Festival Gigante: más confeti, por favor

Un momento del Festival Gigante: // Foto: Festival Gigante

Un momento del Festival Gigante: // Foto: Festival Gigante

Por Patricia Biosca

Es lunes “post” Festival Gigante. Las cabezas, aún embotadas por el sonido de los enormes altavoces, de los cegadores focos, de los litros de cerveza en vasos reutilizables, intentan poner en orden todas las imágenes que se sucedieron durante tres días en la pequeña Guadalajara. Esa ciudad que muchos no saben ubicar en el mapa; esa a la que llaman “manchega” y se enfada; esa en la que se supone que nunca pasa nada. Pero entonces llega algo que se cuela en los grandes titulares. El “Ruido” que cantó Despistaos el jueves y que nos hizo volver a nuestra adolescencia. Los “chinches” que nos picaron con placer por culpa de Amatria. Las “antiguas pero modernas” que se pasearon por la Fuente de la Niña -BSO a cargo de Novedades Carminha-. Ese lugar convertido en “Cualquier otra parte” que pregona Dorian. Mientras, Bunbury señala al cielo y se canta dos de Héroes del Silencio. Y, al salir, Eva Amaral pincha temazos por sorpresa. Y así es como Guadalajara se hizo Gigante.

Deudor de muchos otros como el Panal Rock, La Abeja Metálica, Crisis Rock, Panorámico, Kavanijazz (pueblo de cuna manda) y casi coetáneo con el Ke Kaña (que no le adelanta en medios ni en afán empresarial, aunque sí en vida y en un lugar privilegiado dentro del “Corazón salvaje” –Correos dixit- de la que aquí escribe), la apuesta del Gigante era fuerte. Sumar un día y no morir en el intento. Quizá por eso se decidió que Luis Brea y El Miedo fuera uno de los platos fuertes del jueves, jornada que sería una sombra de toda la afluencia que el recinto recibiría en los dos días posteriores. Ya lo anticipó Sexy Zebras unas horas después mientras su “Búfalo blanco” hacía agitar cabezas y manos: “Do the revolution”. Y como en una trampa mortal (en buen y mal sentido; porque el jueves fue un remanso fiestero, pero a última hora de la madrugada del domingo aquello era más una ratonera), los insensatos que tenían la tentación de irse a casa (“Lo mal que estoy y lo poco que me quejo”, que diría El Kanka), se encontraban con el escenario de Djs (especial mención al amigo novato pero más que digno Emimendi; al descubridor de joyas que nos hizo tirar de Shazam, PDTK; y al rompepistas de Dj Panalero). Con ganas de “Hacernos gritar” a lo Love of Lesbian o colándose “en nuestras venas” parecido a Supersubmarina, fueron los “flautistas de Hamelín” de la recarga de pulseras.

Y hablando de pulseras y ratones. A veces se hacía difícil seguir La M.O.D.A. de la Maravillosa Orquesta del Alcohol porque la bebida podía ser “Intocable”, tal y como canta Pasajero. Se agradecen mucho los precios populares de las entradas, pero que sea más caro beber dentro del recinto alcarreño (una botella pequeña de agua, dos euros. Un refresco, tres. Precios que “saldrían a asustar”, que advierte Lichis, a cualquiera que lo supiera de antemano) que del reverenciado Sonorama es, sin duda, uno de los puntos a revisar del festival. Yo, como Elefantes, le digo al Gigante “Que todo el mundo sepa que te quiero”, pero no me obligues a empeñar un riñón cada año, que nuestro amor no es tan fuerte.

Por eso intenté “carburar” de la mano de Ángel Stanich el sábado, aunque me salió francamente mal (igual que a alguna amiga intensa que esta mañana solo podía pensar “mátame camión”). La alegría del escenario de Santo Domingo y el ambientazo del centro de Guadalajara (a pesar del sol castigador debajo del que ni Lagartija Nick podría haber hecho de las suyas con su colega Morente) invitaban a la fiesta continua. Y eso pese a que, por momentos y hordas de gente, la situación recordaba a algunos de esos masificados festivales de los que muchos nos quejamos. Las pistolas de agua, la purpurina y las “stories” de Instagram eran una constante por todas las plazas, en las que bien podías bailar la última de Maluma como una de Los Planetas. La decisión era tuya; el agobio, mío. Así que estoy de acuerdo con este artículo en el que se pide, por favor, que este Gigante no se convierta en un espectáculo de masas. Aunque tiene todos los ingredientes para continuar poniéndose a Full en años venideros.

Y el confeti. Ese elemento de moda apadrinado en el indie por Dorian (yo perdí mi virginidad en esta moda con ellos y no puedo rememorar una “tormenta de arena” perfecta sin imaginar papelitos surcando el cielo), pero que esta edición también hizo que saltásemos aún más alto mientras Elyella se encontraban a los mandos -y nos lanzaban pelotas que se convertían en armas arrojadizas-. Si fuera mi “Última noche en la Tierra”, a lo Rufus T. Firefly, yo solo desearía cañones de confeti “Cada dos minutos”.

Soy facilona, lo reconozco. Y de este festival me gusta “Casi todo“, como dice Viva Suecia. Igual que reconoce Jhonny Cash su imperio de basura en “Hurt“, a la vez que dice que no le importaría volver a empezar, según nos enseñaron Superframe para cerrar la fiesta. Eso sí, yo me quedo en nuestra “Guada”, no a “un millón de millas lejos de aquí“. Hasta el año que viene, Gigante.

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