Incorrectamente político

Por Borja Montero

Hace muchos años, cuando era un ávido lector de literatura cinematográfica, hubo una frase del director francés Jean-Luc Godard que se me ha quedado dando vueltas: «un traveling es una cuestión moral». Al principio pensé que era una bravuconada de artista venido a más, tan autoconsciente de su propio genio que se permitía elevar sus decisiones de puesta en escena a la categoría de la ética. Poco a poco fui conociendo algo más del carácter fuertemente militante de este realizador y, en paralelo, mis concepciones políticas naif de bisoño adolescente idealista fueron madurando y adquiriendo profundidad y matices, y fue entonces cuando entendí la verdadera dimensión de la frase: cualquier acto que llevemos a cabo es una expresión de nuestras convicciones políticas y, en un terrenos incluso más íntimo, de nuestra verdadera idiosincrasia moral.

Si bien esta frase es cierta desde hace unos 50 años que fue pronunciada, es ahora, con la hiperexposición que suponen las redes sociales, cuando se nos hace tan cotidiana y aplicable a cualquier hijo de vecino, a pesar de que muchos sigan sin comprender que también existen significaciones políticas en decisiones íntimas o del día a día, tales como elegir un banco o un supermercado, vivir en un piso o en un chalé o desplazarse a diario en transporte público o vehículo propio.

En el terreno de la expresión, sin embargo, muchos tienden a ser expeditivos y contumaces, tan conscientes de su propia libertad de expresión que, en muchas ocasiones, ponen en duda la de los demás. Estamos viviendo en una época en la que las minorías sensibles al enfado por determinadas expresiones son tan numerosas que cualquiera que pretenda enunciar un discurso público de algún tipo que sea aceptado sin críticas por la sociedad en general tiene que proveerse de buena cantidad de plomo para sus pies, ya que las opiniones ya no son aisladas, sino que se hacen virales y ganan una resonancia irreal amplificada por el altavoz de las redes sociales y su capacidad para diseminar mensajes de forma irreflexiva (ay, el botón de «Compartir» y de «Retwitt») y para realzar determinados temas y esconder otros. Ya no basta con elegir no ver o escuchar la obra de un artista porque no nos gusta o se aleja de nuestras consideraciones políticas, morales o estéticas, sino que hay que dejar bien claro el parecer de cada uno y, si se puede iniciar una campaña de descrédito hacia la obra o el autor, mucho mejor para que quede claro que la opinión de uno es más válida que la de otro.

En este uso incorrecto de lo políticamente correcto, la televisión ha perdido esta semana a uno de sus moradores desde hace casi tres décadas. Apu, el entrañable peesonaje de Los Simpson, ya no saldrá más en antena y esta decisión es una muestra más de un cierto conservadurismo creativo y de un exceso de piel fina. Si las personas que han podido sentirse ofendidas por la inclusión de este personaje han tardado la friolera de 28 años en darse cuenta de ello, parecería que el caso no es tan flagrante como para motivar su salida de la serie, cuando se trata de un personaje secundario que ni siquiera sale en todos los capítulos. Por otro lado, quien se haya molestado en conocer la forma de ser del bueno de Apu, se dará cuenta de que no es precisamente un estereotipo negativo de ninguna comunidad, existiendo en la serie otros ejemplos de imágenes menos bondadosa de determinados colectivos, por no hablar de otras series y películas de menor éxito que basan sus personajes en estereotipos mucho más dañinos.

Este pequeño ejemplo da buena cuenta de cómo la sociedad del consumo rápido y la comunicación permanente nos obliga constantemente a tomar partido en casi cualquier cuestión, previamente polarizada en dos respuestas validas: a favor y en contra, sin matices, casi sin posibilidad de ver los grises o de abstenerse del tema. Y una.vez que existe una masa furibunda, una turba digital en el ciberespacio, ya nos pueden utilizar para cualquier cosa.

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