Andamios y minifaldas.

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Los obreros que piropean, una tradición cosmopolita e internacional.

 

Por Gloria Magro. 

El conocido supermercado que hay en los bajos del edificio donde viven mis padres está en obras. Lo están remodelando por completo y aquello parece la ONU, con un continuo ir y venir de obreros de todas las nacionalidades. La obra incluye el adecentamiento exterior de los accesos y dada mi experiencia de estos días al sortear a sus trabajadores para entrar y salir del portal familiar, puedo afirmar con rotundidad que más allá de la internacional pregonada por Marx, hay otra hermandad que une a los obreros del mundo, por encima de la lucha de clases, diría yo, y es la afición desmedida que tienen los trabajadores de la construcción por silvar, piropear y decir todo tipo de lisonjas a cualquier chica que se les ponga a tiro. La obra para literalmente cada vez que una mujer cruza la calle y así me temo que a este paso se van a plantar en septiembre sin haber terminado de pavimentar las aceras.

Estoy bastante segura de que por mucho menos de lo que he oído estos días en la puerta de ese edificio han despedido al investigador español Francisco Ayala de la Universidad de California Irvine. Después de todo, el famoso científico octogenario alega modales de caballero como detonante del escándalo, mientras que aquí en Guadalajara, a pié de obra, no se escuchan precisamente frases muy señoriales sino un poco más plebeyas, como corresponde a la zanja, la carretilla y el cemento. Ignoro si esto sería igual si la obra la hubieran hecho en el mes de enero y todas fuéramos tapadas hasta las cejas, aunque me atrevo a aventurar que sí, que cualquier excusa es buena para dejar por unos momentos la herramienta y sonreir a diestro y siniestro lanzando al aire esos comentarios mil veces escuchados.

No es que los operarios de la contrata que va a remozar el supermercado sean groseros, que no lo son, pero tampoco pecan de originales, ni de verbo florido, aunque he de confesar que a mí en concreto me alegran los días.  Pasados los veinte años, los treinta, incluso los cuarenta, soy de la opinión de que los piropos de obra lejos de molestar son bien recibidos. Y esto poco tiene que ver con mis convicciones feministas, sino más bien con un ego maltrecho por los estragos de la edad. Qué democráticas son las obras y que buena labor social hacen manteniendo la moral femenina en forma. Altas, bajitas, gordas o delgadas, todas son susceptibles de una mirada y un comentario procedente de una zanja o un andamio. Así ha sido toda la vida, lo que no sabía yo es que era una costumbre cosmopolita, internacional. ¿Se la traerán de sus países de origen o será una conducta aprendida al pisar una obra patria? El piropo español como patrimonio inmaterial de la humanidad.

Estos días me han piropeado dominicanos, rumanos, sudamericanos varios… a mí y a toda fémina que se les pone a tiro, quiero decir, de toda edad y condición. Y teniendo en cuenta la barrera idiomática en algunos casos, demuestran un dominio del castellano bastante aceptable así que desde aquí aprovecho para reconocerles el esfuerzo realizado. Y la constancia, porque paso todos los días por allí y no por ello disminuyen los comentarios. La verdad es que viendo que vamos tomando confianza, les acabaré preguntando si les queda mucho tajo, que entre el ruido y el polvo que generan está la calle hecha un asco.

Ignoro qué estará haciendo mi buena amiga Gema estos días. Aborrece este tipo de conductas, así que cuando salíamos cada día a nuestro running mañanero, durante el curso escolar, optamos por evitar las zonas con grúas, algo que con el repunte de la construcción cada día nos resulta más difícil, sobre todo porque corremos por la Ronda Norte y Las Cañas. Su familia vive frente al supermercado de marras así que también le estará cayendo su buena ración diaria de comentarios. A Gema, tan guapa y espectacular, se la detecta en la distancia.

Las obras terminarán pronto y los obreros se acabarán marchando, llevando sus piropos a otra zanja y otros andamios. He de confesar que mas que éstos, me molestan más otros ruidos machistas que resultan más difíciles de apagar y que no parecen tener fecha de caducidad, esas obras permanentes, por así decirlo y que no hay manera de sortear. Hay una rapera latina que este verano está en todos los medios, se llama Becky G. y las letras de sus canciones son lo que se podría esperar de uno de estos machos alfa que importamos de Colombia o del Caribe, solo que en su caso es una chica y muy joven. Y claro, a la tal Becky  G. le han dado palos hasta hartase. Ni los obreros se atreven con semejantes frases supuestamente equívocas que tienen según ella interpretación a gusto del oyente. Y los chavales y las chavalas las escuchan y las cantan a todas horas, porque no parece haber más canciones estos días que las suyas. La canción del verano es sexista, machista y tiene un mensaje de sumisión nauseabundo. O por el contrario, es la chica la que toma las riendas y asume el papel dominante, la hembra alfa.

Voy pa’ contarle mis secretos a tu almohada
Mientras tanto hagamos vídeo llamada
Me manda foto’, fotico’
Mostrando todo, todito
Cuando llegue desbaratamo’ la cama

No es que yo crea que Julio Iglesias hace treinta años cantando aquello de lo mejor de tu vida me lo he llevado yo tuviera otro mensaje, pero al menos dejaba algo más a la imaginación. O tal vez no. O tal vez los chicos del casco y la paleta me confunden y aún me creo la adolescente que fui cuando era Madonna la que escandalizaba, y son ahora mis hijos preadolescentes los que ni se inmutan ante esas letras que dicen mucho más de que yo me niego a creer que ya comprenden. ¡Maldito sea el paso del tiempo! ¿Pero esto justifica su prohibición? ¿Debemos prohibir por ley las letras demasiado explícitas o directamente las de mal gusto? ¿Y los piropos?

Esta semana Podemos ha puesto sobre la mesa una propuesta para proscribirlos. Los piropos son tan patriotas como el gazpacho, los pinchos o el rebujito. El comentario machista convertido en hecho cultural, una especie de patrimonio inmaterial de España, por así decirlo.  Claro que también lo era fumar en los bares o tirar cabras desde un campanario. Si se consiguió que los españoles dejaran de encenderse un pitillo en los bares, mucho me temo que los comentarios a pié de obra tienen los días contados. Nos quedarán los silbidos. O tal vez ni eso.

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Un pensamiento en “Andamios y minifaldas.

  1. Nos estamos volviendo locos y caminamos hacia atrás como los cangrejos. A mí esto de prohibir me parece un poco sospechoso. El otro día mi padre me dijo que en sus tiempos, es decir, con la dictadura, era más libre. Me hubiera gustado poder rebatirle, pero ya no sé qué pensar.

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