Tras las huellas (inmobiliarias) de don Camilo.

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El Espinar, la última propiedad de los Cela en Guadalajara, acaba de salir a la venta. Foto: El Confidencial.

Por Gloria Magro. 

A primeros de los años 1990, como cada viernes, una mujer menuda y rubia, joven aún, parapetada detrás de unas enormes gafas negras, aparca su Ford Scorpio sobre la acera de la calle Sacedón, en la misma puerta del supermercado Ahorramas. De riguroso incógnito, nada más entrar en la tienda empuñando uno de aquellos ruidosos carritos de metal que ya no existen, todo el mundo se percata de que Marina Castaño ha bajado de El Clavín, del mítico chalet donde se celebraban aquellos fines de semana entre literarios y sociales, en los que el todo Guadalajara rendía pleitesía al matrimonio Cela. El escritor y su esposa pisaban poco la ciudad, preferían recibir en casa. Eran los buenos tiempos de los Cela en Guadalajara, aquellos que culminaron en su boda civil en 1991, rodeados de su corte alcarreña, ya en la finca de El Espinar, la última casa de don Camilo y Marina Castaño en la Alcarria y que esta misma semana se ha sabido que vuelve a estar en venta. 

A los Cela les rodeaba una pléyade de escritores, periodistas y políticos. Eran los años inmediatamente anteriores y posteriores a la concesión del Nobel en 1989. Camilo José Cela volvía a ser una celebridad literaria y la pareja disfrutaba de su nueva fama. Sin embargo, la casa que siempre estará ligada a los Cela en el imaginario colectivo de Guadalajara es la última que habitaron antes de su traslado a Puerta de Hierro a finales de los noventa, la finca de El Espinar y como tal así se anuncia a modo de reclamo cada vez que la propiedad sobre el río Henares, a tiro de piedra de Guadalajara, sale en los medios de comunicación.

La casa de mil metros cuadrados sobre un terreno arbolado de cuarenta mil,  fue adquirida en su momento a los herederos del Nobel por un conocido empresario de Guadalajara. Y fue noticia de nuevo cuando se solicitaron los permisos necesarios para convertir la propiedad en un hotel rural. Ahora, dos años después, con el permiso concedido, el futuro de la casa de Cela vuelve a ser una incógnita. La finca está de nuevo a la venta en un portal inmobiliario por algo menos de dos millones de euros. Su actual propietario explica que está en perfecto estado, aún mejor conservada que cuando pertenecía a don Camilo. También confirma a El Hexágono que en el jardín continúa erecto el obelisco que regaló al escritor su íntimo amigo, el pintor y escultor Jesús Campoamor. Y que en una de las paredes permanece estampado, al igual que cuando allí vivía Cela, el ex libris que le diseñó PicassoUn libro y toda la soledad, la frase escogida por Camilo José Cela como señal de identidad de sus publicaciones, incluida en su discurso de recepción del Nobel de Literatura en Estocolmo: “Sin una gran soledad no se puede hacer una obra duradera”.

No se puede decir que la soledad acompañara a don Camilo en El Espinar, ni allí ni en ninguna de sus casas anteriores en Guadalajara, las reales o las imaginarias, como el Palomar de Hita. Tal vez al principio, cuando Cela, en trámites de divorcio y arruinado por una sociedad fallida, llega a Guadalajara prácticamente de incógnito, de la mano de Francisco Tomey, en aquel entonces presidente plenipotenciario de la Diputación, y se aloja con Marina Castaño en el hotel La Cañada, en Horche. “Cela había dejado amigos en Guadalajara desde su primer viaje, como Arbeteta en Cifuentes o Paco Cortijo en Pastrana, y había vuelto a retomar amistades en el 72 cuando la Diputación colocó unas artísticas placas por donde pasó en su primer viaje, y había demostrado gran afecto a estas tierras y a sus gentes”, recuerda un veterano periodista de Guadalajara, testigo directo de aquellos años.

Estamos en 1985 y de Horche, la pareja se trasladaría  a la casa de Francisco García Marquina, el poeta y escritor y a la postre su biógrafo y albacea testamentario, en el molino de Caspueñas, entre Torija y Brihuega. De ahí pasarán a un chalet alquilado a una conocida familia de abogados de Guadalajara en El Clavín. “De la mano de Tomey -continúa recordando este periodista- se fueron incorporando a su círculo de amistades el pintor Jesús Campoamor y su mujer Delia que le dieron cobijo en su casa de Torija, el poeta García Marquina (impulsor desde Caspueñas del premio Río Ungría que pagaba de su bolsillo los primeros año con cerca de 300 participantes) y la escritora Toya Velasco, la librera Ascensión o el inquieto alcalde de Peñalver, Teodoro Pérez Berninches, que “desvío” la ruta del viaje para llevarlo a su pueblo y pesarlo en una romana y regalarle “su peso en miel” origen de un acto festivo que ha traído innumerables personajes a este pueblo de buenos tratantes”. Será en este chalet de El Clavín donde en 1989 le comuniquen que ha ganado el Premio Nobel de Literatura y la fiesta allí organizada aquella tarde pasará a la mitología popular ya no solo local, sino también nacional. Los amigos alcarreños le acompañarán a Estocolmo, junto con los gallegos y el grupo de Palma de Mallorca.

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La famosa imagen de la fiesta en El Clavín al enterarse de la concesión del Nobel, con Francisco Umbral en primera plano. Foto: Archivo de Francisco García Marquina.

