100 años

Por David Sierra

abuelaJamás lo había vivido. Y me tocó de cerca. Muy de cerca. Ese momento significativo en el que uno, en este caso una, de la familia alcanza la centena en edad. Mi abuela, a duras penas, lo ha conseguido. Y digo bien, lo ha conseguido porque, sin duda, el esfuerzo ha sido enorme. Cien años es más que toda una vida y en función de lo que el futuro te haya deparado, el balance puede ser más positivo que negativo, o viceversa.

Con la edad los recuerdos se desvanecen y son aquellos momentos que de alguna manera marcaron nuestra vida los que siempre permanecen. Son las pistas que las personas de mayor edad nos dan para intuir si tuvieron una existencia placentera o más bien el camino de un calvario. En la memoria de mi abuela, en sus manos, en su rostro y en sus piernas existen evidencias de que quizá esa longevidad se deba a su pretensión por sobrevivir ante las adversidades.

A mi abuela, como a la gran mayoría de las abuelas de su edad de este país, le tocó sufrir una de las infancias más difíciles de la historia. La única hija de siete hermanos, sus carnes han soportado los desmanes de una sociedad rural patriarcal en la que como mujer debía cuidar y servir al resto de la prole sin rechistar. Sin apenas recibir educación en un medio rural donde el azadón siempre ganaba al libro por necesidad.

Guerra y hambre. Retumbos de bombas y refugios marcaron su juventud en la que estaba predestinada a servir. A llevar el mandil como parte de su indumentaria. A conocer el horror del campo alcarreño de postguerra. Y cuenta, contaba, que de una sartén comían las gachas a cuchara, que iba a lavar al río con las demás mujeres del pueblo mientras los hombres jornaleaban y sufrían los sermones del sacerdote de turno aleccionados al toque de las campanas.

Antes de tiempo probó el luto. Y ya nunca lo dejó. Las ausencias son difíciles de superar cuando la soledad viene de repente. Sin avisar. Sin quererla. Y le golpeó de nuevo por dos veces. Aun así, se acostumbró al silencio y lamió las heridas de la viudez en el sosiego de la lumbre.

Hacerse mayor cuesta más cuando las piernas no te sostienen. Cuando el bastón, al que nunca se acostumbró, se convierte en un elemento fundamental. Y el orgullo te impide utilizarlo. Habituada a ser el sostén, nunca cesó en su empeño de ser independiente. Cuando aún no había leyes, y la única que imperaba era la de la voluntad a riesgo. Y así permaneció hasta que  la urbe le aplomó y se convirtió en dependiente.

Sincera y tozuda, hasta el punto de que ya en silla de ruedas trató de convencer al médico que debía valorarla para recibir la ayuda por la dependencia de que aún podía sostenerse por sí misma, nunca dejó de luchar. De cultivarse en la lectura y de refugiarse en el único lugar donde se siente a gusto. En su casa, alejada de la gran ciudad. De la que nunca ha querido marchar porque se ha convertido en su hábitat natural.

Desde hace varios años, mi abuela puede vivir gracias, en parte, a la Ley de Dependencia. Esa que le permite seguir residiendo donde siempre ha dicho que le gustaría fallecer. Que le ayuda a financiar dos empleadas para sus cuidados diarios semanalmente y a sostenerse en el hogar que le ayudó a superar los malos momentos y donde quizá guarde sus mejores recuerdos.

En las sociedades avanzadas, la longevidad es cada vez mayor. Los adelantos en la medicina y las cada vez mejores condiciones de vida favorecen esa tendencia que en el medio rural se da de manera más decidida. El pueblo, nuestros pueblos, marcan otro ritmo en la existencia de sus habitantes, donde las rutinas se imponen a los sobresaltos y el disfrute de la vida como tal hace que, incluso sin serlo, puedan sentirse como centenarios. Y quizá, como abuela, llegar a contarlo.

 

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