Niñas pedorras que añoran las Ferias (parte II)

Toros de Fuego en Guadalajara. // Imagen: Facebook (Amigos del Ayuntamiento de Guadalajara)

Toros de Fuego en Guadalajara. // Imagen: Facebook (Amigos del Ayuntamiento de Guadalajara)

Por Patricia Biosca

Ya está, ya es oficial: feliz año nuevo, alcarreños. Esta frase tan manida a la par que tan cierta se escucha (o se lee. De nada. Un saludo) como un mantra el lunes postferias, ese día en el que se hace balance con números y años de lo bien que nos lo hemos pasado esta edición de la semana grande de Guadalajara. Si han echado un ojo a los principales titulares de la prensa sobre el balance que ha dado el Ayuntamiento de los actos, habrán leído varios “ausencia de incidentes destacables”. Yo, que como treintañera que aún no asume su edad, he salido como de costumbre -aunque menos jornadas, eso sí, que el cuerpo no aguanta los envites de la misma forma-, opino igual que el Gobierno local: no ha habido sucesos destacables. Y ese es el problema.

Vendrán los “haters” en este punto a reseñar mis ganas de que se incrementen los hechos macabros. No, señores. Para mí las cuchilladas, reyertas multitudinarias, comas etílicos “a cholón”, cornadas de varias trayectorias o denuncias por ruido no me aportan absolutamente nada. Me refiero a que quizá esos números correspondan a unas ferias cada vez más programadas para que tengan el menor número de conflicto a costa del aburrimiento de la gente, que acaba por no acudir a las verbenas en Santo Domingo (por cierto, ¿hubo allí verbenas?). Por ejemplo, el primer dato que esgrime el Ayuntamiento es del los toros de fuego, donde solo se produjeron 23 atenciones sanitarias. Aquí volverán los detractores “de tu balcón sus nidos a colgar, como diría Bécquer de las oscuras golondrinas, y afirmarán que si necesito de más quemados para hacer un balance positivo. Tampoco es el caso. Lo que sí ocurre es que recuerdo la forma en que antes había hordas de peñistas que bajaban desde San Roque o la Fuente de la Niña de madrugada solo para pasearse por aquel espectáculo que a mí siempre me ha atraído como los panales de miel a Winnie de Pooh o como los objetos brillantes a la urraca amiga de Alfred J. Kwak. Recuerdo aquella concentración masiva de gente en la que me encantaba participar activamente aún a riesgo de quemarme los pantalones de peña en mis primeros años recién estrenada mi mayoría de edad. Rememoro cómo me entusiasmaba llevar a amigos de fuera para que contemplaran el espectáculo, incluso aunque fuera a millones de kilómetros de las talanqueras porque los petardos y los correpiés les daban miedo. Y después de esto no puedo evitar pensar que quizá el descenso de heridos sea gracias al muy inferior número de participantes, entre los que yo misma me incluyo. ¿Alguien ha bajado a los toros de fuego? A mí me pillaron a desmano. Imagínense a los de Mordor de Arriba de las peñas del nuevo Ferial. Aún así el Ayuntamiento afirma que ha habido una “alta participación”, aunque no se dan más datos.

Algo parecido me supongo con los encierros, un acto que sí que atrae a corredores casi profesionales (y sin el casi) y que se resiste a perder afluencia. Este año solo se han producido seis, dos menos que el año pasado. He de reconocer que no he visto nada más que tramos de algún encierro por la televisión o por las redes sociales, porque para mí también han perdido el aliciente de antaño. Es cierto que me hago mayor, que los churros de después no vencen al sueño como antes y que sigue sin compensarme el madrugón si se han alineado los astros en forma de “Patricia que se va pronto a la cama” (tónica general diaria, no producto exclusivo de “aguas con misterio”). Pero también es verdad que cada vez menos amigos de toda clase, condición, sexo y edad me dicen que han estado viendo pasar a los toros o me proponen hacer el esfuerzo para quedarme a verlos. Lejos quedan ya las horas que hacíamos el paseíllo con el “paso charanga” gracias a las dianas y aguantábamos hasta el fin de las vaquillas; esos días en los que la plaza estaba abarrotada y se iba pisando sin querer a aquellos que se habían atrevido a quitarse el pijama para ver cómodamente lo que acontecía en Las Cruces; esas jornadas en las que nos chillábamos con nuestros amigos de un tendido a otro para encontrarnos y acabar aún más perdidos.

