Una ley sin desperdicio

Por David Sierradesperdicio

Se esconden para disfrutar de su tesoro. Cada noche, buscan. Rebuscan. Remueven con ansias dentro del contenedor. Y a su alrededor. Siempre hay algo. Una deliciosa hamburguesa, dos panes de molde pasados de fecha. Media docena de huevos envueltos en su clara. Apenas un par quebrados. Carne, mucha carne. También fruta. Esta vez manzanas, plátanos y unas peras limoneras. Esa que se pone fea, amoratada por estar mal conservada. También dulce, deliciosa. Dos restaurantes de menú del día y un supermercado nutren el recipiente de basura. Sin selección.

Según los datos publicados por la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) cada español arroja a la basura más de medio kilo de alimentos a la semana, es decir, 1,5 millones de toneladas de alimentos aptos para su consumo al año. Las cifras a nivel mundial que proporciona la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) también son reveladoras y valora el coste de los alimentos desperdiciados al año en el mundo en más de 850.000 millones de euros, 143.000 de ellos pertenecientes a Europa.

Tal y como manifiesta este organismo, de los 1.300 millones de toneladas de alimentos que acaban en el vertedero – una tercera parte de los que se producen-, tan sólo con aprovechar una cuarta parte se podría erradicar el hambre y la desnutrición en todo el planeta. Y España en este asunto no ocupan un buen lugar puesto que contribuye a desperdiciar 7,7 millones de toneladas ocupando el séptimo puesto de este deshonroso ranking en el ámbito europeo que encabezan Reino Unido y Alemania con números que casi duplican la cantidad española.

La iniciativa comunitaria para aprovechar estos alimentos ha comenzado a dar sus primeros pasos con el objetivo de reducir a la mitad el desperdicio de alimentos antes del año 2030. Pero las medidas legislativas llevan un curso lento que requiere del impulso comprometido de los estados miembros para que esa reducción sea eficaz. Y como suele suceder en este tipo de preocupaciones, los esfuerzos se desvanecen en informes y creaciones de observatorios que únicamente constatan una realidad y una problemática ya de por sí más que identificada.

Solicitar a los camareros que informen sobre el tamaño de las raciones o fomentar el uso de la tartera para llevarse las sobras son algunas propuestas ofrecidas por los parlamentarios que abogan por un cambio de mentalidad y costumbre con respecto a lo que sucede en otros países del entorno.

En este sentido, parece ser que el ejecutivo castellano manchego ha mostrado un sensibilidad especial con este asunto promoviendo una legislación específica para solventar este problema. El decreto que pretende aprobar el gobierno regional irá encaminado en aunar medidas que actúen en la reducción del desperdicio alimentario en todas las fases de la cadena comercializadora, desde la producción agrícola hasta el consumo final en los hogares.

Especial relevancia tendrán en esta normativa los bancos de alimentos y las organizaciones encargadas de fomentar el reparto solidario de comida obligando a las administraciones públicas a facilitar su actividad. En definitiva, la nueva regulación viene cargada de buenas intenciones que incluye incluso un código de buenas prácticas para el aprovechamiento de los excedentes alimentarios y la priorización en las adjudicaciones de los servicios de restauración ligados a la administraciones públicas a las empresas que incorporen criterios de redistribución alimentaria.

Al igual que sucediera con las limitaciones para fumar, los cambios culturales que implican modificar los hábitos de conducta requieren de imposiciones legislativas que afiancen su aceptación social. Y a pesar de que el acuerdo es unánime en este asunto, disponer de las herramientas y el apoyo de las administraciones públicas sirve de refuerzo para la instauración de un cambio de modelo de consumo más cercano a lo que se conoce como economía circular basado en el reaprovechamiento de los recursos disponibles. Para que, en definitiva, no sea necesario matar el hambre rebuscando en la basura.

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