Los mil y un Marruecos

Morian1

Por Morian Parrilla.*

Sentada en tu sofá -quizás incluso cenando- con miles de quebraderos en la cabeza después de uno de esos días interminables, te asomas a esa ventana que nos conecta al mundo, llamada televisión, y ves como las noticias nos cuentan que día tras días la gente se deja la vida ahogada en el mar, en ese océano que une dos continentes diferentes. Y tú, bajo tu techo, piensas qué narices estará pensando esa gente para lanzarse al mar y abandonar todo por algo desconocido.

Quizás, incluso se te encoja el corazón viendo un bebé en brazos de una madre que ha sido rescatada o un niño en una orilla que no ha tenido tanta suerte. Y tras unos segundos y un cambio de canal, te vuelves a zambullir en tus pensamientos, sin más.

En un momento en el que las cotas de inmigración provenientes del continente africano están en sus niveles más altos y la sociedad musulmana en el punto de mira tras lo acontecido en los últimos años, lo fácil hubiera sido quedarse con esa idea fabricada desde los diferentes grupos de opinión. Hubiera sido lo fácil pero yo decidí que no lo fuera.

Puede sonar a tópico, pero siempre quise ser maestra. Para esta chica de un pueblo de la costa almeriense, el haber estado rodeada de familiares y amigos que ejercían la docencia tuvo una gran influencia en su futuro laboral. O quizás, porque desde que era una niña siempre tuve una especial predilección por cuidar a los más pequeños y de ahí lo que soy ahora. Empecé desde muy cría a dar clases de inglés para pagar mis salidas y mis gastos y desde entonces esa ha sido mi profesión: ser una humilde maestra de inglés.

Mis veranos, desde hace muchos años, han estado a caballo entre mi pueblo de nacimiento, Adra, y mi amado pueblo de adopción en Guadalajara, Jadraque. Para mi, finalizar el estío bajo la  sombra del maravilloso castillo, disfrutando de la piscina o recorriendo a golpe de zapatilla su maravilloso río y sus preciosos recovecos, era el mejor broche que poner al verano.

La vida cambia, y con ella sus circunstancias.  Verano tras verano haciendo más o menos lo mismo -disfrutar de mis pueblos maravillosos- me encontré en la situación de tener que buscar otros planes y así fue como acabé en esta maravillosa historia. Soy de las personas que creen que las cosas no pasan por casualidad, y creo que en mi camino estaba el acabar de voluntaria.

Siempre había querido conocer sitios diferentes, no desde el punto de vista del turista, sino pudiendo conocer a las personas de base para poder aportar algo, por mínimo que fuera, al sitio que visitaba. Pero ni encontraba el momento ni encontraba a las personas que me acompañaran, con lo que era de esos proyectos que se quedaban guardados en un cajón. Un viaje a Londres con amigos lo abrió de nuevo.

Ángel, la pareja de un gran amigo mío, comentó que estaba pensando en ir de voluntario a Marruecos y sin dudarlo dos veces, le dije “por favor, me quiero ir contigo”. Lo que en principio pensó que era un órdago a la grande, y con alguna inquietud -nos conocíamos en algunos aspectos pero no como para compartir ni tiempo ni espacio de esa forma- se materializó y con todos los miedos del mundo y con otra compañera de viaje, para mi desconocida, Anabel -amiga de la infancia de Ángel- comenzó nuestra aventura. Solo puedo decir que esta aventura sin ellos, no hubiera sido la misma. A veces la vida te pone gente increíble en el camino, y para mi, ellos dos, han sido de las mejores cosas que me llevo de este viaje. Ha sido una gran suerte compartirlo con ellos.

Cuando bajamos del avión los tres en el minúsculo aeropuerto de Er-Rachidía tras horas de viaje en diferentes medios de transporte, lo primero que sentimos fue el calor sofocante a pesar de que era la una de la mañana. Súper inquietos e inseguros salimos del aeropuerto, donde nos esperaba nuestro anfitrión de la asociación Taous-Asot, Driss Aoujil, junto con sus compañeros Alison y Brahim. Aún quedaba una hora de camino hasta la ciudad Boudenib, donde íbamos a estar diez días.

Estábamos agotados, tras horas de viaje, a la par que expectantes ante todo lo que íbamos a vivir. Fue un camino ameno y cordial en el que tanto Driss, con su encanto, como Alison con su dulzura, nos hicieron sentirnos cada vez más cómodos. Nos contaron como dos personas de partes opuestas del mundo, comenzaron un proyecto que haría que un pueblo desfavorecido del desierto abriera sus puertas y sus corazones a gentes de otras civilizaciones.

