The Neverending Hospital Story

 

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Emiliano García-Page junto a Jesús Fernández Sanz en la visita con supuestos “figurantes” // Foto: JCCM

Por Patricia Biosca

 

“¡No puede ser, es imposible!”, gritaba Bastian a la vez que pegaba un puñetazo encima del libro. Esas páginas escribían a tiempo real una historia, la suya, que se entremezclaba con otra de un mundo llamado “Fantasía”, que agonizaba ante la llegada de la “Nada”, ente negro que se tragaba todo a su paso, convirtiéndolo en una suerte de Universo antes del Universo. Ahí es nada el argumento que se marcó Michael Ende en su novela “La historia interminable”, un clásico de la literatura juvenil que tiempo después fue reconvertido en una polémica película ochentera odiada por los lectores, idolatrada por los amantes de la ciencia ficción de bajo presupuesto pero muy altas miras. El propio Ende renegó de la adaptación, seguramente por la implicación personal con su obra: antes de terminar de escribirla, aseguró a sus editores que estaba atrapado en “Fantasía” y que necesitaba ayudar a Bastian a salir de allí, o quedaría atrapado para siempre. Les parecerá una locura, como lo de Ende, pero es justo lo que me ha ocurrido a mí al intentar escribir sobre las obras del hospital de Guadalajara (aunque yo aún estoy buscando a un perro volador que me amenice el viaje).

Como en la televisión no ponían nada interesante, se me ocurrió que la mejor forma de pasar un domingo, después de dormir indecentes horas e incluso practicar la jardinería, era buscar el origen incierto de las obras del hospital de Guadalajara. Esa promesa con forma de esqueleto de edificio que ya hemos incorporado al paisaje alcarreño. Esa “nada” de ladrillo sobre la que pivota mucha de la política provincial y regional. En la película, Atreyu tiene que pasar por dos puertas antes de alcanzar el Oráculo del Sur y conseguir una cura para la Emperatriz Infantil, quien muere en su palacio a medida que avanza la Nada. Pues bien, nuestra primera puerta en el camino de lo que bautizo como “The Neverending Hospital Story” la cruzamos allá por 2008, año de anuncios grandilocuentes que nunca se han materializado como la Autovía a la Alcarria, el Parador de Molina, el campus universitario de Guadalajara y las obras de ampliación del hospital. ¿Les suena la canción? Puede que casi tanto como el “aaaahhhaaahhh… aaaahhhaaahh… aaaaaaahhh…” que decía el estribillo del tema principal de la película cantando por el estrambótico Limahl. Aunque lo mismo no debemos entonarlo con el mismo buen rollo…

Como en una ensoñación del propio Bastian, se habló de que el nuevo hospital se ejecutaría en dos fases: por un lado se construiría un nuevo edificio, donde habría área de docencia e investigación, nuevas plantas para pacientes, Escuela de Enfermería, guardería y hasta aeropuerto; además, vendría a solucionar el tradicional problema del aparcamiento, con 1.655 plazas. Una vez terminado, se reformaría el edificio antiguo, conectándolo con el nuevo. Entre arcoíris y unicornios, se hablaba de triplicar la superficie construida, pasar de 410 camas a 771 -de las que muchas serían individuales, a gusto del consumidor- y que se ampliaría la cartera de servicios y los quirófanos, principal cuestión por la que cientos de pacientes se tienen que trasladar a otros centros hospitalarios, cercanos y no tanto. Con tanta promesa, yo me imagino como el protagonista a lomos de Fúyur, chillando del regocijo y haciendo peinetas a los que no saben colocar a Guadalajara en el mapa. ¡El bien triunfaría sobre el mal -que pondremos cuernos o aureolas dependiendo de quien esté el los gobiernos regionales de Castilla-La Mancha o la Comunidad de Madrid por obra y gracia de la transferencia de competencias-.

Pero como en toda buena historia, existen momentos en los que parece que todo acabará en tragedia. Por ejemplo, el capítulo ocurrido en el año 2011, con María Dolores de Cospedal recién nombrada presidenta de Castilla-La Mancha y con José Ignacio Echániz como consejero de Sanidad, momento en el que se paralizaron por escrito las obras  -si bien allí corrían las bolas de pinchos más que en un western desde 2010- tras conocerse de los impagos a la constructora responsable no se sabe muy bien cuándo. Entonces, el proyecto entró en un letargo que duró hasta (oh, casualidad) justo antes de las elecciones de 2015, donde las grúas volvieron a dar vueltas y se comenzó a adecentar el barrizal “mágico” -que a mi me recuerdan a los Pantanos de la Tristeza- que había cobijado cientos de coches por otro en los bajos del nuevo edificio. Sin embargo, la historia da un vuelco y aparecen en escena nuevos personajes, como Emiliano García-Page o Jesús Fernández Sanz, estos últimos hinchando pecho tras aguantar hasta el pasado mes de junio el nuevo aparcamiento del hospital y acompañados en su última visita a las obras del nuevo edificio por un amplio número de figurantes que ya los habría querido para sí la batalla del Abismo de Helm (cambio de película al “Señor de los Anillos” porque necesito de epicidad y efectos especiales a la altura para describir esta escena, que hasta Antonio Román, que es médico, asegura vio).

Ahora, después de diez años, la Junta afirma que las obras “están cerca del 50% de ejecución”. El anuncio me provoca -atención spoiler- la misma sensación que el final de la película: como un simple niño humano no pensaba que era la clave para salvar el mundo de “Fantasía”, no me atrevo a imaginar que los simples pacientes sean tan importantes como para que realmente se termine algún día la historia interminable del hospital. Perder la ilusión es de las peores cosas de hacerse mayor. Espero que la magia de las elecciones, igual que la Emperatriz Infantil, nos conceda el deseo de una Sanidad digna. Y un perro dragón volador para hacer peinetas.

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