El monstruo del saco viene al colegio

Las entradas de los colegios se llenan de coches. // Foto: Diario Sur

Las entradas de los colegios se llenan de coches. // Foto: Diario Sur

Por Patricia Biosca

Paseando por Guadalajara un lunes, de repente sorprendía una masa de gente y coches concentrada en un punto de una céntrica calle. Lo primero que se viene a la mente de aquí quien escribe es que ha habido algún suceso. No sé por qué, en este tipo de situaciones imagino a una señora con la cadera rota, atendida por los viandantes, que miran preocupados la escena esperando a que llegue la ambulancia, mientras la anciana dice entre la lástima y la adivinación: “¡Lo sabía! ¡Si es que sabía que esa acera no estaba bien y que me iba a escurrir…! ¡Lo sabía!”. Pero no. Pocos segundos después me he percatado que la media de edad de los allí presentes les aleja en muchas décadas de la jubilación y que sus caderas aún tienen mucho trote. Se trataba de la puerta de un colegio, pero paralizaba de igual manera que el percance imaginario de la señora toda la vida de un punto de la ciudad. La diferencia: se produce todos los días, al menos dos veces. Diez a la semana. Cuarenta al mes.

El ritual de llevar al niño al colegio ha cambiado mucho a lo largo de los años. Allá por los crueles noventa (los de los vaqueros subidos hasta la sobaquera y los calcetines blancos con zapatos negros como Michael Jackson, pero sin molar), en mi querido pueblo apenas acudíamos una decena de chavales a mi clase. Por las mañanas, pronto, mi hermana pequeña y yo nos juntábamos con mi amiga Tere, quien tenía cuidadora, y nos acercaba andando al colegio entre legañas y bostezos. A eso de las 13.00 horas esperaba a otros vecinos que vivían cerca del mesón que regentaban mis padres y donde mi hermana -que con su “baby” me seguía allá donde iba- y yo disfrutábamos del suculento menú del día. Dos horas después, la hermana mayor de otro de mis amigos nos recogía en el restaurante y bajábamos de nuevo al colegio (los placeres de la jornada continua solo estaban reservados para los del instituto). A las 17.00 horas volvíamos a salir y a no ser que hubiera cumpleaños, regresaba a casa con Tere y con la cuidadora.

La tutela nos duró poco: cuando dejamos de usar camisón a rayas y empezamos a tener asignaturas con rimbombantes nombres como “conocimiento del medio”, un tercio por buenas chicas y los otros dos por necesidad, bajábamos solas al colegio. Que te dejaran ir como máximo responsable de tu persona estaba a la altura de tener llaves de casa o que te diesen dinero para ir a por el pan (y te quedases el cambio). De hecho, cuando empezaba el buen tiempo, la bicicleta se convertía en nuestro medio de transporte, luchábamos por tener una cadena pitón cada vez más sofisticada y por encontrar el lugar más cercano a la puerta en la verja. Sin embargo, la emoción del principio se volvía rutina pronto y solo se veía interrumpido los días que llovía. En esas jornadas en las que salir a la calle era una sentencia de resfriado seguro, la cara se nos iluminaba al ver que en la puerta estaba nuestro padre con la furgoneta que olía a pescado y puro, pero que se convertía en un refugio perfecto para varios niños a los que “El Pico” en ese caso, o el progenitor de quien correspondiera en otros, nos llevase a casa, en un tour solo superado por el autobús del colegio, que se convirtió en una necesidad cuando las urbanizaciones crecieron como setas en el pueblo y a muchos de mis amigos el “paseo” al colegio les hubiese costado media hora.

Todas estas memorias cruzan por mi cabeza cada vez que veo una salida del colegio, y da igual que sea en Guadalajara o en el antiguo único colegio de mi pueblo, porque la escena es la misma: un padre, un coche, un niño. Ya no hay bicicletas en las verjas ni los hermanos mayores se encargan de toda una prole de hermanos pequeños. Ya no se paran en los columpios antes de comer, ni hay colas esperando el autobús, porque ya apenas existe ese servicio. Pienso en mis sobrinos y soy consciente de que me aterra -supongo que como al resto de tíos, abuelos y padres- que vayan solos por la calle. Los medios de comunicación constantemente enseñan imágenes de pequeños que jugaban cerca de sus casas y no volvieron nunca; de niñas que cogieron su patinete a la salida del colegio y no llegaron al hogar; de menores que sufren y viven cosas que les hacen crecer de golpe. Pero también pienso en que la libertad que me dieron mis padres y los de la mayoría de mis amigos -todos ahora con sus carreras, sus hipotecas y sus “cosas de adultos”-, inconsciente o no, aparte de darnos confianza, nos entregó algunas de las mejores historias que guardamos y que nos hacen esbozar una sonrisa cada vez que vemos cómo los niños salen del colegio. Esos para los que todas sus jornadas son como mis días lluviosos, pero sin olor a pescado y puro. Quizá es hora de pensar que el monstruo del saco lleva siglos atemorizando a los más pequeños -y a nosotros mismos-, incluso desde antes de que existiera internet, pero la mayoría de las veces solo se queda en un cuento que tiene final feliz.

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