La asociación Taous-Asot  nació en 2015 gracias a la generosidad de una voluntaria americana que llegó a un pueblo de la otra punta del mundo y se enamoró de su cultura, de su gente y de la familia no de sangre que la acogió allí. También nos contaron de la inquietud de varios miembros de la comunidad por buscar mejoras para sus vecinos y sobre todo para las generaciones que iban llegando, las cuales estaban limitadas por el olvido y pasividad de los mandatarios marroquíes.

De este modo crearon esta asociación donde obviaron el Marruecos más comercial, turístico y glamouroso y se centraron en acercar a los visitantes no solo a la cultura marroquí y bereber que confluye en esa zona, sino también en vivir en primera persona la vida de ellos, así como aportar y mejorar la comunidad de acogida.

Llegamos allí a las tres de la mañana y nos recibió quién iba ser nuestros manos y nuestros pies durante esos días, nuestro querido anfitrión Yunes. Nos recibió con una atención y cariño que nunca pudimos imaginar. Esa noche dormimos por cansancio extremo, aunque con el pensamiento -yo por lo menos y creo que en el de ellos también- de cómo iba a ser nuestro tiempo allí. ¿Y sabéis? Nunca pude imaginar, por lo menos en mi caso, que sería la mejor experiencia de todos mis años de vida.

Llegas pensando lo mucho que quieres aportar, enseñar y compartir tanto con los niños como con los adultos que conoces allí pero, aunque suene a tópico,  vuelves siendo alguien completamente diferente por lo muchísimo que te han aportado ellos a ti.

Hemos conocido a personas realmente maravillosas. Mayte, nuestra valiente compañera soriana, a quien con sólo veintiún años le pudieron más las ganas de conocer y aportar que los miedos a un viaje desconocido. Nuestra maravillosa Marina, que desde Cataluña, también se aventuró sola para darnos su cariño y sus sonrisas. Heather, una maestra estadounidense en Marruecos que compaginaba sus trabajos y estudios con el trabajo en el colegio donde estábamos. Khalid, nuestro peque, nuestro gran fotógrafo, dispuesto a ayudar en todo lo que necesitásemos. Mohamed, alias Paco, residente de Boudenib y que a pesar de la diferencia de lenguas, hacía todo lo posible por entendernos y compartir ratos tremendamente divertidos con nosotros.

Familias maravillosas como la de Yunes, la de Brahim, la de Driss. Bonitas y encantadoras familias que nos han hecho sentir como si nuestra casa no estuviera a kilómetros de distancia haciéndonos parte de sus casas a pesar de ser unos perfectos desconocidos. Nunca me sentido tan querida y arropada como con ellos.

 

Y como no, los niños. Los increíbles niños y niñas del colegio donde estábamos, que día a día nos daban todo. Su ilusión, su inocencia, su alegría, su cariño, su hospitalidad, sus ganas, sus abrazos, sus besos. Nunca podrán imaginar todo lo bueno que nos han dado y lo mucho que nos han enseñado, sobre todo que el amor no tiene barreras ni lingüísticas, ni de razas, ni de culturas, es amor sin más.

Los juegos son juegos en cualquier idioma y la risa, el tacto y las miradas no necesitan de más. Cada vez que cierro los ojos, y rememoro el atardecer en el desierto de Merzouga, las gargantas del Dadés, Uarzazat y su impresionante desfiladero. Paisajes llenos de contrastes imposibles de olvidar. Son vivencias únicas y difíciles de repetir. Y como en los sueños bonitos, nos despertamos tan rápido que nos supo tremendamente a poco. Hacer la maleta y volver nos dejó ese sabor agridulce de algo que no quieres que se acabe pero con la absoluta seguridad que volveremos.

Enhorabuena por crear este proyecto y gracias a todos los que hacéis posible que la fundación Taous- Asot aporte tanto a la comunidad, pero sobre todo a las personas que nos involucráis y nos hacéis formar parte de ella. Seguid siendo ese ejemplo de personas que con algo pequeño podéis cambiar un poco del mundo.

Morian2* Morian Parrilla Sánchez, 38 años. Abderitana (Almería) de nacimiento y residente en Madrid, adoptada durante 14 años en Jadraque. Maestra de inglés desde que se acuerda. Lectora enpedernida y escritora aficionada.

 

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