Un ‘sunday’ cualquiera

Por Borja Montero

La noticia no es nueva, sino que lleva ya unos días siendo la comidilla de muchas conversaciones, sobre todo entre los GTV (de Guadalajara de Toda la Vida). Sin embargo, hoy es un día muy apropiado para comentarla, en este grisáceo thursday más de otoño que antecede al Black Friday. El pasado domingo, un sunday cualquier también, las pastelerías Hernando echaban la persiana de forma definitiva después de más de un siglo de servicio (alrededor de 140 desde que se inició el primer negocio con ese nombre, y unos 120 desde que se convirtió en pastelería) a los vecinos de Guadalajara (posteriormente también en Azuqueca y Alovera) y a los visitantes, que podían llevarse los bizcochos borrachos de esta veterana confitería.

“El próximo domingo 18 cerramos nuestras puertas para siempre. Queremos darles las gracias por consumir y disfrutar de nuestros dulces artesanos durante un siglo”. Estas son las palabras que han puesto el punto y final a la historia de uno de los nombres señeros del comercio guadalajareño, una empresa que llegó a contar con casi cincuenta trabajadores y que, actualmente, tenía operativas cuatro tiendas y un obrador con una plantilla de veinte personas. Son muchas las razones que han llevado a esta decisión final, la principal relacionada con la jubilación de sus más veteranos gestores, pero es evidente que los números no terminan de cerrar, como les sucede a decenas de tiendas y negocios prácticamente en cualquier calle de la ciudad. Los patrones de consumo y ocio, así como los gustos, han cambiado, obligando a muchos a ajustar su oferta, sus horarios de apertura y su línea de negocio para intentar salir adelante. Así las cosas, la semana del Black Friday es la primera en la que no hemos podido ir a Hernando a por un par de barras de pan, a por un café de media mañana o a pecar con algún bollo en la merienda.

Y es que el sistema de consumo al que nos empuja la lógica de los tiempos es la principal enemiga de prácticamente cualquier iniciativa comercial a pequeña escala. Lo queremos todo, aunque luego no tengamos tiempo para usarlo, y lo queremos de forma inmediata y, a ser posible, en la puerta de casa. Estos deseos caprichosos que el capitalismo postmoderno nos vende como la libertad absoluta (comprar lo que quiera y cuando quiera y que me lo lleven hasta el sofá), y que tienen, por el contrario, una cierta base en una esclavitud de la insatisfacción constante, han conformado un modus vivendi en el que no dejamos de ser consumidores desde que nos levantamos hasta que nos acostamos y en el que, para más inri, ponemos nuestro gigantesco grano de arena convirtiendo el consumo en sí en nuestro modo de ocio.

Todo esto al margen del más que evidente tema económico. Ahora es el Black Friday, pero hace un par de semanas, algunos comercios tuvieron ofertas por Halloween, solamente un poco después de la mid-season sales y, por supuesto, de las rebajas de verano. Después del fin de semana, vendrá el CiberMonday, un día de descuentos aplicado especialmente a productos electrónicos, y con el paso de las semanas hasta Navidad veremos distintas promociones en los centros comerciales, lo que desembocará una vez concluido el periodo vacacional en las habituales rebajas de invierno, que serán seguidas en breve por otras mid-season sales, amén de ofertas puntuales que las grandes cadenas quieran hacer con motivo de San Valentín, el Día de la Madre, del Padre o del Libro. Desde que la legislación comercial en España ha permitido la liberalización de los periodos de rebajas, el calendario de ofertas, descuentos y gangas se ha vuelto tan intendo que, si uno se pone a sumar, hay más días de precios rebajados que con los costes oficiales. Esto nos lleva evidentemente a la pregunta de cuál es el verdadero precio de los bienes que estamos comprando, si el que aparece en la etiqueta o el que tiene un presunto 20, 30 o 50 por ciento de rebaja, ya que uno se imagina que la pervivencia de las empresas debe ser complicada cuando la mayor parte de sus ventas se hacen con estos descuentos.

Nos hemos convertido en consumidores de gatillo fácil, a golpe de click, a impulso de cartel, y hemos perdido la satisfacción que podía tener no el hecho de comprar en sí sino el de ir a comprar: dar un paseo por las zonas de tiendas, curiosear entre las estanterías, ir a buscar algo concreto, preguntar al dependiente por el producto que se ajuste a nuestras necesidades y otras viejas costumbres que requieren de un deseo más reposado y sostenido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .