Los deliciosos días de verano

Ellas, ataviadas con sus sombrillas y en lucha a muerte con las avispas. Ellos, al fondo // Foto: P. B.

Ellas, ataviadas con sus sombrillas y en lucha a muerte con las avispas. Ellos, al fondo // Foto: P. B.

Por Patricia Biosca

Un sábado caluroso del mes de julio. En el grupo de amigos, uno de ellos propuso hace unos días un plan que, a priori, tampoco parece muy llamativo: ir a jugar un partido de fútbol a pleno sol a eso de las siete de la tarde a un pueblo que se encuentra a unos cuarenta minutos de la ciudad. Las chicas, con las que no se suele contar demasiado para enfundarse las medias y las botas (también dicho sea de paso, la tradición no ha acompañado demasiado la práctica por motivos que todo el mundo intuye, aunque algunos no quieran ver), dicen que solo irán a ser espectadoras de aquel encuentro si hay un aliciente de por medio: en este caso, el cabrito de la comida. El alimento parece hinchar las ilusiones y, al final, la comitiva necesita de dos coches para desplazarse al lugar indicado y disfrutar de aquellas viandas.

Son las tres de la tarde y los citados amigos charlan animadamente mientras abren boca con un tinto de verano. “Así sí”, dicen entre ellos en la terraza del restaurante, rodeados de una veintena de personas que también disfrutan del vermú del sábado. Hay poca gente andando por la calle, pero los bares y sus sombras siempre tienen algún grupo que conversa de sus cosas mientras el tiempo en el pueblo pasa lento, lentísimo, pero delicioso. Casi tanto como el cabrito, que se desliza por los gaznates, igual que el buen vino. “Parecemos nuestros padres”, suelta alguno, ya consciente de que los botellones han quedado algo lejos. Mientras se disfruta la comida, una de las que allí está sentada piensa en que no importa el paso del tiempo, mientras se acompañe de buenos amigos. Algo que es tan típico que casi suena a mentira, pero ¡ay del afortunado que lo posee!

Las risas y el “creo que se me ha subido un poco el vino” de algunos anticipan los postres, que se comparten generosamente mientras se rememoran hazañas pasadas, se cuenta cómo va el trabajo, qué tal han ido las vacaciones o el chascarrillo del momento. Después del café, el grupo acuerda ir a echarse un rato a un parque, mientras el calor deja de apretar -ellos, ilusos- y se hace la hora para el encuentro deportivo. Aquella estampa rememora viejos viajes, momentos que se quedan a fuego en la memoria colectiva de aquella agrupación casi casi aleatoria y que se sienten propios por el simple hecho de haberlos compartido tantas veces (incluso aunque no se vivieran en primera persona).

Cuando la marcha continúa hacia el campo de fútbol (o, mejor dicho, un campo con algo parecido a unas rayas blancas), la comitiva cruza varios pueblos. En todos ellos se repite esta imagen: bar, mesa de propaganda, silla de plástico y personas. De tertulia o mirando la infinito, eso da igual. “Deberíamos comprar un pueblo para los veranos”, propone alguien. “Es demasiada tranquilidad y las horas se hacen muy largas, te lo digo yo”, dice otra, experta en la materia y que habla con conocimiento de causa por haber vivido la mayor parte de su vida en un pueblo que no llega al centenar de habitantes censados. Aún así, la idea de eterna tarde seduce como una sirena a los chicos que viven en pisos y calles más ruidosas que aquellas que ahora ven por la ventana del coche.

Cuando llegan al lugar del partido, en medio de una era con trigales y girasoles como único resguardo, los amigos se quedan algo impactados. “Os dije que era el peor campo de todos,os lo avisé”, dice el organizador de todo aquel periplo, que además es el encargado de perpetuar la costumbre de la liga de verano entre pueblos cercanos. “Me da pena por mis primos pequeños… por eso me he metido”, confiesa el instigador a la pregunta de por qué se mete en esos “fregaos” cuando él trabaja de lunes a viernes y cuenta con las vacaciones reglamentarias de cualquier empleo medio. A pesar de que parece que nadie atiende a aquella tradición, en el campo habrá dos decenas de espectadores entre amigos de los chavales -sensiblemente más jóvenes que la media de edad del grupo protagonista del relato-, familiares, padres y madres de los jugadores. El viento arrecia y tumba las sombrillas que las chicas se han llevado para resguardarse del sol. Las avispas se acercan como gatos resabiados que saben que hay comida. Y el primer tiempo pasa con dos goles en contra.

La cosa cambia cuando tras una jugada de uno de aquellos que se hinchó a cabrito antes, llega el primer gol a favor. Las personas bajo las sombrillas olvidan a los insectos acechantes para dar ánimos a sus amigos, que no se sabe muy bien si espoleados por ellas, por la alegría de haber batido una vez al portero o por el viento a favor tras el cambio de campo, consiguen marcar el segundo. Los nervios y las rencillas del partido empiezan a aflorar, sobre todo en aquellos que son más capaces de perder la tranquilidad que le brinda el pueblo. Al final, el equipo rival deshace el empate con un tercero, con el que finalmente queda sellado el marcador. “Le tenías que haber echado más garra”, le dice un padre a su hijo adolescente, que le responde: “Yo en ese campo no me dejo las rodillas”.

Una vez acabado el partido, el instigador, que se ha dejado mucho más que las rodillas en todo aquello, no hace más que repetir un “gracias” que los demás se intentan quitar de encima, sabedores de que habría que devolverlo porque la semilla ha dado muy buena cosecha de recuerdos y buenos momentos, a pesar de los hierbajos y pinchos que ahora tienen en los calcetines. Dicen que Francis Bacon dijo: “La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad”. Y yo digo que si se le acompaña de un buen plan con fútbol y cabrito incluidos, se llega casi casi al Nirvana y se desdibujan de forma mágica las preocupaciones. O quizá solo baste con un ese grupo con gente altruista cuya compañía se convierte en largos días de verano, aunque sea 15 de enero.

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