La cantina

Por David Sierra

Abrió la puerta. Tenía llaves, como casi todos los vecinos del pueblo. El funcionamiento del servicio depende de la confianza de cada uno en los demás. Y aunque nunca es plena, solventa el problema que supone no contar con ningún bar. El local, chiquitito y coqueto, desprende un halo de espacio familiar a pesar de que el olor a humedad por haber estado cerrado varios días estaba presente. Dos mesitas de aglomerado con cuatro sillas en cada una ofrecen ese aspecto a cantina que les hace suponer que allí podrán aliviar la sed. Una pequeña barra al fondo con unos botellines vacíos daban fe de que los últimos que estuvieron tomando algo salieron con prisa. Al lado, dos pilas de cajones de cerveza atestiguaban que ese lugar era el centro de reunión habitual.

cantinaJosé abrió un par de ‘frascos’. Saco de su bolsillos algunas monedas y las introdujo por la rendija de un recipiente cerrado que hacía las funciones de caja registradora. En la pared, una lista de precios marcaba lo que se debía depositar por cada consumición. A saber si las cuentas luego cuadraban. Con la persiana subida, el azulejo vertical acentuaba la sensación de amplitud del centro social que funcionaba como bar; y dejaba ver algunos carteles taurinos con la fecha ya vencida, que cumplían a la perfección con su función decorativa y ambientadora, una vez que la informativa ya era irrelevante.

La conversación entre ambos se prolongó otra ronda. Hablaban de lo último acontecido por la zona, de las fiestas, de los toros, del trabajo, de la alcaldía. Y de como los planes de empleo que la Junta de Castilla La Mancha había puesto en marcha para favorecer la contratación por parte de los consistorios seguían siendo una bendición para este pequeño pueblecito de apenas medio centenar de vecinos en los inviernos. Un trabajador por seis meses aliviaba de manera considerable el día a día de unos núcleos que no podían, ni pueden, permitirse ofrecer una plaza fija para el desempeño de estas tareas fundamentales.

La suerte en las personas, durante este tipo de procedimientos de empleo subvencionado, es también relevante. El pueblo de José la tuvo. Y Antonio, el último empleado que ha pasado por allí, ha dejado huella. Implicado, cortés, comprometido, y resuelto han sido virtudes que le han servido para ganarse el cariño de los vecinos a los que ha estado sirviendo durante medio año. Y todo ello, a pesar de ser consciente de que su trabajo tenía fecha de caducidad. Sin esperanza. Sin alternativa.

Era su penúltima jornada laboral cuando se dejó ver por el bar del centro social. Llegaba exhausto después de haber estado buena parte de la mañana expuesto al sol, en uno de sus quehaceres diarios. Pintando las barandillas del parque, quizá. Barriendo las calles, podría ser. Reparando cualquier maquinaria municipal o, simplemente utilizándola. Le obligaron a hacer un receso. A tomar algo. A conversar sobre su situación, sin esperar milagros.

Más de 30.500 personas se beneficiaron durante los años 2016 y 2017 de los distintos programas puestos en marcha por el ejecutivo autonómico para combatir el desempleo, con especial incidencia en aquellos parados que habían agotado ya las prestaciones, en los más jóvenes y en los grupos de mayor edad. Muchos de estos nuevos trabajadores, como Antonio, acabaron accediendo a empleos en pequeños municipios donde han desempeñado tareas propias de los antiguos alguaciles, a los que ahora se les denomina operarios de servicios múltiples.

Si bien estas acciones de empleabilidad están dando sus frutos en la medida en que sus beneficiarios, que llevaban desocupados un largo periodo de tiempo, han vuelto a acceder al mercado laboral, tienen el inconveniente de carecer de una estrategia a largo plazo nítida. De tal forma, cada temporada y una vez cumplido el plan correspondiente surge la incertidumbre, tanto de los candidatos al empleo como de los solicitantes. Surge el temor a no contar con esa persona que durante una buena parte del año ha permitido solucionar el día a día y  que ha ayudado a evitar el colapso que supone disponer de plantillas insuficientes para el desempeño de las tareas municipales más desagradables. Esos trabajadores ‘eventuales’ permiten a los regidores de estos pequeños núcleos centrarse en nuevos retos en vez de desvanecerse en esas preocupaciones rudimentarias por las que acaban sucumbiendo. Y que arrastran a la vez al propio pueblo al hoyo de la despreocupación. Y por ende, de la despoblación.

Entran algunos vecinos. Agosto y hora de vermú es sinónimo de actividad en el bar del centro social. La noticia de la despedida de Antonio fluía como la pólvora. Abrazos, ánimos y algún que otro encargo. Quienes conocen sus destrezas no dudan en aprovecharlas para su beneficio propio. Esas chapucillas que no se declaran y que alientan. Quien sabe, quizá algún día, el mantenimiento de los pueblos entre en eso que llaman agenda. En las prioridades de la política. Y personas como Antonio se vuelvan, en sus ratos libres, asiduos de la cantina.

 

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