Ya vienen los lobos

Por David Sierra

En mi pueblo, a finales de septiembre, cuando terminaban las fiestas en honor a San Miguel y las chimeneas comenzaban a humear se decía que “ya vienen los lobos”. Es la coletilla con la que se daba a entender que el otoño y el invierno deja las calles de localidades como ésta abandonadas a su suerte. Sin un alma que transite en cuanto el sol yace en el horizonte más temprano que tarde a consecuencia del cambio horario. Se vislumbra una sensación de soledad que estremece al cualquiera y los silencios únicamente se rompen con el paso de algún que otro tractor con el surco montado y afanado en las tareas agrícolas propias de esta época.

Es en este tiempo cuando comienzan a aflorar también en las barras de los bares los rumores de presencias amigas de lo ajeno con mayor o menor rango de certeza y protagonismo. Dimes y diretes que se unen a las sensaciones de desprotección que los pequeños municipios de la España interior sienten al ver como los cuarteles de la Guardia Civil se vacían hasta el punto de quedar inertes. Hace años, en estos lugares convivían destacamentos enteros que se encargaban de la protección efectiva de las zonas rurales, donde los municipios no disponen de recursos para sustentar su propia policía municipal. La despoblación ha agravado la situación hasta el punto de que los cuarteles han quedado deshabitados y sus moradores distribuidos en otros puestos de acuartelamiento centralizados, incrementado su radio de influencia. La cobertura de tanto kilómetro deshabitado se hace en patrullas que, por ende, deben priorizar en aquellas zonas más propensas al delito.

Hace unos días, el diario El País publicaba un reportaje en el que exponía como las antiguas casas cuarteles han ido echando el cierre, con mención especial a la provincia de Guadalajara. Municipios como Alcolea del Pinar, Orea, Checa o Alustante han visto como estos cuarteles han quedado desiertos. El debate sobre si los efectivos destinados a la protección de los ciudadanos que habitan en este entorno son suficientes y si la labor que desempeñan es efectiva está en el aire. Mientras los datos sobre criminalidad ofrecen variaciones de un año a otro que impiden asociar una tendencia en el aumento de estos delitos en las zonas rurales con el cierre de estos cuarteles, los propios efectivos de la benemérita defienden que ahora se concentran en aquellas zonas donde los delincuentes tienden a actuar, tal como en las inmediaciones de la autovía a Zaragoza. La razón, que el perfil ha cambiado y los malhechores “son de fuera, están más preparados y buscan dar el golpe y una vía rápida de escape” me comentaba un agente.

En este sentido, ese mismo agente me aseguraba que las denuncias por robos en los pueblos no eran tan trascendentes y que lo que existía era simplemente alarma social por la repercusión que los medios de comunicación habían dado en algunos casos “puntuales”. Sin embargo, al margen de mayor o menor veracidad de estas afirmaciones, el hecho de que los ciudadanos que conviven en estos pueblos no dispongan de referentes de seguridad cercanos les transfiere una inseguridad latente que, en muchos casos, trasciende cuando los custodiados pierde la confianza en quienes les protegen.

En la España rural, las distancias entre las fuerzas del orden público y los ciudadanos se han estirado tanto que éstos últimos han perdido hasta la confianza en la denuncia de los delitos y, si bien antes la amenaza con acudir al cuartel era lo habitual, cada vez es más común el recurso de tomarse la justicia por la mano. También se han reducido de manera considerable las posibilidades de pillar “in fraganti” a los delincuentes o infractores dado que en estos momentos eso es una cuestión de “suerte” – la que hay que tener para localizar a una patrulla cercana en el momento de hecho delictivo -, algo improbable teniendo en consideración el vasto territorio al que tienen encomendado proteger cada pareja de agentes.

En noviembre, ya vienen los lobos. Pero éstos no quieren rebaños. No aúllan y también se mueven con sigilo. Son audaces y están preparados. Sus golpes, los mismos, quizá, que antaño, retumban con la fuerza que genera el temor del indefenso. La epidemia del miedo se extiende cuando las vacunas que lo controlan se minimizan o, simplemente, desaparecen.

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