Las ferias de toda la vida

Por Borja Montero

Durante toda mi vida he vivido en un pueblo no excesivamente grande en el que, cada año a la altura del 7 de septiembre, comenzaba una liturgia de cinco días que apenas variaba de año en año. Este periplo se mantuvo casi inmutable durante décadas, empezando siempre con el desfile de carrozas y acabando con el concurso de disfraces y los últimos guitarrazos de la orquesta de turno, pasando por la procesión, las comidas populares y las capeas, repitiéndose incluso en muchas ocasiones el nombre de los grupos musicales o de los novilleros, y solamente variando la longitud de los fuegos artificiales o la cantidad de vaquillas a soltar en los años del boom inmobiliario. Todo inmutable en fecha y hora, todo predecible hasta que la crisis obligó a ajustar los actos festivos.

Valga esta reflexión para denotar que, en lo que a Ferias y Fiestas se refiere, la innovación no es una de las cualidades más apreciadas. Uno no le pide a la Comisión de Festejos grandes novedades cada año, solamente que se mantenga lo que le funciona a la mayoría de los vecinos para pasar unos buenos días. Si bien el caso de una capital de provincia se diferencia en algo del de un pueblo que no llega a mediano, el ciudadano que quiere pasar un buen rato no suele pedir grandes sorpresas, sino que las cosas funcionen y que haya jaleillo en las calles. De este modo, uno podría pensar que la estrategia del actual Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Guadalajara en los últimos años (y van once organizando las fiestas de la ciudad) es la acertada, limitándose a calcar edición tras edición prácticamente el mismo programa, creyendo que están haciendo con ello “las ferias de toda la vida”.

Sin embargo, las Ferias y Fiestas de Guadalajara han perdido gran parte del “de toda la vida” en estos últimos once años. El primer zarpazo fue el traslado del recinto ferial al otro lado de la autovía, un hecho al que muchos no se han acostumbrado, lo que otorga a ese aparcamiento de centro comercial ocupado por atracciones y casetas un cierto toque de provisionalidad once años después de su debut. Es cierto que la preminencia del centro de la ciudad como escenario de los festejos no se ha visto muy resentida por la mudanza de la noria y las patatas asadas, consolidándose el eje Concordia-Fuente de la Niña como el epicentro de la vida nocturna, sino que han sido otras decisiones las que han terminado por alejar a una parte de la ciudadanía de las Ferias y Fiestas. Así, en los últimos años, se han eliminado algunos eventos que funcionaban muy bien, tanto para el público infantil como para el resto de la población, y se ha optado cada vez más por actividades subcontratadas y previsibles en lugar de dar participación en el programa a asociaciones y colectivos de la ciudad, que bien podrían tener su cierto protagonismo en los días grandes de su ciudad. Y si a la gente podría gustarle lo de volver a participar como actor y no como espectador en sus Ferias y Fiestas, no digamos a los diferentes barrios, que seguramente estarían encantado de que las actividades festivas se repartieran un poco más en lo geográfico y el colorido llegara también a otros distritos lejanos del Casco Histórico y el nuevo Ferial.

Es por detalles como estos por lo que las fiestas de Guadalajara, si bien intentan ir repitiendo el modelo y el programa, se han vaciado un poco de esencia y, a pesar de intentar mantener el espíritu de “la feria de toda la vida”, no lo han conseguido, fallando también en las innovaciones que se han intentado meter en los últimos años.

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