Apuestas desde la barra del bar

Vista durante uno de los conciertos del séptimo festival Ke Kaña. // Foto: Berto A. Fdez.

Vista durante uno de los conciertos del séptimo festival Ke Kaña. // Foto: Berto A. Fdez.

Por Patricia Biosca

– ¿Me pones una de los Beatles?

– ¿Pero tú cuántos años tienes?

– 17, pero en dos meses cumplo los 18…

– Pero no los tienes. Así que fuera.

– Pero…

– Fuera.

El dueño de aquel bar claustrofóbico fue borde y seco. Con el ceño fruncido y señalando la puerta, echó a la menor sin miramientos, aunque ella se escabulló entre el gentío, detrás del denso humo de los cigarros, y consiguió quedarse un rato más. Sonaba música en inglés que bien podía ser en chino, porque sus acordes no estaban ni en las radiofórmulas ni en las otras discotecas o bares de la ciudad -que al menos ella conociera-. En las paredes, posters de conciertos que se anunciaban para un jueves (“¿qué hacen dando conciertos los jueves?”, se preguntaba) y fiestas con peregrinas excusas, como el reggae o las scooters. No lo sabía en ese momento, pero aquellas eclécticas paredes negras y naranjas se convertirían en su casa; y muchos de aquellos desconocidos rostros, incluido el del dueño puñetero, se transformarían en algo así como familia, llamada a hacer grandes cosas en Guadalajara.

A base de grandes conversaciones, muchas risas, buena música (incluso en directo, rara avis en la ciudad) e interminables cuencos de pipas, lo que a la familia le gusta llamar “espíritu” fue fraguándose entre los clientes habituales del bar, que recibieron como un mazazo la noticia de que su centro de operaciones, a ese al que acudían sin llamar antes a nadie porque seguro que a alguien encontrarían, cerraba. Pasado un año y por el mono de la música en directo como pretexto, el ceñudo dueño decidió que quería volver a sentir lo de días pasados y lió -como de costumbre- a la familia espiritual para organizar algo que se pareciera a los años de esplendor del local y a las citas festivaleras a las que todos eran asiduos -muchos embaucados por las historias que habían escuchado en aquella antigua barra de mármol, en la que también habían jugado a ser camareros a puerta cerrada-.  

El caso es que al final cada vez más gente se unía a la causa y aportaba su saber hacer: desde suculentos bocadillos y empanadas a millones de documentos excel con cuentas. También estaba el que fotografiaba la alegría de aquella cita; quien ponía cervezas como hace años, aunque ahora era funcionario o contable; quien pasaba desvelos por terminar carteles; quien regateaba de forma hábil; quien aportaba su mirada visionaria en un mundo en el que los grupos crecen como setas; quien ofrecía su dinero por adelantado a pesar de los riesgos. Y todo para que saliese adelante aquel festival, que ellos vendían como una oportunidad para la ciudad, pero que en realidad era un regalo para ellos mismos. Así fue creciendo todo el engranaje, cada vez más acompasado, como en una canción de esas que para el que la escucha parece sencilla, pero que conlleva una dificultad que solo entienden los que están en el ajo. El trabajo y la dedicación (también ayudados por algo de suerte) quiso que esa gran familia viviese el pasado sábado uno de los mejores días de su vida. El festival Ke Kaña, y la asociación que lo hace posible, Super 8, daba un rotundo golpe encima de la mesa reivindicando el sitio que tanto merecía. Y todo desde la humildad de un folio escrito a mano en el que se podía leer “NO HAY ENTRADAS”. Y aquella chica olvidó su primer “destierro” y se sintió orgullosa de haberse quedado un rato más.

Pero esta es solo una historia de, me atrevo a decir con valentía, cientas. De forma paralela, como una red que se extiende por todo Guadalajara, se tejen miles de relatos parecidos, que guardan grandes triunfos que muchas veces se olvidan o se obvian. Es el caso del Cine Club Alcarreño, cuyos inicios se remontan a 1973, cuando su germen, el Cine Club Don Bosco, proyectó la película de “Jules et Jim” en el Colegio Salesiano; o la escena de aquellos “locos” con capa que representaron por primera vez el Tenorio Mendocino en 1992, ahora reconvertidos en la asociación Gentes de Guadalajara; el relato detrás del Maratón de los Cuentos, organizado por el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil, que desde 1982 llena de magia el mes de junio en la capital; el Festival de Cine Lento, que a pesar de su nombre, crece con gran rapidez y a paso firme gracias al tesón, esfuerzo y desvelos de un grupo menos nutrido de lo que pudiera parecer debido a su buen hacer; la historia detrás del joven festival Solares, que en tan solo una edición ha disipado toda duda de que ha llegado para quedarse en el panorama cultural guadalajareño de la mano de unos chavales que ya han conseguido grandes cosas.

Y me dejo muchos en el tintero, pero que han demostrado, al igual que los citados anteriormente, que Guadalajara no es solo una ciudad dormitorio y que tiene cosas muy interesantes que decir, si se la quiere escuchar. Por eso me cuido mucho a la hora de decir que estamos huérfanos de cultura por La Alcarria, porque la excusa está tan manida que apesta a discurso derrotista de quien siquiera lo ha intentado. A veces la apuesta parece arriesgada, pero puede llegar el momento en que nos quedemos cortos en la porra solo por pensar que es cierta la mentira de que somos chiquititos e insignificantes. Se ha demostrado que de una corta barra de un pequeño bar pueden salir cosas enormes.

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