Y llegamos, por fin, al ferial. Ese cajón desastre ahora al otro lado de la A2 en el que se mezclan peñistas, kebabs, patatas fritas y asadas, gofres, el canguro, porteros de discoteca y olor a pis y fritanga a partes iguales. Como les contaba en la parte precedente a este artículo, mi visión del ferial siempre se ha visto condicionada al hecho de que mi padre era dueño de un puesto. Allí teníamos clara la disposición de aquella pequeña ciudad: en la calle del Ferial se ubicaban los puestos de variedades, los “todo a 100” en los que podías comprar desde perritos que daban un salto mortal hacia atrás a imitaciones de Rolex bastante mal hechas. El puesto de los cocos, que nunca entendí por qué repetía año tras año si nunca veía comprar a nadie, cerraba esta calle a la altura de las entradas. Una vez aquí, se podía optar por los grandes bares andaluces con pollos acartonados que todos sospechábamos que llevaban años girando en la misma posición, que estaban en la entrada superior, a la derecha. Justo enfrentado se colocó el primer horno de patatas asadas, una máquina con ruedas regentada por una familia de Europa del Este que crece igual que su espacio en la feria (sí, aún se pueden encontrar año tras año en Guadalajara, aunque poco difieren ya de los otros puestos de patatas y kebabs).

El primer callejón paralelo a la calle del Ferial estaba repleto de chiringuitos (el de mi padre siempre se ponía en los primeros puestos de la fila derecha mirando para abajo). Detrás, las tómbolas con perritos piloto que fueron sustituidas por los pequeños cubículos con ganchos y peluches. Al fondo, por la entrada más cercana a San Roque, los coches de choque “para mayores” y, a continuación, las churrerías. En medio se situaban las atracciones para niños. Desde aquí mi recuerdo a la mítica Coca-Cola que nos levantó los pelos a todos y al primer simulador, del que hoy nos reiríamos pero que en aquella época fue toda una revolución. En la parte superior, las de adultos, en las que la noria y la barca vikinga (sobre todo sus jaulas) siempre fueron las más queridas y las más chilladas.

Al fondo (si bien esto fue un cambio de los últimos años), los puestos de tiro, incluido el que nosotros conocíamos como “el de las fotos”. Si acertabas al corazón de Marilyn Monroe ataviada con el vestido blanco de “La tentación vive arriba” o al de un Elvis Presley moviendo las caderas con actitud chulesca, la atracción te recompensaba devolviendote tu imagen mientras disparabas, todo un recuerdo en los albumes de fotos familiares de los GTV’s. Todo tenía su orden y concierto y la confianza era tal que nosotros disfrutábamos corriendo libres por sus calles bien entrada la noche, una vez que habíamos agotado los dos reos asignados a cada día. Nuestro alimento eran los montados de lomo, chorizo, panceta o morcilla (desconocíamos la existencia del durum y lo flipamos con las primeras hamburguesas), bebíamos Coca-Colas y Fantas a tutiplén y los churros con chocolate siempre cerraban el menú. “Para que desayune tu abuela”, nos decían. Ya, sí, claro.

Ahora existe un ferial en el que me cuesta ver el orden y los niños sueltos de las manos de sus padres sin alarmarme. No se escuchan las verbenas porque las discotecas móviles son más baratas y efectivas, pero sí nos encontramos porteros de discoteca guardando las puertas de las peñas. Aún hay chiringuitos donde disfrutar de tradicionales montados, pero les ganan los puestos de comida prefabricada. Las patatas asadas se mezclan con carne de kebab y la señora que repartía el algodón de azúcar, que resulta que era la esposa del dueño del puesto de fotos, ya no está. Igual que su marido. Menos mal que aún guardamos sus imágenes, para acordarnos de aquel ferial acogedor del que no recuerdo olor a orín (seguramente porque lo tengo idealizado).

Perdón por la nostalgia, es la depresión después del Fin de Año Alcarreño. 

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