole utilizar las dos manos. En una de ellas portaba una barra de acero con una ganzúa en la punta de uno de los extremos para ir separando las bolsas y recuperar aquello que pudiera serle de utilidad. Con la otra se asistía. Junto a él llevaba un viejo carrito de la compra donde introducía todo lo que encontraba. Ya estaba casi a rebosar y entre el cierre se podían ver utensilios como sartenes o cacerolas, aunque no hacía ascos a prácticamente nada.

contenedor

“Algunas cosas me las quedo para mí”, me dijo. Otras las vendía en el mercado de segunda mano que frecuentaba, después de darle una limpieza consecuente. “La gente tira muchas cosas que aún sirven, se deshacen de ellas porque les estorban y aún se pueden vender” me contaba entre pausa y pausa dentro de la basura. No hacía esto a diario. Sólo cuando la necesidad apretaba tanto como para inspeccionar lo que otros tiran. Estoy seguro de que conocía los hábitos de buena parte del vecindario y de alguna que otra persona en concreto.

Antes aprovechaba la nocturnidad para hacer el trabajo, hasta que superó la vergüenza y estiró la cabeza con dignidad. A partir de ese momento, sus rutas eran trazadas por conveniencia y no por evitar las miradas ajenas. Tampoco vestía con harapos y su imagen aparentaba la de una persona “decente”. Sabía mucho más de él gracias a un amigo que le conocía bien. Que había tenido una infancia jodida, de esas que uno no querría ni recordar. Con carencias y muertes prematuras. Con hermanos que tuvieron que ejercer de padres mientras se convertían en madres. Con referentes fuera de lo habitual. Tantas dificultades y aun así seguía siendo una “buena persona”. Eso decía mi amigo. Y lo era.

Te hablaba mirando a los ojos como si te retara. Lo sigue haciendo. Y no pide nada a cambio. Se esmera por salir adelante con sus propios medios. Por el camino complicado de la vida. Por el camino que, si no triunfas, acabas relegado al desprecio social. “No busco caridad” dice. Y sonríe cuando la conversación se torna agradable al encontrar esos nexos en común que nos acercan. Que me hacen pensar que igual haría lo mismo en su situación. O quizá aún no comprendí que su situación no es un drama. Que la vida se convierte en drama cuando la acometemos como tal.

Nos chocamos las manos como esos colegas que se despiden con ritual. Sé que le volveré a ver. En otra situación, en otro momento. Se marcha al contenedor que hay más abajo. Rebuscando en los desperdicios de los demás su propia vida. Con la idea clara de la inexistencia de los golpes de suerte y con la seguridad de estar haciendo lo correcto. Es el riesgo de la pobreza del que tanto hablan, cifran, informan a base de informes y que nadie sabe cómo se manifiesta.

Son esas cifras las que apuntan que en nuestra región ese riesgo es ahora menor que hace un año, y que se sitúa en niveles de hace dos. Situaciones concretas convertidas en porcentajes  que revelan una sociedad configurada para tratar al necesitado como méndigo hasta sumirlo en ese estado de por vida; porcentajes que son fiel reflejo de las consecuencias de unas políticas de empleo que han fomentado durante varios años la más salvaje competencia, dejando de lado los valores y reduciendo a la mínima expresión los derechos, siempre incompatibles con las situaciones de precarización que fomentan las empresas de trabajo temporal, que ya gestionan por completo las ofertas del mercado laboral de baja y media cualificación.

La experiencia ya no cuesta. No se paga. No vale nada. Tampoco las ganas y la implicación. Ni el hecho de ser honrado. Y menos aún honesto. Ni tan siquiera llegar al nivel de lumbreras garantiza un sueldo. Priman la picaresca, el descaro, la intimidación, el liderazgo, la imposición, el engaño, la avaricia e incluso abrazar de buen grado la delincuencia, aunque esto último va por tu cuenta en ese afán por superar a la competencia. Trabajo basura al que aspiran al lado del contenedor los que aún no rebuscan.

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Un pensamiento en “Trabajo basura

  1. Chapeau !!!, por el articulo, por desgracia es es la realidad, para trabajos no cualificados te piden ya una carrera y buen nivel de inglés, para estar trabajando bajo presión toda la semana, salir de tu trabajo nunca a la hora y para cuando llegues a casa , te siguen intimidando con wassap o correos electrónicos que te saltan en el móvil constantemente. Si entras a la hora en punto , los encargados te miran mal , porque siempre hay unos gilipollas que entran media hora antes de que les toque . Y todo esto, para cobrar la irrisoria cigra de 1000 euros al mes, que si tienes 2 hijos como es mi caso,no te llega ni para pipas.

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