Las propiedades de Cela en Guadalajara siempre han atraído la atención, ligadas al mito del escritor y su personaje, una construcción entre literaria y bufa, erigida a golpe de declaraciones polémicas y exabruptos. Y también a su matrimonio tardío e incomprendido con una periodista mucho más joven por cuya causa acabó recalando en la Alcarria y por quien también, a la postre, acabó abandonando estas tierras rumbo a los brillos sociales de Madrid. De hecho, el pasado septiembre el Colegio de Arquitectos de Guadalajara organizó una muestra que repasaba las viviendas del Nobel: “Cela y algunos amigos. Viviendas singulares de una generación”.

Las distintas viviendas marcan los distintos periodos que vivió la pareja Cela-Castaño en los últimos años del Nobel: del anonimato en Horche y Caspueñas, al tímido retorno a la vida social en El Clavín, donde disfrutaron tal vez de las amistades más auténticas. Una vez superados los problemas económicos gracias al Nobel, El Espinar marca el inicio de su nuevo ascenso social; mientras que su última morada, ya en Madrid, la casa de Puerta de Hierro, significa la cumbre social del matrimonio, que se desprende de la corte alcarreña para emprender la ascensión a otras alturas más en consonancia con su nuevo estatus, algo que sus antiguos amigos tardarán en perdonar. La boda eclesiástica en 1998, ya en Madrid, significó la ruptura total con las antiguas amistades alcarreñas, que se enteraron del enlace por la prensa.

En sus casas de Guadalajara, Camilo José Cela se dedicó a escribir, fundamentalmente. “Literariamente después del Nobel -analiza la profesora de Literatura Ana García Lamparero– a una edad en la que a otros escritores lo que se les pasa por la cabeza es retirarse para pasear, descansar y no estorbar, Cela lo que hizo fue seguir escribiendo sin complejos, como siempre, en una libertad completa, total”. Y hace referencia al valor literario de sus últimas novelas importantes,  “La Cruz de San Andrés,  Premio Planeta 1994 y “Madera de Boj”(1999), además de lo abundante de su producción crepuscular. Y pese a ello, a día de hoy, Cela es en lo literario, poco más que el recuerdo de una época, la suya, un escritor incomprensiblemente poco reeditado, con escasa presencia en las librerías. Su nombre, dieciséis años después de su muerte, continúa ligado a pleitos por su herencia y por la gestión de su Fundación en Iria Flavia. “Debemos olvidarnos de la imagen de ese Cela maleducado y grosero del que todos nos acordamos para acercarnos a su obra y celebrar de la mejor manera posible los 25 años del Nobel”, señala García Lamparero.

Estos últimos años han sido sus amigos quienes se han ocupado de mantener viva su memoria. Los homenajes se siguen sucediendo periódicamente, ligados a los lugares celianos, si se pueden llamar así.  Porque donde es innegable que continúa vivo Camilo José Cela es en  la provincia de Guadalajara. Hasta la explosión mediática de los campos de lavanda hace apenas un par de años, Guadalajara era la Alcarria de Cela y poco más. Desde 2016, con motivo del centenario de su nacimiento y ahora, en 2018, con el setenta aniversario de la publicación del celebérrimo “Viaje a la Alcarria”  todos los medios de comunicación nacionales han llevado a sus páginas recorridos por los pueblos que aparecen en sus libros.

Si la literatura de viajes tiene hitos importantes con autores como los hermanos Durrell, Bruce Chatwin o James Joyce, por citar solo algunos ejemplos, que han dejado su huella literaria en los mapas geográficos y sentimentales de varias generaciones, Guadalajara le debe la suya a Cela. Y puede decirse que la provincia ha sabido rentabilizar con éxito el filón de Camilo José Cela y sus pasos por estas tierras.  El último ejemplo es la ponencia que el pasado mes de mayo, el presidente de la Diputación de Guadalajara, José Manuel Latre, presentó en Castellón: ‘La literatura como promoción patrimonial del territorio. Literatura y vida: Viaje a la Alcarria’ con motivo del Día de Europa. Con anterioridad, en 2017, la Diputación de Guadalajara, organizó un carrusel de actividades en torno a la figura de Cela en todas sus vertientes, como si de un caleidoscopio entre cultural y sentimental se tratara. Así, el Colegio San José acogió una ambiciosa exposición, ‘Cela. Literatura y Arte’, organizada por la Fundación Charo y Camilo José Cela Conde y a cuya inauguración acudió el hijo del Nobel, y por varios pueblos de la provincia se mostró la exposición de fotografías “Cela siempre en la Alcarria”, organizada a través del Centro de la Fotografía de la Diputación y que también se pudo ver en Guadalajara capital.

Francisco García Marquina también mantiene viva la llama del escritor. Vecino de la casa de la calle Alcalá de donde partió el Cela a descubrir la Alcarria en 1948, anfitrión en Caspueñas después, cuando el escritor tuvo que abandonar el domicilio conyugal de Palma de Mallorca una vez apareció en su vida Marina Castaño, y vecino fiel, una vez más, en El Espinar, el escritor y poeta madrileño continúa divulgando la obra de su amigo en libros y exposiciones, brindando su presencia y sus recuerdos siempre que se le requiere.

Por lo que respecta a su viuda, Marina Castaño ya no es marquesa, ni tiene corte, arte o parte en Guadalajara. Su presencia es habitual en La Razón, como articulista. En Guadalajara dejó poca huella. Mientras que Camilo José Cela sigue protagonizando exposiciones y recuerdos, la sombra de su segunda esposa se extinguió con su marcha a Madrid y con aquella segunda boda ya eclesiástica, donde los nuevos amigos sustituyeron a los anteriores, los de las tertulias en Caspueñas, El Clavín y El Espinar. A su actual propietario, esta última finca se le hace ya grande, una vez los hijos han abandonado el nido familiar. Describe los jardines, más arbolados y frondosos hoy que en tiempos de los Cela, y la casa, con muchas mejoras pero con la huella aún del escritor. Recuerden, está a la venta.

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