Guía rápida de supervivencia a las fiestas de los pueblos

Pregón de Cabanillas del Campo. // Foto: Henares al Día

Pregón de Cabanillas del Campo. // Foto: Henares al Día

Por Patricia Biosca

Quien más, quien menos, todos hemos tenido el contacto con alguna fiesta popular en verano. Que si son las fiestas de al lado, que si conozco a no sé quién de esta peña, que si me han dicho que los encierros están muy bien, que si viene tal grupo el sábado aquí… las excusas son múltiples y variadas, pero el contagio fiestero (festero para los más puristas de la lengua, si bien están aceptados por la RAE ambos términos) es casi inevitable. Poco importa que los programas se lleven repitiendo en lugar, forma y tiempo desde hace décadas: el regusto a volver al terruño es un seguro inalterable al que muy pocos se atreven a enfrentarse. Y, de hecho, serán mirados de la misma forma que mira el emoticono de WhatsApp con cara de asco si a alguien se le ocurre decir que esa semana se ha reservado para ir a otro lugar que no sea el pueblo. ¡Ay de aquel que se atreva a tal blasfemia!

Los neófitos del llamado por muchos “interpueblo de fiestas” deben tener clara una premisa que se repite sin excepción: las fiestas de los pueblos están hechas para los oriundos del lugar. Puede que gracias a amistades de largos años o a una sociabilidad extrema consiga el visitante foráneo (conocido como “forastero”) acercarse a ser uno más. Pero nunca llegará a ser del todo cierto, ya que en estos parajes rige la norma de familias que se conocen a través de generaciones y el apellido de “forastero” se llevará hasta el final de los días, incluso aunque se lleve más tiempo residiendo allí que en ningún otro sitio. Esta “maldición” solo se acabará para generaciones venideras que, en efecto, nacieron allí, por lo que es un escollo difícil de sortear.

Con el nacimiento, aparte del padrón, se dan una serie de ventajas como poder fundar tu propia peña (una tradición ciertamente guadalajareña que pocos de fuera entienden en su concepto total), poder pedir canciones a la cantante de la verbena en honor de la misma (en el caso contrario, las miradas como cuchillos empezarán a caer como un aguacero veraniego) o sentir una inquina irracional para el pueblo “rival” (lo que muchas veces ocasiona trifulcas más o menos disputadas los días de fiesta). Aún con todo, los amigos de los amigos se suman a esta efímera amistad y suelen ser bienvenidos. Los que no posean ningún vínculo notarán como se les analiza de arriba a abajo durante el normativo baile, por lo que es muy recomendable acudir a estas fiestas siempre en compañía de un grupo grande si no se quiere sentir demasiado el frío recelo de los moradores locales que no tienen conocimiento de quién es tu madre o la profesión de tu abuelo.

Sin embargo, existen varios espacios en los que el forastero no se sentirá tan fuera de lugar. Uno de ellos es la zona de “cachibaches” (solo para los pueblos grandes y la capital, claro). Aquí lo único que rige son las hormonas adolescentes en los coches de choque, la olla loca o el canguro. Es el paso previo hacia la juventud y todo chaval de pueblo que se precie ha pasado por sus dominios. Otro son los encierros: a pesar de las críticas hacia esta práctica, lo cierto es que sus férreos defensores encuentran una camaradería casi familiar en los actos taurinos con manos salvadoras que ayudan a pasar por estrechas talanqueras a desconocidos o desconocidos que se ayudan después de un percance, sea leve, moderado o grave, con el astado. La última zona en la que cualquiera es bienvenido son los conciertos multitudinarios de cantantes o grupos famosos (que no verbenas, ojo). Aquí la gente del pueblo da por hecho que llegarán de visita cientos de “forasteros” y muchos optarán por no participar en este aquelarre musical.

Analicemos ahora en profundidad el sumun de cualquier fiesta de pueblo que se precie, más importante incluso que los toros (y sé que me ganaré algunos enemigos por tal afirmación): las verbenas. Los pasodobles y las coplas que antes no podían faltar en cualquier “setlist” que se preciase ahora se han relegado a los domingos o los conciertos dedicados a los que han conseguido llegar a la jubilación pero aún guardan ganas de baile. Rocío Jurado o Isabel Pantoja, quienes antes abrían el fuego del meneo nocturno, han dejado el relevo a las canciones más tranquilas de Maná o alguna sabrosona tipo Marc Anthony. El ambiente, que antes subía a ritmo de bachata, ahora se eleva con un imprescindible y eterno “Chiquilla”, y el “Final Countdown” de Europe ha pasado a algún remix de David Guetta y a fuegos artificiales y confeti (los brillos antaño los ponían las lentejuelas del vestuario, mucho más inocentes).

Aún así, el ritual de los espectadores no ha cambiado en décadas: al principio las primeras filas están vacías y los cantantes tienen que animar el cotarro con invitaciones que la mayoría de las veces se desoyen. Una hora después, con la afluencia de público llenando inevitablemente la plaza del pueblo, el calor y los primeros bailes comienzan a animar los corazones de los presentes (con padres y madres de familia dando cuenta en las primeras filas de las clases de bailes de salón que han tomado en algún momento de su vida, por supuesto). Cuando llega el descanso, es casi inevitable reponer fuerzas. Los más tradicionales optarán por el montado de lomo, chorizo, panceta o la exótica y traicionera morcilla. Los más modernos le darán al kebab y los que apenas tienen hambre se comprarán unas grasientas patatas regadas por ketchup y mayonesa e insertadas en un cono de cartón. Aquellos con el hambre del tamagotchi de una persona sin audición, preferirán una patata asada “con todo”.Todo con extra de colesterol, que hay que hacer colchón.

Porque lo siguiente que llega son los vasos al aire en las primeras filas, los círculos de empujones (llamados “pogos”) y el éxtasis que se crea en medio de las últimas canciones de la verbena, donde los artistas se desgañitan para acaban en todo lo alto. Si el pueblo tiene dineros, puede que tras el fin de la música en directo haya disco-móvil, el paraíso de aquellos a los que les cuesta irse a casa, como una servidora. Porque la que aquí les escribe sigue esperando con ilusión las fiestas de su pueblo, a pesar de lo predecible de los eventos, a pesar de los sudores para organizar una peña, a pesar de que todos los últimos días de fiesta diga “nunca más”. Disfruten de las fiestas, propias o ajenas, porque en octubre las echarán de menos (salvo en Torija y Brihuega, que se resisten a acabar el verano) y recordarán con cariño su “interpueblos” particular. Feliz verano a todos y nos volvemos a leer cuando baje la vorágine de agosto.

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