El Clásico

Por David Sierra

Era el primer Clásico de la temporada sin estafadores reconocidos sobre el terreno de juego y a una hora para el pitido inicial el bar estaba prácticamente vacío. La televisión, de al menos 50 pulgadas, ya emitía los prolegómenos del encuentro con retransmisiones en directo desde los aledaños del campo de fútbol culé. El eco de la voz del comentarista retumbaba en las paredes del local como si de una cueva se tratara. La sobremesa no es buena hora para jugar al fútbol. Y menos aún un partido de esa trascendencia. Eso murmuraba el dueño de la cervecería mientras se afanaba en la limpieza de las mesas.

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Un familia compuesta por padre, madre e hijo disfrutaban aún del aperitivo del domingo al fondo de la barra. Él había estado trabajando toda la mañana. Esas chapuzas de estraperlo que surgen a veces y que suponen un complemento al jornal. La pintura de color blanco derramada por los pantalones junto con algún que otro tiznajo por la cara le delataban. Tampoco lo ocultaba y contaba que había estado pintando el portal de una casa. Y que la obra se había complicado y le había llevado varios días. Que al llevar las paredes mucho tiempo sin tocarse, la pintura era absorbida y le había tenido que dar dos manos.  Y que le hacía falta otra más, pero que no se la daba porque no iba a perder dinero, decía. Ella, simplemente, disfrutaba del momento de estar todos juntos. Mientras, el muchacho se entretenía con los juegos de un teléfono móvil. Eran rumanos.

Con los jugadores ya en el césped calentando, llegaban los primeros aficionados al fútbol. Un par de marroquíes que tomaron asiento después de pedir un café y una infusión. De ese lugar ya no se moverían hasta el final. También una abuela, vestida de luto y aficionada al deporte rey, que iba acompañada de su cuidadora sudamericana. Muy futbolera ella también. Y poco a poco el resto de las mesas se fueron ocupando. Cafés y chupitos era lo más demandado. Así como algún que otro combinado. Para caldear el ambiente. Para contrarrestar los nervios y el sufrimiento. Algunos ya habían quedado en otras ocasiones, se conocían, compartían colores e ideología por lo que se concentraron en torno a unas mesas haciendo piña. A partir de ese momento comenzó a fluir el influjo de la manada, de tal forma que los comentarios que se vertían entre ellos, a viva voz, dejaron de tener filtros.

“Hasta que, en el minuto 8, el Barcelona recupera una pelota en su medio campo y empieza a darle aire; 90 segundos y 30 pases después, un festival, Rakitic pone una cortada perfecta para Jordi Alba —el mejor marcador de punta izquierda del mundo y unos de los diez o doce mejores de España—, que la para en el aire, sigue hasta el fondo y echa el centro atrás para que Coutinho la remate cómodo. 1 a 0, tan rápido, tan fácil”, narraba Martín Caparrós en su crónica para el New York Times. Y a partir de aquí iba comenzar una tarde de tragedia deportiva en la pantalla y de descalificaciones en la tasca. La derecha extrema en su salsa.

Suele ser la tercera ‘copita’, la que disuelve la línea que separa la afinidad deportiva y política. Era el momento de convertir en insulto cualquier manifestación de identidad catalana. Y de ensalzar el nacionalismo de bandera de balconada, que no hace tanto proclamaba el propio alcalde de Guadalajara. Era lo de menos. A nadie le importaba.

A Marcelo por negro. Por su peinado. A Suarez por su prominente dentadura. A Benzema por ser moro. Y fallar. A Piqué, por catalán. A todos los extranjeros, ‘por ser unos vagos’ gritó uno de ellos. En la barra, una jarra de cristal con media cerveza intentaba ser estrujada. Diez segundos, un respiro, dos miradas. Padre, madre e hijo se levantan y se marchan. ‘Hasta los huevos me tienen’ dijo, antes de salir por la puerta. Luego, me enteré que ni siquiera le gustaba el fútbol y que se había marchado por no liarla.

Al final, el resultado hizo justicia. También el VAR. La ‘manada’, haciendo ostentación de fardo en la billetera, se disgregaba. Ni la hora, ni el marcador invitaban a otra ronda. Por un instante, el fútbol unió en un mismo lugar a diferentes nacionalidades. El fanatismo y la sinrazón se encargaron de que fuera sólo eso, un instante. El tabernero se lamentaba. “Ésta no es hora para un Clásico, ni para nada” mascullaba mientras rascaba las monedas de la caja.

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