Odiosas comparaciones

Por David Sierra

Se les pusieron los ojos como platos cuando en la curva apareció un enorme dinosaurio de dimensiones desconocidas. Era el mundo de Parque Jurásico ante ellos. Los muchachos estaban impacientes, pero la espera había merecido la pena. Impresionaba. Los cohetes lanzados al aire iban marcando el ritmo a la vez que anunciaban la llegada del desfile, aunque las posiciones del público ya estaban tomadas con antelación decenas de minutos. Era la primera de veinticinco carrozas perfectamente decoradas. Cada una con un motivo que le daba sentido a todo el conjunto. El espectáculo había comenzado en Azuqueca de Henares unos minutos antes de que en Guadalajara terminara el bochorno de Ferias.

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Carroza de Parque Jurásico en Azuqueca de Henares. / Foto: Nueva Alcarria.

Catalogada de Interés Turístico Regional y con el empeño de que sea reconocida también a nivel nacional, la 43 edición era la primera a la que asistía. Dicen que las comparaciones son odiosas. Y vaya si lo son. Mi último referente sobre una comitiva de este tipo había tenido lugar en la capital alcarreña. Perdón, mis últimos dos referentes. Después de ver lo de Azuqueca, a cuál peor.

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Naranjito estuvo en el desfile de fiestas de Guadalajara. / Foto: Guadanews

El primero pretendía, o al menos eso dijeron desde la concejalía correspondiente, ser un guiño a la elección de Guadalajara como Ciudad Europea del Deporte 2018. Por ese motivo, las carrozas estarían dedicadas a esa temática. Y es aquí donde los conceptos entre una ciudad y otra comienzan a distanciarse. Carente de imaginación, de organización, de orden, de diseño, de animación, el desfile de la capital fue un esperpento difícil de empeorar. Un castigo para el deporte que incluso daba pie a la mofa constante entre los espectadores. Un maltrato al deportista al que ‘obligaron’ a realizar el paseíllo como subalternos en una plaza de tercera. Y unas carrozas con fines propagandísticos que anhelaban en sus estructuras aquellos tiempos en los que el ladrillazo pagaba las procesiones. En esa situación, fueron ellos, los propios deportistas en el papel de exhibidores, quienes salvaron el descalabro tirando de orgullo.

Y al día siguiente, el turno de las peñas. Que también desfilan. Sin sentido. Cada vez menos público se acerca a presenciar el tránsito del alcohol andante para escuchar la tan manida frase de “si no follas este día no follas en toda la feria”. Las peñas lucen por todo lo alto lo que van a hacer durante el resto de la semana. Sin pudor. Sin estilo. Y se acercan a los pocos niños, que les miran atónitos desde las aceras, para entregarles unas miserables pegatinas, mientras les vaporizan en aliento de alcohol. Y cuando por fin se alejan, dejan un rastro nauseabundo que ni la inmediata actuación de los coches escoba consigue aplacar. Es el olor de la fiesta. Dicen.

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Carroza ganadora en Azuqueca. / Foto: Cadena Ser.

En Azuqueca el desfile se alarga a las dos horas. Y a pesar del tiempo que muchos aguantan en pie, no hay expresiones de cansancio o pesadez. La expectación es máxima por ver la siguiente. Cada paso tiene una historia y cientos de detalles imposibles de que el ojo humano pueda dar cuenta de todos. Todo el mundo quiere instantáneas para mostrar después a quienes no estuvieron. Para decirles “mira lo que te perdiste”. Para presumir. La fascinación es constante.

Sobre el recorrido, las escenas de la película de ‘Up’, toda una representación de la Escocia del monstruo del lago Ness, el mundo de Peter Pan, el barrio ochentero de la serie de televisión ‘Cuéntame cómo pasó’, la gélida majestuosidad del Ejército del Hielo o la vuelta al periodo azteca, entre otras, daban cuenta del final de un trabajo de meses por parte de los peñistas, que desfilaban junto a su obra con la indumentaria en perfecta armonía con el motivo de la representación que acompañaban. Con respeto al público. Con respeto al acontecimiento en el que participaban.

Y los detalles en estos casos también importan. Cada carroza portaba en su parte trasera un cajón donde los peñistas depositaban no sólo las bebidas, sino también los residuos que iban generando durante la cabalgata, manteniendo de este modo el viario limpio e inmaculado.

Como el propósito es siempre mejorar, en esta ocasión el Consistorio tomó varias medidas que han dotado de mayor grandeza al espectáculo. La primera de ellas, por seguridad, el vallado del recorrido para evitar accidentes, sobre todo cuando hay vehículos pesados y menores cerca. La otra, colocar varias zonas de gradas para los más mayores de tal forma que puedan disfrutar del espectáculo en tribuna, como se merecen.

El modelo azudense ha conseguido que las peñas formen parte de las fiestas hasta el punto de que son un pilar fundamental de las mismas. Ha contribuido a generar ese frente común necesario sobre el que avanzar para que cada año la implicación sea mayor. Ha generado los mimbres sobre los que las fiestas puedan sustentarse en el futuro al margen de los vaivenes económicos. Ha impregnado a los vecinos de ese sentimiento de pertenencia al lugar vengan de donde vengan.

El modelo guadalajareño está, por el contrario, como la propia ciudad, agotado. Inerte. Resquebrajado. Diluido en la improvisación fruto de la desidia. De la ausencia en la justificación de actos subvencionados que hacen correr como la pólvora rumores de viajes al Caribe pagados con el dinero de los ciudadanos. Un modelo de pesebreros aleccionados, de incentivo del caos como aliado del beneficio oculto. Donde el ‘pobre de mí’, es solo para unos cuantos.

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