Tarde de toros

Por David Sierra

Hacía años que no presenciaba un acontecimiento como el vivido este verano. Acudí invitado, casi por compromiso, con tal de machacar una de esas tardes veraniegas sin planes con las tareas cotidianas ya liberadas. El pueblo, en fiestas, es de los pocos que aún defiende los toros en el ruedo; la lidia pura, con todos sus tercios en consonancia con la categoría de la plaza. Hay cosas que no cambian y otras que sí, a garrotazo de artículo de normativa. Una de esas que siguen vigentes es la de los ‘descamisaos’, personajes cuyas camisas apenas se sostienen gracias a un botón abrochado a la altura del ombligo, con un bolsillo a la derecha sobre el que recae el peso de una billetera y una cajetilla de tabaco con encendedor incluido. Revolotean entre el chiringuito y la arena del ruedo con el único afán de inmiscuirse en algún burladero. Entendidos de gorrilla y callejón, que con apenas dos vistazos ya le encuentran el defecto al astado de saldo.

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Tarde de toros en uno de los pueblos de nuestra provincia. / Fuente: David Sierra.

Los prolegómenos tampoco han sufrido muchas modificaciones. Ya no se ven plazas de remolques o de traviesas. Esas en las que se aprovechaba cualquier elemento arquitectónico para convertirlo en parte del cerramiento. El público suele disponer de un espacio más o menos adaptado para disfrutar del espectáculo cómodamente. Los aficionados presentes esa tarde contaban con el privilegio que sólo otorga recintos como éstos, tendido de sombra sin reservas. La charanga sonaba sin descanso animando a los peñistas, jóvenes que apenas se sostenían en pie fruto del cansancio de varios días de juerga. Gafas de sol para ocultar las ojeras. Ocupar un asiento u otro es lo de menos, porque lo que importa es la amistad. Y la merienda que no falte. Al contrario que los más mayores pues éstos acuden con antelación para estar lo más cerca posible del ruedo. Cada generación vive el festejo a su manera. Y todos lo disfrutan.

La regidora del municipio es la encargada de mantener el orden. Sobre sus espaldas recae esa labor invisible para que no existan inconvenientes. El eslabón fundamental que amansa la fiebre taurina y mantiene al recetario calmado. Para que servicios de emergencia y médicos, veterinarios y fuerzas del orden desempeñen su tarea sin recelos. Una de cal y otra de arena. Y el pañuelo preparado porque además de alcaldesa, por esa tarde, también ejercerá de presidenta y entre sus cometidos estará el de otorgar orejas.

Ataviados con indumentaria campera, los jóvenes espadas acompañados de sus cuadrillas dieron el paseíllo. Ovacionados de antemano, con un público volcado. Inconsciente, pues no toman en consideración que el espectáculo que van a presenciar es ya una rareza en municipios como éste. Y a pesar de que buena parte de ellos en esta provincia han disfrutado, no hace tantos de años, de gestas taurinas de capote y muleta, lejos quedan ya las tardes de gloria del ‘Almendralejo’, cuando en polo y vaqueros saltaba a los ruedos a enmendar el desaguisado de otros compañeros. De esos ruedos ha dado cuenta en formato de libro recientemente una vecina de estos lares, Ana Isabel Pimentel, con un completo trabajo recopilatorio.

La justificación para que las corridas de toros hayan desaparecido de la gran parte de los pueblos reside, según cuentan entendidos del sector y responsables políticos, en su coste. Montar el circo para dar muerte a un par de reses cuesta lo suyo. Mucho más que tirar hacia arriba de puerta de cajón y soltar los astados por el campo, por las calles, por el río o por donde haga falta. El aficionado al riesgo prefiere eso.

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Manifestación antitaurina en Guadalajara. / Fuente: Guadalajara Diario

Sin embargo, la devaluación de los festivales taurinos – tal como se apodan ahora – no se debe únicamente a su incremento de coste. A ello contribuye también el hecho de que este tipo de espectáculos apenas hayan evolucionado. Sustentados en la tradición y ajenos a los avances sociales y tecnológicos, las corridas de toros en aquellos lugares donde aún se mantienen siguen mostrándose como un acontecimiento arcaico, alejado de los nuevos gustos. La estructura del festejo, las suertes y los participantes apenas han variado. Sin novedades. La sangre del animal y su sufrimiento tampoco se han aliviado y eso en una sociedad cada vez más sensible al dolor resta adeptos y catapulta movimientos de oposición como el acontecido el pasado domingo en Guadalajara. Movimientos a favor o en contra de los toros son minoritarios. Es la indiferencia mayoritaria ante este tipo de eventos lo que realmente está dañando su imagen. El torero ha dejado de ser un prohombre y ese espacio ha quedado vacío.

 

No lo esperaba. Me emocioné cuando lo presencié. Al acabar el festejo aquellos muchachos que había desorejado a los animales entre alabanzas y aplausos retornaban a la realidad. Agarrando el capote a dos manos entre todos, bien estirado como un gran mantel de mesa de cuarto de estar, daban la vuelta al ruedo pidiendo la voluntad. Pidiendo que más pueblos como Membrillera vuelvan a considerar las corridas de toros en sus programas de fiesta patronal. Pidiendo más oportunidades en los ruedos y quizá esperanzados en que las suertes de sangre y muerte dejen de oscurecer la parte artística y cultural que contiene esta actividad.

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