Por un beso en un clavel

Por David Sierra

Hubo un tiempo en el que los pueblos, nuestros pueblos, contaban con dos aficiones que estaban estrechamente ligadas a su esencia. Una de ellas era la caza. La otra, la tauromaquia. Manifestarse en contra de cualquiera de ellas suponía una grave ofensa a todo un conjunto de valores socialmente enraizados, que implicaba incluso llegar a la marginación y exclusión social dependiendo del entorno y el lugar.

Los muchachos de aquella época jugaban en la plaza del pueblo “a los toros”, un juego en el que uno de los participantes hacía de res y el resto conformaban la cuadrilla en representación de lo que era una corrida habitual. Unos palos servían de cornamenta hasta que en la fiesta patronal de turno, tras el desuello de los animales previamente lidiados, se adquirían unos cuernos auténticos previo paso por su enterramiento en basura para extraerles el tuétano.

Del mismo modo, un regalo habitual navideño en las familias del entorno rural, cuando el niño alcanzaba la adolescencia, era la escopetilla de perdigones, que iniciaba al menor en la tradición de apretar el gatillo para el disfrute de sus progenitores; que veían en la figura de su descendiente sus propios deseos y anhelos.

Los chavales olían pólvora y mamaban sangre, fiel reflejo de lo que veían y de lo que presenciaban. Tiempos aquellos en los que las hazañas cinegéticas del Caudillo y de la alta sociedad se retransmitían con alabanzas y las figuras del toreo levantaban al público de su asiento cada vez que brindaban la muerte de un toro a las más altas instancias, siempre presentes en los palcos de los ruedos. A las niñas se les enseñaba a lucir la mantilla cospedaliana, con peineta incluida, esperando ser la dichosa afortunada de recibir un beso en un clavel.

Decía el propio Félix Rodríguez de la Fuente que “la fiesta nacional es la exaltación máxima de la agresividad humana”. Tras la instauración de la democracia, pocas eran las personalidades políticas, salvo contadas excepciones, que realmente se manifestaban contrarias a la realidad social del momento. Había que ganarse a los votantes empatizando con ellos, con su situación, con un pensamiento lastrado de prohibiciones, prejuicios y tradiciones. Sin embargo, el hecho de que las generaciones siguientes al franquismo hayan crecido en un ambiente de libertad y de nuevos valores éticos y morales, junto con el surgimiento de los movimientos en defensa de los animales han ido perfilando una sociedad más sensible a su sufrimiento por divertimento y, por ende, contraria a todas aquellas atrocidades lúdicas que lo causan.

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Teresa Ribera, ministra de Transición Ecológica. / Fuente: EP

Han hecho falta más de 40 años para que una ministra, en este caso la de Transición Ecológica, Teresa Ribera, haya efectuado de manera pública su opinión. Lo hizo levantado ampollas mediante una entrevista en Onda Cero en la que se mostró contraria a la caza y a los toros. “Desde el punto de vista personal tengo clara cuál es mi opción, y mi opción es disfrutar de los animales vivos y siempre me ha resultado muy llamativo de que haya gente que disfrute de ver morir o ver sufrir animales. La verdad es que no lo entiendo”,  dijo la titular de esta cartera ministerial.

Tales manifestaciones, y a pesar de que únicamente mostraba su opinión personal, le han valido para poner en pie de guerra contra ella a ambos sectores. Tanto el cinegético como el taurino han tachado a la propia ministra de “irresponsable” e “ignorante” alegando que ambas actividades son vitales para la conservación de los espacios naturales tales como las dehesas y los bosques. Y han bombardeado los medios de comunicación con artículos ensalzando sus beneficios económicos y medio ambientales. Mientras tanto, los partidos conservadores han aprovechado la coyuntura para resaltar ante su electorado más tradicional su efusiva defensa por ambas actividades.

Aunque quizá la controversia más despiadada haya surgido entre sus propios compañeros de filas y de partido en otra muestra de la fractura ideológica que vive esta fuerza política que aún no ha terminado de definir su estrategia para afrontar los retos de la población de cara al futuro. Lo pone de manifiesto el modo en el que han afrontado estas manifestaciones algunas agrupaciones socialistas a nivel regional como la castellano manchega o la extremeña, marcando distancias de la opinión de la ministra hasta el punto de colocarse al lado de sus propios adversarios políticos.

Está claro que el mensaje de Ribera iba encaminado a conciliarse con aquella parte del electorado más joven y alejado de las tradiciones y los valores que encierran actividades como los toros y la caza. Iba dirigido a ese grupo de votantes que el PSOE ha descuidado hasta tal punto que apenas le otorga su confianza en las urnas. Un perfil cada vez más mayoritario compuesto por jóvenes, con un fuerte compromiso medioambiental e intolerante al sufrimiento animal. Es este un sector de la población activo, formado, con criterio, sensible y  capaz de sustentar con cifras y datos otras alternativas de futuro basadas en conceptos ya muy desarrollados y en progreso como la economía circular y la acción colaborativa.

Tanto la tauromaquia como la caza responden a la antítesis de todo eso. Son actividades que están encaminadas a desaparecer por una única y exclusiva razón, carecen del relevo generacional necesario para sobrevivir al no adaptarse a los nuevos tiempos y valores que demanda una sociedad más globalizada y comprometida con el cuidado de la naturaleza en todos sus órdenes. Desvincularse de su influencia y liderar esa nueva mentalidad progresista que afronta el futuro con nuevos halos de esperanza es aún tarea pendiente de aquellos partidos como el socialista, que siguen debatiendo sobre un presente perecedero. Opiniones como la de la ministra marcan el nuevo camino. Y sólo depende de sus compañeros que la senda continúe.

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