Cuando no vuelven a casa por Navidad.

Lola vive en Melborne, difícil que llegue a conocer Jadraque, el pueblo de origen de su familia materna. Son ellos los que han ido a Australia por Navidad. Foto: M. Castro.

Lola vive en Melborne, difícil que llegue a conocer Jadraque, el pueblo de origen de su familia materna. Son ellos los que han ido a Australia por Navidad. Foto: M. Castro.

Por Gloria Magro.

Hablando de los planes navideños de este año, contaban mis compañeros de empresa la diáspora en la que se han convertido sus familias una vez los hijos han crecido y ya no es que hayan abandonado el  nido, es que han abandonado el país e incluso en muchos casos, el continente. Y no van a volver a casa por Navidad sino que serán los padres quienes un año más se desplacen hasta lugares de lo más remotos para propiciar la ansiada reunificación familiar. El anuncio de turrón El Almendro no siempre se hace realidad.

La conversación de vermut, de quedada navideña de antiguos compañeros en torno a unas cañas, una mañana cualquiera en Guadalajara, giraba en torno a las excelencias académicas de los hijos y las exitosas carreras que habían tenido después. Hijos en Dublín, en Costa Rica, en Nueva York, e incluso en Australia. Jóvenes con una sólida formación en España que se fueron en busca de mejores horizontes laborales y ya no van a volver, una vez asentados en otros países con buenos trabajos y sueldos a la altura. No hay siesta o perspectiva de sol y dieta mediterránea que les haga ya retornar a la madre patria. Ni siquiera en Navidad, parece. Y los padres, orgullosos de haber criado camadas que una vez salen al mundo se buscan bien las habichuelas y progresan adecuadamente, aunque sea a muchos kilómetros de distancia. En España se vive muy bien, pero con un buen trabajo y un buen sueldo se vive bien en todas partes, me digo.

Mucho más cerca debe de vivir la mujer que periódicamente viene a mi puerta a pedir una ayuda. También suele preguntar por ropa y juguetes para niño. Y al verla, prematuramente envejecida y desdentada, resulta difícil imaginarla como madre de niños pequeños. Ya no se ve gente sin dientes. En Croacia, a principios de este siglo, durante unas vacaciones recorriendo el país, nos asombraba la cantidad de gente joven que había con bocas incompletas, rescoldo de la guerra civil que aún quedaba cercana en el tiempo. Aquí, en casa, es raro encontrar personas con esas carencias. Siempre me pregunto donde vivirá esa mujer de larga melena blanca, donde cuidará de sus hijos, cuantos tendrá y cómo saldrán adelante en estos tiempos cada vez más complicados. ¿Habrá Navidad para ellos?

Hay muchas personas pidiendo en las calles de nuestra ciudad, demasiadas. Algunas se vuelven figuras habituales, familiares, en las puertas de las iglesias, en algunos portales céntricos. Otras son transeuntes, jóvenes que van y vienen acompañados de perros y flautas, subsaharianos a los que el sueño europeo se les atraganta nada más pisar el continente. Gentes de paso. Otros son vecinos nuestros, tal vez de descansillo: los pobres invisibles, los que no llegan a fin de mes con una exigua pensión y que antes muertos que descubrir su necesidad. También hay trabajadores que no cubren sus gastos, los nuevos pobres, los que de no ser por el estado del bienestar que en nuestro país cubre las necesidades de educación y sanidad, caerían directamente en la indigencia pese a tener un trabajo renumerado. Y luego están los barrios y las promociones de viviendas ligadas tradicionalmente a una clase baja del tipo lumpen proletariado: la pobreza endémica de la que resulta tan difícil escapar a día de hoy.

Dicen los politólogos que no tenemos conciencia de clase. A lo mejor es por eso que, en general, los españoles nos creemos todos de clase media y poca gente se identifica con la clase trabajadora, en contraste con las clases altas, que saben perfectamente donde se ubican, allá solitarias en la cúspide de la pirámide social y económica. No hay forma más certera de identificar la conciencia (de clase) que la que dicta el presupuesto familiar, pienso yo: al bolsillo no se le engaña con subterfugios ni falsas etiquetas. Afortunadamente muchos guadalajareños afrontan estos días pensando en los que tienen un poco menos, ya sean proletarios de última generación, desfavorecidos de la fortuna, pensionistas venidos a menos o refugiados.

La Navidad nos vuelve generosos o al menos remueve conciencias. Tal vez es la conciencia la que siempre vuelve a casa siempre por Navidad. El grupo de Facebook de Amigos del Ayuntamiento de Guadalajara (6.000 miembros) ha organizado su ya tradicional reparto de alimentos en un barrio desfavorecido de la ciudad. Y también una merienda a base de chocolate y magdalenas. Y muchos comercios se han unido a esta actividad tan navideña y tan solidaria. La churrería Las Farolas, La Tahona, que este año sólo con pedirlo ha donado las magdalenas desinteresadamente y con una generosidad apabullante; las tiendas que se ofrecieron inmediatamente para almacenar los alimentos a repartir: AXA, Little Kings, la academia de inglés BLS, Orto Alcarria… La inciativa parte, un año más, de Eduardo Díaz, al que habría que hacer un monumento por su entrega y espíritu solidario y apaciguador donde los haya. Lástima que le gusten los toros y los encierros… sino sería perfecto. Si esto fuera un chat de whatsapp, o un post en Facebook, aquí mismo, a continuación, habría una carita sonriente por la gracieta. Y después caería un buen aluvión de opiniones a favor y en contra… de los toros, no de Eduardo.

En Los Manantiales (8.000 habitantes) también se practica la generosidad a las puertas de la Navidad. Y eso que el barrio anda estos días calentito después de la última intervención municipal de reordenación urbana. La Asociación de Vecinos La Isabela y la Obra Social La Caixa llevaron a cabo el pasado fin de semana su tradicional recogida de alimentos a beneficio de los refugiados a los que presta su apoyo la asociación ACCEM. Más de setencientos kilos de alimentos han donado este año los vecinos de Los Manantiales, un barrio que tradicionalmente ha conservado su conciencia de clase y que pese a tener muchas carencias, no duda en ser solidario cuando se necesita.

Solidaridad, altruismo, generosidad… la Navidad nos acerca a los demás, tanto si están cerca como si no lo están. No hay corazón que permanezca lejano de los suyos por muchos kilómetros que haya de por medio. Disfrutenlas, en familia a ser posible. ¡Felices Fiestas!

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