Cuando fuimos los mejores

“Cuando fuimos los mejores / Nuestro otro yo nos acechaba / Mercaderes de deseos / Habitantes de la nada (…) Cuando fuimos los mejores / El dinero se gastaba / Se podia comprar todo / Incluso vuestras almas / Cuando fuimos los mejores / Y la vida no se pagaba / En todas las esquinas / Nuestra juventud se suicidaba” (“Cuando fuimos los mejores”, Loquillo, en ‘Hermanos de sangre’ (2006))

Por Borja Montero

Su presencia era inconfundible. Su figura oeonda, sus camisas color azul cielo o rosa salmón con los puños y el cuello blancos impolutos y unos buenos gemelos, sus tirante, su puro en los labios. Se decía incluso que tenía su propia botella de whisky de primera calidad reservada en algunos bares y restaurantes de la capital. Carlos García Llorente no pasaba inadvertido en aquellos días en Guadalajara. Era el secretario de la Cámara de Comercio pero era, de largo, mucho más conocido que el presidente del momento, Carlos Remartínez, un hombre de paja colocado ahí para que, por detrás, otros pudieran hacer y deshacer a su antojo. El desastroso  legado de García Llorente toca a su fin estos días, tras la publicación en el Diario Oficial de Castilla-La Mancha del anuncio de líquidación de la Cámara de Comercio de Guadalajara.

En aquellos días, hace alrededor de una década, todos éramos más ilusos. Ahora, tras una crisis económica desconocida hasta la fecha y sus nefastas consecuencias en todos los ámbitos de la sociedad, vemos en aquellos polvos estos lodos: en aquellas obras desproporcionadas y aquella presencia mediática y social constante este final no tan abrupto, sino anunciado por la imposibilidad de gestión de quienes se quisieron hacer con las ríendas de la entidad cameral después y el reconocimiento de una deuda de, al menos, cuatro millones de euros una vez intervenida la Cámara y enajenados sus bienes.

Sin embargo, en aquellos días, no nos preguntábamos, entre otras cosas, para qué podía querer la Cámara de Comercio un Palacio de Congresos si no tenia contenido para el Círculo Mercantil, un centro de formación y negocios acondicionado en los bajos del último bloque de la calle Toledo y que ha terminado sucumbiendo al paso del tiempo, la falta de uso y los litigios con la comunidad de vecinos por haber ocupado para su propio beneficio zonas comunes. Ni para qué podían hacer falta oficinas de última generación en los pueblos más importantes de la provincia si la actividad en la sede central de la calle Mayor tampoco era frenética  Ni quién pagaba los vinos españoles y ágapes en las presentaciones de este tipo de ocurrencias, a las que el presidente Remartínez acudía con cara de no saber de la misa la mitad y el secretario García Llorente ejercía se anfitrión, estrechando manos de políticos, empresarios, periodistas y quienquiera que se dejará caer.

La noche en que Juan José Cercadillo ganó las elecciones a la Presidencia de la Cámara, la cara de Carlos García Llorente cambió notablemente; incluso sus peculiares camisas ya no le ajustaban tan bien. El temor de que la vida a todo tren iba a acabar tarde o temprano se hacía realidad y, con él, llegaba la inexorable cuenta atrás para que se viera que todo eran castillos de naipes que se desbarataban con el soplo del viento, que, aunque todos lo veníamos sospechando en silencio mientras perseguíamos la bandeja del jamón, el emperador estaba desnudo.

Menos mal que, de todos los proyectos que García Llorente parecía tener en el tintero, solamente uno, el ruinoso Círculo Mercantil, llegó a materializarse, porque el agujero en las cuentas podría haber sido de leyenda si se hubieran llevado a cabo todas estas ideas.

El desenlace, tristemente para los interesados, ha sido igualmente catastrófico, ya que se quedan sin un foro al que acudir.

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